Mientras escribo.

Una mesa de ping pong es más pesada de lo que te imaginas. Sobre todo si hay que llevarla por gradas. Los dedos se ponen rojos (morados) por el esfuerzo de levantar el peso. Llegas jadeando. Te estás quieto un rato para tomar aire. Pero vale la pena hacer la inversión. Este deporte es un juego maravilloso. No solo sudas moviéndote de un lado a otro. También calibras tu coordinación, reflejos y cadencia de remate. Al principio muchas veces la pequeña bola naranja caerá fuera de la mesa o se quedará en la red. Punto para el rival. Solo con práctica paciente logras ajustar el tiro y pasar el pequeño esférico al otro lado. Con algo de entrenamiento llega a ser un juego muy divertido y competitivo. Ensayar el juego hace que superes el umbral de principiante.

En la vida hay muchos umbrales. Por ejemplo, cuando estás encargado de una materia, pese a tener conocimiento previo, para llegar a ser un dominador del tema es cuestión de no poco sacrificio y tiempo. Pero de tiempo bien trabajado. Como cuando un cohete busca salir de órbita y usa la mayor parte de su energía en la primera fracción del trayecto. Una vez que pasa el umbral que le permite estar fuera de la atracción de la Tierra, el recorrido se vuelve más sencillo. Así es cuando se busca ser bueno en algo. Cuesta mucho trabajo al inicio. Por suerte tenemos la capacidad de formar un hábito y que esa tarea se convierta en algo más natural y automático. Al preparar una clase sentimos la pereza, la confusión y la atracción de las distracciones. Esos son los umbrales a trascender. Y además de tiempo, se necesita un poco de fe en nuestra capacidad de llegar a dominar el tema entre manos. 

¿Qué consecuencias nos trae ser buenos en algún deporte, arte o ciencia? He notado que el tiempo fluye veloz cuando explico algo que entiendo. Es el beneficio de haber usado bien las herramientas de aprendizaje. Si algo no lo comprendes, no lo podrás explicar de forma clara. Es una consecuencia de un camino recorrido. Hasta entender el concepto usas mucha energía. Te lamentas no tener más tiempo o alguien quien te aclare las dudas que van surgiendo. No hay más remedio que persistir a pesar del ruido de fondo y la incerteza. Hay que aprender a domesticarse para continuar haciendo lo que tienes que hacer, resistiendo toda tentación.  Tienes en mente la metáfora del cohete que busca vencer la atracción de la Tierra y esperas llegar hasta la órbita anhelada siendo constante. Si persistes, lo que tengas que hacer frente a una clase será un placer de verdad. 

La preparación de las clases y el ping pong me han dejado la lección de que cuando disfrutas lo que haces llegas a dominar cualquier tema. En el juego de tenis de mesa es más fácil porque  compites por diversión. En el asunto de preparar una clase la cosa se vuelve dramática en ciertos momentos. Al final de cuentas, con tiempo, fe ciega y las herramientas correctas se consigue domar lo que quieras y eso crea satisfacción. Mientras mejor eres en algo, más lo disfrutas. Pero siempre que uno se involucre, lo haga y lo vuelva a hacer a pesar de no controlar bien la raqueta o no entender la compleja demostración matemática. Si no pones en práctica lo que quieres dominar, el paralizante miedo a fallar no tardará en llegar y se quedará por largo rato.

Es por eso que existe este blog. Es una cancha donde compito conmigo mismo. Es una clase donde me explico el arte complejo de la redacción. El lugar donde invito al profano a juzgar mi forma de pensar y conocer mis engañosos recuerdos. Este espacio, esta hoja electrónica en blanco impresa con letras negras es un experimento, un laboratorio de pruebas que uso hasta algún día dominar el arte de escribir. No sé cuánto tiempo demore hasta llegar a ese horizonte. Lo que sí sé es que si dejo de escribir, si dejo que el temor a recibir una crítica o la tentación de escuchar un elogio por esto narrado me paralicen las manos, pondré en peligro mis aspiraciones. Esta es mi esperanza de lograr ser un mejor escritor. 

Este 2016 he escrito más páginas de las que haya podido imaginar. Hasta ahora son como 40 a espacio simple. Por años mi conciencia viene planeando crear un hábito de escritura continua. Tenía claro que solo escribiendo podría llegar a hacerlo mejor. Pero no fue sino hasta que llegara a mis manos el libro Mientras escribo de Stephen King que no me puse frente al teclado y presioné las teclas para intentar domesticar mis, a veces, caóticas ideas. Y al igual que cuando jalas una pesada cancha o quemas mucho combustible al inicio del cometido que buscas dominar, así son estas pocas docenas de páginas: un ineludible inicio que espero tenga un buen final.

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