Los animales de la ciudad.

He tenido gatos casi toda mi vida. Ahora solo un cachorro bebé de 8 años. Es difícil imaginar un día a día sin una mascota. Y sí, confieso que soy de los que adoro ver a mi mascota toda recostada y estirada en el sofá o en la cama. Sobre todo un día soleado. Tiene su reinado en casa, su peluda majestad. El cariño que una mascota da es incondicional. Se han ganado, para muchos, un lugar en la familia. Hay un meme gracioso donde se ve a un gato y un perro con caras de asombro y ojos saltones. El gato dice: el humano me da comida, debo ser un dios. El perro dice: el humano me da comida, debe ser un dios. Nada resume tan bien el comportamiento de estos dos domésticos compañeros. 

Las mascotas comunes en esta ciudad son el gato y el perro. Si vas por la ciudad, es frecuente ver que en cada barrio deambula tras las verjas uno de estos animales. O van felinos por el filo de pared trepando alturas. No hay requisito para adoptar un cachorro o un felino. Los más responsables tendrán el cuidado de darle su comida propia para cada edad y tamaño. Visitarán al veterinario, le darán un baño, y le cuidarán como se debe cuidar a un ser vivo que ha sido domesticado. Otro grupo le tendrá a punta de sobras de comida, amarrado o encerrado. Este es el lado oscuro de que cualquiera pueda adoptar. Peor si esa mascota no es esterilizada. Las crías serán abandonadas si nadie se hace cargo de ellas. Así es mi ciudad. Sin embargo, es bueno ver que hay organizaciones con gente de gran corazón que dan su tiempo y dinero para ayudar a los animales callejeros. Tienen toda mi admiración. 

Los cachorros que son abandonados corren la peor de las suertes. Inocentes en su corta edad, pueden padecer inanición o alguna infección por comer lo que se encuentren. O sufrir un atropellamiento. Pero no solo los cachorros son abandonados por gente bellaca. Hay mascotas que son dejadas sin hogar ya grandes y terminan deambulando por la ciudad. Caminarán sucios por la calle, padeciendo hambre, sed, frío y la indiferencia de la mayoría de la sociedad. Un animalito doméstico que no tiene el cuidado que necesita enfermará. Sin duda, este conjunto de animales callejeros crean un problema de salubridad. Es menester que alguna institución pública tenga una política clara sobre el tratamiento de este problema. Lástima que la solución sea la más fácil: eliminarlos de cualquier forma. Mas existe algo mucho peor.

Hay un grupo de personas que actúan de una forma salvaje. Sin asomo de empatía ni sensibilidad, lanzan comida envenenada a estos animalitos. Unos inclusive lo hacen a mascotas de vecinos solo por el hecho de que el perro ladra mucho o el gato se escabulle en su propiedad. Si pensaran un poco antes de cometer tamaño delito entenderían que ese perro es una alarma contra un intruso que le puede convenir. Y ese gato también es responsable de que los roedores no se propaguen. Me pregunto, ¿debería ser de venta libre el veneno para animales? Es obvio que no. Tiene que ser prohibido o controlado su comercio. Por un lado se evita que más gente lo use para intentar quitarse la vida. Y por otro, menos mascotas morirán de forma inhumana. Si tienes un roedor, cómprate una trampa y aprende a usar el queso.

Hace unos meses el alcalde de la ciudad manifestó su deseo de hacer algo frente a este problema. Lástima que lo dijo de forma boba. Sin embargo, a pesar de la estupidez que rebuznó, vale la pena valorar que por fin un político se decidió a mover un dedo por los animales de la calle. Es una oportunidad que hay que aprovechar. Tenemos que intervenir en ese proceso, perfeccionar su cometido. Si una mascota es retirada de la calle por el municipio porque está abandonada, nada vale con llevarla directo al matadero. O la pones en adopción o le das una muerte digna, sin dolor. Y si es bien pensado ese programa de control de animales, nada se pierde con subir a una web o red social la imagen de ese animalito. Si es de alguien, que lo pase a recoger.

Ese control público deber ser integral. Así como cuando un exitoso programa contra las drogas trabaja en dos frentes, controlando el tráfico y haciendo prevención; así debería ser una política estatal para controlar el problema de los animales sin hogar. Ok, los llevamos a un refugio y tomamos una humana decisión sobre qué hacer con esa mascota abandonada. Pero igual de importante para combatir este problema será crear un marco legal donde solo aquellos que tengan la posibilidad económica puedan adoptar una mascota. Si no hay dinero, cómo le vas a dar de comer. Cómo le pagarás al veterinario. ¿Ayudaría esta medida a reducir el sufrimiento de las mascotas? Claro que sí. Sin embargo, aquí entra otro factor que aún no se ha llevado en cuenta: el presupuesto para hacer todo este control.

Quizá peco de idealista por un programa así. Lo seguro es que llegue a ser un control cruel de la sobrepoblación animal. Es fácil dejarlos en la calle abandonados y ya. Es barato eliminarlos y ya. Vas a quedar impune si le das ese veneno y lo haces morir retorciéndose de dolor. Cualquiera seguirá adoptando un perro o un gato y le dará de comer lo que sobra. Si te enfermas querida mascota, ya te has de recuperar. Total, este es el tercer mundo y somos eso por como pensamos. Lo merecemos. Nos padecemos. Al final, los animales de mi ciudad seguirán infringiendo dolor a los inocentes seres que domesticamos.

Post scríptum: es tiempo de atender los amables ladridos y hacer caso al agitado movimiento de mi perro. Ladra y apunta su hocico en dirección de la parte alta del refrigerador. Ahí están las galletas que adora, las que hace crujir con placer. Es hora de volverme una vez más su bípeda deidad. 

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