Los amigos que perdí.

Los amigos que perdí. Así se titula el primer libro de Jaime Bayly que llegó a mis manos. Se trata de un relato epistolar dirigido a sus amigos extraviados. Resulta curioso que lo empecé a leer en el 2011 poco antes de viajar a Brasil. Lo terminé la primera semana cuando regresé, ya a mediados del 2013. Una lectura a cuentagotas. Más singular es la forma como lo leí, porque lo hice frente a la pantalla de la computadora. Casi no me detengo a leer textos largos en el monitor. Me aburre. Mis ojos enrojecen. Arden. Pero con este libro fue diferente. Hubo algo en él que me atrapó desde las primeras líneas. Quizá porque también tengo una lista de amigos clandestinos. Y no a todos los recuerdo por igual. Tal vez en el futuro escriba un texto semejante. Un alegato de interpretaciones, reclamos y amistosas retribuciones. 

¿Qué fue lo que me atrajo de este libro? La sinceridad en el testimonio. La franqueza en el estilo. Son cartas desnudas, espontáneas. Leyendo el texto pensé, sin querer, en los amigos que también perdí. Recordé ciertos eventos con esas personas, sobre todo los últimos momentos compartidos. Lo que parecía una relación normal y efectiva terminó en distancia y olvido. La amistad se transformó (marchitó) con el tiempo. Se apagó como el sol de invierno. Bayly supo exprimir ese caótico sentimiento de extraviar a un amigo que se valoró. Por mi lado, aún esa sensación vive quieta en la parte más honda del recuerdo. Son memorias combinadas con dudas y resignaciones.

Hay memorias que no se logran borrar. Pueden estar dormidas por varias primaveras y de pronto despiertan abrazadas de ficciones. No todo lo que creemos que pasó en verdad pasó. Somos presas fatales de una secreta confabulación de nuestra imaginación que al pasar los años disfraza de certeza falsos recuerdos. Esto es algo que padecemos todos. La perspectiva que ganamos con el tiempo hace que veamos a través de otras lentes los eventos del pasado. La forma como recordamos e interpretamos lo vivido no se queda quieta. Quizá lo que en su día se vivió como una situación difícil, amarga o bochornosa hoy o mañana la distingamos como un hecho por completo diferente. Igual sucede con los buenos recuerdos. Cada año interpretamos el ayer de forma distinta.

Un factor que determinó el alcance de esas amistades fue el modo de comunicación. Otro sería el dinero disponible. En los días de colegio y universidad salí muy poco no tanto por falta de voluntad de hacerlo, sino por déficit monetario. Lo que llevaba en el bolsillo no se ajustaba ni para comprar una cerveza. La forma de ponerse en contacto era otra historia. Había que tener suerte al llamar por el teléfono fijo y contactar a tu amigo. Si no estaba, cada nueva llamada le daba un matiz innecesario de urgencia a esa búsqueda. Me imagino con asombro los años juveniles de nuestra generación anterior, donde ni teléfono fijo existió. Marcar una salida y cumplir ese compromiso era cuestión de palabra. Nada que ver con la manera de comunicarse de hoy.

Comparado con lo de antes, la realidad de hoy tiene sus benévolas diferencias que influyen en la amistad. Si ayer no había dinero pero sí ganas de salir con los amigos, hoy es lo contrario. Con 32 años encima, lo que más me emociona es quedarme en casa. Sobre todo en la noche. Si por compromiso diplomático acepto una invitación a las cervezas nocturnas, en la hora cercana a la fijada algo hace que de forma misteriosa y accidental se apague el teléfono móvil. Como todo tiene un precio en esta vida, ese desánimo por lo social de medianoche me ha puesto el contador de amigos cercanos en cero. Tengo mi teoría de porqué es así. Algunos me han dicho que la mayoría de los que están arriba de los 30 van por el mismo camino.

Por eso no tengo amigos perdidos recientes. Los que valoré mucho y a veces exagerando son los de aquellos días de escaso dinero y no pocas ganas de salir. Carezco de páginas para escribirles una carta abierta y contarles todo eso que de a poco se olvida. Es como un alzheimer a temprana edad. Una enfermedad a voluntad. O como una alucinación, mejor dicho. Pero quisiera decirles todo eso con la complicidad de algún añejo tequila. Tal vez la forma de desaparecer esos espejismos sea escribiendo, tal como lo hizo Bayly. Es un riesgo que el efecto sea lo contrario. Que al intentar librarse de ese fantasma de la memoria a final de cuentas resulte en una parodia del recuerdo.

Quizá si un día decido acelerar mi deterioro neuronal abriendo otra vez una cuenta de Facebook tenga la chance de encontrar a esos amigos que han pasado a la clandestinidad. No sería nada complicado, pero volver a una web tan adictiva solo por remover cenizas no vale la pena. Es preferible tener en la memoria el recuerdo intacto y resignarse a que el evento del pasado vaya cambiando con el tiempo. De algún modo, es mejor dejar de pensar en lo que fue. O mejor imaginar que nunca pasó y es solo parte de un sueño fortuito. Tal vez una pesadilla en un caso puntual. 

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