Esta política

Son las 11 de la mañana. Despiertas sintiendo que no has dormido bien. Afuera llueve, hay neblina. Hace frío. Las cervezas que anoche bebiste de más hacen que sientas latidos en la cabeza. Caminando a la cocina notas que hay tareas pendientes en la vajilla de anoche. Algo rápido para desayunar y luego a la cama. Quizá una ducha primero, encender Netflix y buscar una película. Si hay interés en las escenas, miras con atención. O te vas durmiendo en pocos minutos. Quedarse en casa es tentador, pero es domingo de elecciones. La democracia te obligará a salir a la calle, cuando mueres por quedarte en casa.

La democracia, esa idea romántica del gobierno del pueblo para el pueblo. Y por el pueblo. Un estilo de elección que se ha llevado por décadas en el Ecuador. Te hace salir de casa un domingo a marcar una raya en una papeleta. Luego, los que salen elegidos por esa autoridad popular, adquieren el poder de modificar la ley y su forma de cumplirla. Duran en su puesto cierto tiempo, cuatro años en promedio. Tienen su buen salario, su cuota de poder, su honorabilidad. Un combo de privilegios. Pueden postularse por siempre pensando, quizá de manera ingenua, que de esa forma el pueblo les recompensa o les castiga con el voto. Mucha miopía este estilo de democracia. No ve que siempre tendrá más ventaja el candidato que se reelige. 

Quizá cuando votamos hagamos mejores elecciones si ir a sufragar fuera voluntario. Se argumenta al imponer que se vote de forma obligatoria consigues que todos participen en decisiones que deben ser tomadas por una mayoría. Que si fuera una decisión de ir o no a la urna se elegiría a quien nos dirija no por mayoría. Por ejemplo, si de 100 electores deciden solo 20 ir a votar y el candidato gana con 11 votos, no sería un gobierno representativo. Ok, puede ser. Sin embargo, qué perdemos si cambiamos esa regla de juego y vemos qué pasa. Otros países lo hacen.

Volvamos al tema del salario del político. Es uno de los trabajos (si se lo puede llamar así) donde no ganas por lo que fue tu rendimiento académico, por el título que tengas y menos por lo que hayas creado. Ganas ese buen sueldo por el hecho de haber tenido éxito en una mediática campaña. Por la labia. No hay prerrequisito para ser candidato, qué importa si pisaste una universidad y cómo te fue ahí. Qué importa si sabes o no de leyes, de economía, de administración o tecnología. Con que seas bien labioso, con que manejes bien el discurso y tengas una manada de seguidores, te tienes muy garantizado el lucrativo puesto. Total, si eso es la democracia, dar poder al ciudadano de que elija quien tendrá el poder. Sin importar, muchas veces, los antecedentes de ese candidato. Una ruleta rusa. El candidato electo ganará un salario mayor al que cualquier empleado público y más que cualquier profesor calificado. Bienvenido al lujo. El privilegio de ser un servidor del pueblo. Pero, ¿se podrán imaginar otras realidades?

Con Stieg Larsson me nació la curiosidad por Suecia. Allí, los políticos ganan un salario básico y viven en una residencia común, donde tienen cocina y lavandería compartida. No se gasta en asesores ni en viáticos desproporcionados. Cuando le preguntan a la gente de ese país sobre el modo de llevar la vida y trabajo de los políticos, tienen una respuesta muy clara: mis impuestos no tienen por qué pagar los privilegios de la clase política. Latinoamérica está a siglos luz de ese pensamiento de vanguardia. Pena que nadie nunca haya planteado una ley semejante en este país. Estamos condenado a elegir democráticamente a nuestro privilegiado verdugo.

Hay políticos que han vivido solo de esa actividad. Es lamentable que el gobierno de Ecuador esté convencido de la reelección indefinida con el equivocado argumento de que es el voto popular quien decide la permanencia en el puesto. No lleva en cuenta que el pueblo tiene la mala costumbre de olvidar. Un puesto de presidente, alcalde o cualquier otro de elección popular debería tener un límite de reelecciones. Es mejor si luego de haber cumplido un periodo, no se podría postular a una reelección inmediata, debiendo esperar hasta la siguiente para poderse reelegir por una única vez. Si realmente es bastante bueno administrando, un emprendimiento privado lo espera con las puertas abiertas.

En países como Ecuador la política se ha convertido en sinónimo de corrupción. Una de sus formas más comunes es el nepotismo. Es normal enterarse con el tiempo de que el yerno, el hijo, la cuñada, el amante, el sobrino, etc. del ministro, del presidente, del concejal, etc. están ocupando un cargo público. Lo graciosos es que cuando se lo descubre, se justifica con la misma respuesta: está ahí por sus méritos, por su trayectoria. Otra forma común de corrupción es la entrega de contratos a empresas que han dado su coima de antemano. Y así muchas más. Incontables. Pero lo que preocupa en verdad es que los instrumentos para denunciar esos actos y sancionarlos no pasan de una bonita ley en un papel. El burocrático sistema se cuida a sí mismo, perpetuando su depravación.

Frente a este cáncer hay una solución. Si los jóvenes participaran más en política existirían mejores perfiles para ocupar un cargo público. No obstante, el problema es que la gente honesta se aleja de ese estilo de juego electoral, donde la mentira y los ataques son constantes. Para qué arriesgar tu paz, tu honor, la reputación ganada si una boca torcida puede acabar con eso en la (siempre dependiente) prensa. Una guerra sucia. Hay quienes a pesar de todo entran en la arena política, hacen su propuesta, se la juegan. Si con suerte ganan, entran a un ambiente que con el tiempo de forma inexorable los degenera. Como se sabe, el poder corrompe. Y el poder absoluto corrompe absolutamente. Una razón más para evitar la reelección indefinida.

Piensas que lo mejor es quedarte. Es tentador. Abrir otra cerveza o poner la casa en orden. A través del espacio entre las cortinas miras como el viento desvía la trayectoria de las gotas de lluvia. El frío que te acompañó al salir de cama se ha ido. Es tentador volver a ese abrigo. Sabes que pagarás una multa si te quedas en casa el día entero. El deseo de que esa cadena que amarra tu conciencia se rompa es constante. No hay más remedio que entrar a la ducha, ponerte otra ropa y salir a las pobladas calles a buscar tu recinto, tu urna. Espera una papeleta a ser rayada. Esa noche el país tendrá nuevos ricos

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