El fútbol, su luz y su sombra.

Sería el año 1994. El televisor a blanco y negro está siempre en la esquina de la sala. Es de esos fiables aparatos Toshiba. Para cambiar de canal girabas una perilla y sonaba un grueso tac tac. Tiene un control del contraste que consigue poner la pantalla toda negra y una novedosa conexión para una consola Atari. Ese televisor aún funciona a pesar del paso del tiempo y de los golpes inocentes que ha ido recibiendo. Una tecnología bien hecha. Fue en ese dispositivo con pantalla de 16 pulgadas donde vi los pocos pero entretenidos dibujos animados, las primeras películas, los horribles comerciales... Y los primeros partidos de fútbol. Eran comunes los partidos donde había que adivinar qué jugador iba en tal o cual equipo porque el contraste bicolor mostraba los uniformes muy iguales. 

Ya desde esa temprana edad de 8 años no tuve la paciencia para estar 90 minutos frente a la pantalla esperando el resultado. Me he acostumbrado a mirar la mayoría de los partidos desde el segundo tiempo, reduciendo a la mitad mis nervios delatores. Pero en ese entonces no fue tanto por medida de ahorro de tiempo el que no mirara de principio a fin un partido de fútbol, sino porque al existir solo un televisor en casa había que negociar su uso con el resto de usuarios, que eran mis hermanos. De los pocos partidos que vi, había un equipo que estaba muy ganador. Hasta tenía un nombre atractivo para pronunciar. Emelec estaba repitiendo el campeonato del año 1993. Era agradable apostar al ganador.

La alegría de un triunfo y el trago amargo de una derrota no van más allá de unos minutos luego del pitazo final. Un tiempo breve. Lo que sí se percibe eterno es el paso del segundero en algunos resultados. Si el otro equipo va ganando, el tiempo es tan rápido como la caída libre de una pluma. En cambio, si la defensa del equipo rival repele los intentos de gol de mi equipo, ese reloj vuela. Siendo esta percepción más aguda cuando se mira el cotejo entre varios. ¿Será esa angustiosa emoción de sentir que va deprisa o no el reloj la que hace de ese deporte el más favorito y lucrativo? Apuesto que sí. La felicidad que provoca es gracias a que nos permite olvidar por unos minutos nuestra incompleta realidad.

Cuando la mente divaga sin rumbo, su destino es la angustia. Pensar en el futuro, una de la característica únicas de nuestra especie, produce temor y preocupación. Aún más si se mezcla con recuerdos poco deseados. En cambio, cuando estamos enfocados por completo en una tarea, dejamos de pensar en nuestras constantes preocupaciones. Nos distraemos de ellas. Es por eso que, aunque puede sonar paradójico, somos más felices en nuestro trabajo a pesar de que deseemos salir de él lo antes posible. En nuestro tiempo de ocio pensamos en tantas cosas en poco tiempo que la mente se ubica en el inevitable futuro y terminamos preocupados. A esto le llaman la paradoja del trabajo. Es por eso que cualquier evento que nos lleve a enfocarnos por completo en algo nos vuelve felices. Dejamos de pensar en el futuro.  ¿Cuánto darías por algo que te deje fuera de la inevitable realidad?

La mayoría hemos ido al estadio, pagado por ver un partido o comprado una camiseta deportiva de marca. Son gastos que con placer y a toda voluntad se hacen. Alimentas con eso el monto económico de la publicidad que recibe el equipo en cuestión. Por eso es común sentir asombro cuando llegan las noticias de los salarios de un futbolista. Ganan más de lo que podemos hacerlo nosotros en un año. Algunos llegan a ganar por segundo lo que hacemos en una semana. Claro que es un salario efímero porque su paga viene de la mano de su rendimiento. Y su edad les pone un límite. A partir de los 30 van a estar de bajada, mientras nosotros con suerte seremos ese vino que se añeja y se pone mejor con el tiempo. Lástima, hay unos que lo hacen tan maravillosamente bien que es una pena que su magia se apague. 

El lado oscuro de este deporte son esos delincuentes disfrazados de hinchas. Hay de dos tipos: el que va al estadio a insultar y joder el ambiente y el que en redes sociales se envalentona por su preferencia de equipo. Los primeros tienen ese aspecto que te hace cambiar de vereda si los ves de frente en la calle. Con certeza vienen de hogares donde no aprendieron lo más básico del respeto. El segundo grupo es inofensivo y hasta causa gracia cuando se vanagloria de un resultado. Como si hubiera sido él quien en la cancha hizo la jugada y consiguió el resultado. Y cuando salen sus peleas online es como escuchar a dos burros rebuznando. Menos mal que con ignorarlos el asunto no pasa a mayores. En fin...

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