El escape por la ventana.

Lo más bonito de la sala de reuniones es la vista a través de las ventanas. Se mira directo a mi casa, sobre todo la terraza donde está mi salón de juegos. Entre donde estoy y donde fijo mi atención hay un espacio verde de sesenta pasos y unas casas modestas. Esa escena contrasta con el escenario que se arma de a poco conforme van llegando los invitados. El reducido lugar se hace aún más pequeño y la puerta cerrada inspira el retrato de una elegante prisión. Sentados alrededor de la mesa vemos la pantalla azul del proyector chocar con la blanca pared. Unos íconos se materializan en la imagen y un documento se abre en breve. Toma la palabra quien nos ha convocado.

Todo empieza bien, en silencio y con atención plena de los presentes. La lectura del orden del día termina siempre en un tema llamado varios. Es el lugar preferido para alargar las quejas. El primer punto de la reunión es un resumen de lo que antes hablamos pero hemos olvidado. Igual, no nos cobran por extraviar de la memoria lo acordado. En medio de la exposición se levanta una mano y pide muy amable la palabra. Manifiesta el deseo de comentar e iluminar parte del discurso del anfitrión. Inicia su monólogo. Con nada improvisada dicción señala cada parte equivocada de la disertación anterior. Busca nuestra mirada esperando aprobación. Se siente más seguro cuando de reojo mira cabezas moverse de arriba a abajo en forma afirmativa. Finaliza su alocución y el anfitrión continúa. Agradece la observación.

A los pocos segundos ya no se alza una mano, pero se escucha una voz con tono seguro y elevado. El inesperado interventor ajusta su silla, abre sus piernas y pone ambos codos en la mesa. Se rejunta el pelo. Tartamudea leve al iniciar su asalto verbal. Viene con el mismo acento del primero que discrepó. Su retórica versa sobre lo equivocado que está el anfitrión y quien comentó antes. Nombra reglamentos, leyes y compromisos institucionales. Mira a dos a tres mientras habla. Si alguien quiere decir algo levanta su mano y le apunta con la palma abierta. Echo un vistazo por la ventana. Inhalo profundo. Son pasos cortos los que me separan de mi cancha y ese espacio lleno de frases quijotescas. Ojalá esas manecillas que miro de reojo se muevan más deprisa. Regresa mi atención al discurso. Se ha convertido en un monólogo.

Unos abren la laptop y acarician apenas el teclado. Otro desliza el pulgar en la pantalla y se detiene en una imagen sugestiva. El celular y el portátil salvan un poco el tiempo muerto del discurso único. Atentado contra el bienestar propio es dejar esos dispositivos olvidados en el despacho. Uno empieza a hablar mientras pesca las novedades de twitter. Habla pero no dice nada. El monologista sigue con su alegato sin prestar atención. Poco después por fin se calla. Su voz sonó cansada al final. Sale a por un café y llena el aroma la breve sala. Apenas da el primer sorbo y eleva su mano. Dice: “No no nooo noo...”. Quien hablaba se calla. Otra vez inicia el discurso, esta vez potenciado por la cafeína. Ahora fue fugaz la aclaración. Se ha callado de nuevo sorbiendo el café. La adrenalina provocada por haber dicho todas sus observaciones le hace sudar.

El infocus se ha apagado y es guardado en su funda polvorienta. Apenas fue usado.  Salimos de la sala en fila. Las sillas quedan en mayor desorden que muchos egos silenciados. Entre parejas van comentando algo pendiente que el señor del café a sorbos no les dejó completar. En la pequeña sala donde todos quieren tener la razón solo uno logra decir su verdad. Del tema varios nadie se acordó. La próxima reunión será igual. Y así por el resto de la existencia. La ventana sigue dando una vista hermosa. Al menos mirar por ella adelanta el reloj.

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