El alumno que se cambió a sí mismo un lunes por la mañana.

Si no estás acostumbrado a levantarte de la cama temprano, una clase a las 7 de la mañana es el doble de pesada. La mayoría de materias que he dado inician a primera hora. Parece que el horario más desagradable para el estudiante es el lunes a las 7. Peor si hay lección escrita. Es iniciar con pie izquierdo la semana. Aunque suelen pasar cosas sui generis en esas mañanas. Uno de esos días lo tengo claro en la memoria, cuando en una prueba de mediados de semestre un estudiante X llegó una hora tarde y salió a los pocos minutos. Su examen, a no ser por unos garabatos de ecuaciones, estaba vacío. Fue fácil de predecir su resultado. Iba poco a clases y las pocas veces que fue apenas prestaba atención. Era un esclavo de su celular.

Cuando luego de un año volví a dar esa materia ese estudiante X no estaba en la nómina de inscritos. Lo supe de inmediato, porque su nombre lo memoricé desde aquella mañana del examen vacío. La segunda semana de clase apareció. Vi la lista y supuse que se matriculó en el periodo extraordinario. Deduje que ese comportamiento mostraba una vez más su poco interés en aprender. Otra vez todo indicaba que su destino sería repetir el comportamiento que mostró antes: enfocado en los chats durante todas las horas de clase. Cuando ves eso en clase piensas que muchos profesores quisieran tener una varita mágica que les haga estudiar. O que por lo menos traten de poner atención. Muchas veces las palabras sobran, los consejos caen en oídos sordos y nada cambia. Me limité a decirle que se ponga las pilas (es decir, que sea atento a sus responsabilidades). 

Clase tras clase asistió más o menos puntual. Cada lección estaba lejos de ser excelente. Pero al menos había un intento de hacerla. Nunca hizo una pregunta en clase. En las tutorías no asomó jamás. Fue leve su mejora en la primera mitad del  ciclo. No sería un caso atípico, él formaba parte de un conjunto de estudiantes que demoran en graduarse porque no se ponen las pilas a tiempo. Sin embargo, fue constante. Creció. Ya en el segundo bimestre llegó puntual a toda clase. Y hubo un día donde solo él consiguió resolver una pregunta compleja de la lección de esa semana. Suponer que ese resultado fue producto de una copia era algo obvio. Podría haber memorizado el ejercicio y la suerte le tocó ese día. Pero aquella mañana de lunes se sentó primero, aislado del resto. El ejercicio lo tomé de un libro diferente y que la mayoría apenas abría para estudiarlo. Lo logró. Ese primer triunfo fue el inicio de un cambio.

De allí para adelante es la historia de algunos pocos estudiantes. Pasan de ser los últimos de la clase a pelear por el primer puesto. En mi corta experiencia docente no contaré más de 10 casos como el de X. En todos ellos trato de adivinar cuál sería el motivo que está detrás de ese cambio de actitud. Lo digo así, actitud, porque es el ingrediente principal para el éxito en los estudios. Habrá los que crean que la capacidad de asimilar información, interpretarla y aplicarla (lo que define de otra manera lo que es estudiar) es una habilidad innata que viene en los genes. Algo que no se puede canjear. Es increíble que aún varios piensen así. La ciencia ha demostrado desde ya varias décadas la existencia de la neuroplasticidad, esa aptitud de reconfigurar nuestras redes neuronales. Es decir, ese poder de cambiar la estructura de nuestro cerebro. Perfeccionarlo. Mejores ejemplos que los del club de X no hay para probar esta capacidad.

Pienso que como profesores somos injustos con ese club. Hay el premio para la nota más alta. Nombramos abanderados, mejores egresados y les damos un diploma adicional por eso. Se lo tienen merecido, es claro. Sin embargo, vale preguntarse cómo mudarían las cosas en la universidad si un día decidimos premiar a los estudiantes que cambian para bien. Que de menos empiezan a subir con ímpetu hacia más. Aquel grupo que nos deja una agradable sorpresa y nos devuelve un poco la fe. De pronto sirva de ejemplo o escalón para que otro estudiante que esté bajo en rendimiento suba la escalera rumbo al cambio. Hasta donde sé, ninguna institución educativa ha hecho esto. Son casos que admiramos cuando leemos una biografía de algún famoso personaje. Pero con los colegas de nuestro entorno merece la pena discutir sobre la posibilidad de que se valore esos cambios positivos.

Como dije antes, muchos profesores desean una varita mágica para convertir a todos los estudiantes en buenos estudiantes. Sé que  hay formas de intentar un hechizo que los embruje y les ponga a estudiar de verdad. Con responsabilidad. Comprometidos. Pero las más de las veces queda en intento. Lo que sí es importante es no dejar de preparar esos brebajes que enganchen a creer más en ellos mismos. Alguno ha de morder el anzuelo. Nada se pierde haciendo público el mérito de ese club de chicos y chicas que  decidieron cambiar. Así no serían tan pesadas las clases de los lunes a las 7 de la mañana. Y habría menos exámenes vacíos.

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