Con el aborto.

Estoy convencido de que toda mujer tiene el derecho a interrumpir su embarazo. Y el Estado tiene el deber de garantizar ese derecho. Si en mis manos estuviera hacer que el aborto voluntario sea legal, no dudaría en darle toda garantía a esa ley y a la creación de instrumentos para su aplicación. Asimismo, esta legislación sería muy estricta en resaltar que la decisión de abortar sea única y exclusiva de la mujer. Ella es quien lleva en su cuerpo ese proceso de gestación. Claro que habría un límite de tiempo dentro del cual se podría tomar la decisión (12 semanas). Pero, como dije, la elección sería toda de ella. 

Si el aborto voluntario fuera legal, reduciría mucho el riesgo de malas prácticas clandestinas que ponen en peligro la vida de la mujer. Desde el mismo momento en que ella decide abortar de forma encubierta, empieza su pesadilla. Buscar a alguien en quien confiar y conseguir un médico que se arriesgue a realizar la interrupción del embarazo es una amarga odisea. Por causa de la hipocresía de la sociedad, debe silenciar su decisión. Peor aún si en su intento algo falla y necesita de ayuda adicional. Una hoguera de comentarios la consumirá. Pero, ¿quién es el prójimo para juzgar sobre lo que hagas o dejes de hacer con tu cuerpo? 

Es evidente que muchas mujeres podrían continuar con sus vidas mucho mejor si tomaran la decisión de interrumpir el embarazo de un hijo no planificado. De continuar con el proceso de gestación tendrían que, en muchos casos, afrontar la situación solas o con escasos recursos económicos y abandonadas o proscritas por su familia o parejas. Es común el caso del hombre que, cuando llega un hijo no deseado, desaparece o se convierte en un verdugo más de su pareja. No obstante, a pesar de abandonar o desconocer la responsabilidad, la sociedad no lo juzga con la misma medida. Salvo en el caso de que la madre, por medio de la ley, le obligue a cumplir con sus responsabilidades paternales. 

En la discusión del aborto están presentes los preceptos religiosos. La concepción católica sobre la co-creación humana es errada por completo. Desconoce el proceso evolutivo o lo interpreta a su conveniencia. Sin respaldo científico fiable, afirma que un alma habita en el nuevo ser desde el contacto de un espermatozoide con un óvulo. A partir de ese fugaz momento lo considera hijo de Dios. Esto la base de su negativa al aborto. Sin embargo, no hay cabida en este siglo para afirmaciones de este tipo basadas en la fe católica. El pensamiento religioso ha malinterpretado este proceso natural de reproducción, que fue producto de nuestra evolución natural. Como consecuencia de esta influencia de la Iglesia, se ha visto aumentar el número de niños no deseados, que crecen con escasas oportunidades, siendo víctimas inocentes de maltratos y abusos. ¿Qué podría remediar esta realidad?

La solución es la despenalización del aborto y el fácil acceso a métodos anticonceptivos. Pero mirando mejor la realidad, es poco probable una legalización del aborto. Nuestra ley no se moverá de donde está. Quizá deban pasar años hasta que al menos exista un debate libre de falsos moralismos sobre esa posibilidad. Mientras tanto, se podría masificar la orientación en el uso de métodos anticonceptivos. Que sean de acceso cómodo y libre. Junto con esa divulgación del uso de estos métodos, vale la pena dar a conocer a más gente sobre la píldora del día después. Aunque un poco cara, debería ser un comodín a usar luego de una relación que deje duda de un posible embarazo. Nada de pensar que aquello provocaría una ola de comportamientos promiscuos. Y si eso pasa, es cuestión de cada quien qué hace con su cuerpo. Que nadie se meta con lo de nadie, menos en lo sexual. 

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