Adiós a la red social.

A finales de 2008, en el mes de noviembre justo luego de graduarme de la universidad, abrí un perfil en Facebook. Como recién llegado no duré los primeros días. Quedó abandonada la cuenta por un lapso de varias semanas hasta que llegaron las primeras notificaciones al email. Algo hizo que más gente se reúna ahí. Siguiendo el rebaño empecé a navegar más minutos al día en esa red social. Al poco tiempo subí fotos que seleccioné con el mayor de los cuidados. Nadie con un mínimo de amor propio se atrevería a mostrar una foto en la que se ve mal. El arreglo del perfil y la actualización del mismo se convirtieron en una tarea casi diaria. Despojarse de parte de la privacidad como precio para meterte en la de otro es un costo inevitable de toda red social, sobre todo en Facebook. Raro cuidado se tenía en publicar lo que antes era privado.

Y nada es tan privado como una foto. Al menos para los que llegamos como inmigrantes digitales. En cada perfil de esa red social habían los álbumes de fotos clasificados por fecha o viaje. Una carpeta exclusiva para fotos de perfil donde tu cara asomaba con buen aspecto y cuidado. Un mar por explorar a remo con clics. A la imagen subida se le podía añadir un comentario o darle un inocente clic en el pulgar. Apostaría a que todo el mundo babeaba por cada like recibido. En la barra lateral aparecían las sugerencias de amigos. Familiares no tardaron en llegar a esa lista. Otro clic y la invitación se enviaba. Y luego de la aceptación, si es que había, iniciaba el espionaje virtual. Meterse en la vida del otro resultó sencillo.

Detrás de páginas de redes sociales no solo hay programadores. También están psicólogos, neurólogos y gente de marketing. En conjunto fabrican una web con la intención de mantener el mayor tiempo posible conectado al usuario. Y hacerlo que regrese muchas veces como sea posible. Ese es el negocio. Entre más tiempo estés y más veces regreses hay más probabilidad de que pinches en algún enlace de publicidad. Lo que en apariencia es una red gratuita lo pagas con tu tiempo y lo conviertes en ingreso por publicidad para ellos. Regresas como un adicto. El ego aumentado por mostrar tus logros y paseos, tus diplomas y festejos son la mejor tentación. Ver lo mismo del otro es tan seductor como espiar tras una ventana una discusión callejera. 

Caí en ese negocio. Entré al círculo vicioso de ingresar una y otra vez para ver las nuevas actualizaciones. Sentir el fastidio de no encontrar nada nuevo o publicaciones poca novedosas era cosa de todos los días. Además de mostrarte al mundo con una máscara bien diseñada por ti, más la opción de meterte en lo que el resto publicaba, había la infaltable opción del chat. Múltiples ventanas se desplegaban en la parte baja de la pantalla. La multitarea de chatear al mismo tiempo era fácil de dominar. Atractiva de usar. Aquel espejismo de hacer bien varias cosas al mismo tiempo lo experimenté aquí. Pero había algo que no estaba bien. La frustración fue llegando de la mano con el uso de la red social. Había notado que pasaba más tiempo en ella. Tiempo invertido en ver la vida e intereses del otro. De publicar parte de mi enmascarada vida. Había que hacer algo frente a eso. ¿Pero qué?

El primer intento de eliminar esta adicción fue cambiar la clave de ingreso. Una clave compleja anotada en un papel que solo quería en casa. De esa forma solo podría entrar en la noche a revisar las novedades y el resto del día sería aprovechado en cosas importantes. El primer día no resistí. Cerca de la hora del almuerzo recuperé la contraseña con el email. Otra vez estaba dentro. La decepción de mi mismo fue como el pesar que da la gula o la resaca. En esa noche hice otra cuenta de correo para el Facebook y dejé tanto email como password en casa. Esta vez funcionó. La señal del síndrome de abstinencia fue persistente a lo largo del día. Nada sale gratis.

Esto consiguió por unas semanas sanar el vicio. Lo curioso es que me vi explorando mi perfil desde el acceso público. No todo dio buen resultado. En la noche, cuando tenía acceso total, pasaba más del tiempo que debía. La curiosidad acumulada del día pesaba durante las últimas horas. Había que intentar otra estrategia. Puse en manos de alguien de confianza una clave encriptada de acceso con la condición que no me la diera sino solo los fines de semana. Esto resultó mejor. Pero no fue una solución duradera. En unos tres o cuatro meses volví con todo al uso de la web social. La nueva estrategia fue eliminar contenido. Asimismo oculté las actualizaciones de perfiles de personas que poco me importaban. Esto también dio resultado. Pero al igual que los otros intentos fue una cura temporal.

Buscando en la web no encontré sugerencias valederas para paliar este vicio virtual. De entre todo lo consultado solo una herramienta funcionó. Esa aplicación contaba el tiempo de permanencia en Facebook con un reloj en la parte superior izquierda de la pantalla. Además daba un histórico del uso. Lo que antes era una percepción de un uso prolongado ahora estaba en números. En promedio estaba pasando dos horas por día. No era un tiempo seguido, sino el total de esas entradas inocentes que hacía. Dos horas. Con la ayuda de una calculadora fue fácil hacer números. Por semana 14 horas. Por mes 60 horas. Por año, 730. Es decir, pasaba más de 30 días al año conectado a Facebook. Demasiado tiempo perdido.

¿Qué podía hacer con todo ese tiempo? Un universo de cosas. Tomé un libro de versos de Neruda y medí el tiempo de lectura. Si por hoja me demoraba tantos minutos entonces el libro se lee en tantas horas. Eureka. Esos 30 días al año en la red social era equivalente a dejar de leer 60 libros más o menos. Me estaba perdiendo la oportunidad de aprender algo que vale la pena. El resultado de ese cálculo fue el motivo final para cancelar la cuenta. En una noche de mayo de 2014 di con placer los clics necesarios para eliminar de forma definitiva ese adictivo perfil. Vino otra vez el síndrome de abstinencia. Pero como ya lo había padecido antes en todos los intentos previos fue más fácil de manejar. Pasaron los 30 días de plazo que advertía la red social para mantener mi perfil en caso que me arrepintiera y todo quedó borrado para siempre. 

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