Tantas vidas como sea posible

Nos negamos a rezar, como otras veces. Estaba en el cenit de mi adolescencia y ejercía mi rebeldía de múltiples formas. En el salón de clase, sentados, formábamos un círculo entre todos los alumnos, con la profesora de pie en el centro. Daba la impresión de ser un pastel con una vela obesa en el medio. Llegó el momento de elevar las manos y repetir el Padre Nuestro. En lugar de poner las manos como ceniceros, las metí al bolsillo y guardé silencio. La profesora no solo me miró con fuego en los ojos, sino que caminó directo hacia mí a ordenarme que repita la oración. A pesar de su alegato, me quedé callado. No podía obligarme, nadie debía hacerlo. Alguien del grupo, no recuerdo quien, dijo que R tampoco estaba rezando. Ya éramos dos. Es un poco más fácil cuando otro está haciendo lo mismo que tú. Aunque apenas sea uno.

De la rabieta de la profesora vino el sermón del inspector. Era un tipo que poco le importaba el tema religioso, pasó de decir una tenue pero larga advertencia. Nada más. No podíamos volver al salón y R me dijo: vamos a mi casa, quiero mostrarte algo. Al llegar a su domicilio, subimos hasta un lugar que cambió por completo mi adolescente vida: era la biblioteca de su padre. Aquel señor estaba sentado frente a un aparato de radio AM moviendo las perillas, sintonizando algo. Saludó amable y R me presentó. No comentó nada del mutismo oracional de hace una hora. Su padre me miró con unos ojos contradictorios, que sólo años después supe que son los ojos de los que leen página tras página todo el día. Me guió por su biblioteca, mostrando orgulloso sus libros. Estaba feliz de su tesoro.

Llegué a casa más tarde de lo normal. Antes de ir a por el almuerzo o cambiarme el uniforme, lo primero que hice fue abrir muchos cajones y sacar todo libro que encontraba. Habían más de los que me imaginé. Los puse ordenados por tamaño sobre la mesa de mi cuarto. Fue mi primera biblioteca. Ese mismo día tomé una novela, no tanto por su título o autor sino por el llamativo color del dibujo de su portada. Era la Eneida de Virgilio. La inspiración fue tal que en dos días ya la había leído. Ese ímpetu solo lo volvería a vivir años después con los libros de Daniel Brown. Al día siguiente, viendo más de cerca la colección, me sorprendí al notar que la mayor parte de los libros eran de Historia. Halagadora coincidencia.

Quería más libros, pero había un problema. Durante el colegio mi renta diaria fue de 50 centavos por día. Cada mañana tomaba del mueble comedor el dinero y lo usaba para comprar cualquier cosa en los recesos. Los días que no lo gastaba sentía que traía una fortuna conmigo. Una semana ahorré 2.10 dólares. Todo un logro económico que Adam Smith seguro alabaría. Con ese dinero quise comprar el libro El hombre que calculaba. Recomendado por mi profesor de matemática, tenía toda la esperanza de llevar el libro a casa. Pero me faltaban 20 centavos y no había intención de rebaja. Salí pensando en cómo financiar mi déficit y no tuve más remedio que visitar a la tía más cercana. Le conté que me faltaban tantos centavos para comprar tal libro y me sorprendió dándome más dinero del que necesitaba. Así compré el primer libro de mi vida, a pesar de ese problema llamado dinero. 

Empecé a visitar más a menudo las librerías. No sabía entonces sobre la calidad de los libros. Con leer la contraportada, ver que estaba interesante y tener el dinero para comprarlo, me lo llevaba conmigo. Eran libros piratas, es decir, copias del original por el cual el autor no recibiría ni un centavo. Sin embargo, muchos eran ya de dominio público. Otros no. Además, la calidad del papel provocaba que con el tiempo el libro se deteriore más rápido. Esto lo descubrí con los años, cuando revisaba los libros de los estantes. A pesar de algunos estar un poco acabados, no hay forma de que me deshaga de ellos. Su valor sentimental les da su lugar.

Las primeras novelas que leí fueron de García Márquez. Por mérito propio era el más pirateado de aquel entonces. No me gustó mucho Cien años de Soledad, pero Noticia de un secuestro fue una revelación. Mario Vargas Llosa llegó a ser mi escritor preferido. He perdido la cuenta de todas las novelas que leí de él. Mi libro favorito de su obra: Lituma en los Andes. Aparte de novelas, los otros libros más pirateados eran los de autoayuda. Aunque creo que toda obra literaria es por sí misma de autoayuda, esta clasificación de libros se refiere a un caso particular. Se trata de textos con ideas orientadas a mejorar tu productividad, encontrar la felicidad y engordar tu billetera. Compré varios de esta categoría y entre todos descubrí uno que hasta el día de hoy es de los más vendidos. Se trataba del libro de Dale Carnegie: Cómo ganar amigos. 

En este 2016 tengo una biblioteca de cerca de 1000 libros. Hay casi de todo. Habiendo tantas obras por leer y poca vida por delante he procurado ser selectivo. Si un libro está aburrido, lo dejo y tomo otro. Coincido con Borges en que la lectura es una forma de felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz. No obstante, invadido por la académica necedad y a pesar de los bostezos, he aprendido a llegar al final de un libro, que en el fondo es interesante a pesar de lo tedioso. Intento llevar dos y máximo tres libros a la vez. Uno tiene que ser, por obligación, una novela o libro de cuentos. Los otros dos pueden ser un ensayo científico o de divulgación. El restante está en la kindle, que me ha servido para leer con comodidad en la noche. 

Con el pasar de los años descubres que lo bonito de leer es vivir otras vidas. Esto ya lo han resaltado muchos lectores, me ha pasado a mí y le pasa a mucha gente. Te metes a vivir en la historia. Eres Robert Jordan llevando la dinamita al puente, formas parte de la conspiración contra Trujillo, resuelves el acertijo con Robert Langdon y vas por justicia con Mikael Blomkvist. Se eriza la piel con Sade y te ríes con Bayly o Bolaño. El miedo, ese pequeño dolor, te invade con Stephen King. Todo por abrir un libro. Al cerrarlo, regresas a la vida única, esa que tratas de cambiar antes que te cambie a ti. Nada supera esa combinación de imágenes que llevas en tu mente cuando tomas tu chaqueta y sales a la calle luego de haber viajado a tantos lugares a través de la palabra escrita. Experimentas el versículo Marcos 5:9.

A través de los libros extiendes tu adolescente rebeldía. Todo libro es un conspirador esperando invadir el palacio de tu verdad. Pocos podrán engañarte si eres un lector persistente. Te volverás un inevitable intelectual. Notarás la trampa en cada campaña política o religiosa y te ganarás adversarios de rigor. No aseguro que te vuelvas más inteligente, pero al menos sí más atento a esquivar las mentiras. Al igual que R y yo, estarás en medio de una literaria soledad que define nuestra sociedad poco lectora. Ese es el negocio de leer, ir en contra de lo cotidiano reinventando con cada palabra leída una realidad alternativa. Y en mi caso, todo gracias a negarme a rezar.

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