Síganme los buenos.

Francisco llegaba todos los días de buen humor. Puntual y con un saludo caluroso iniciaba la clase. En la escuela él se encarga de casi todas las materias: matemáticas, lenguaje, cívica, estudios sociales… A otros profesores los veíamos una vez por semana para educación física y artes. Pancho a casi todos nos llamaba por un sobrenombre. A otros por el apellido. A unos pocos por el nombre. En el armario guardaba los dulces sobrantes de la navidad y los daba como premios a los que hacíamos bien y primero algún ejercicio. A otros, los inquietos, les daba una dosis personal de psicología con un látigo regalo de un atento y preocupado padre de familia. De entre todos esos recuerdos gratos, el que más llevo presente es su dedicación a enseñarnos a leer bien. Nada de trabarse, nada de dejar una palabra sin consultar. Practicar y practicar. No había curso como nosotros a la hora de leer bien y claro en las horas cívicas de los lunes por la mañana.

Tanto fue el éxito que hubo entre Francisco y el grupo que el día en que debíamos cambiar de profesor varios padres de familia hicieron todas las gestiones para que siga él siendo nuestro profesor. De estar sentados en un aula todo nueva para nosotros, regresamos a esa otra donde el techo de zinc ponía el calor al cuadrado cerca del mediodía. Pero ese era el espacio donde fuimos bien formados, a base de caramelos y chicotazos. Aquella mañana del primer día de clase fue la primera y única vez que vi a padres de familia lidiar en busca de la mejor educación para sus pequeños hijos. Ese día, Francisco estuvo contento toda la clase. Años después entendería mejor por qué.

Los años de colegio los recuerdo menos que los escolares. Mi primer lugar de estudios de esa etapa de secundaria fue un instituto cerca de mi casa al que llegaba casi siempre tarde. El primer año tuvo la diferencia con la escuela de que cada materia la daba un profesor diferente. Todos eran profesores de edad (es decir, pasados los 50). Hubo el profesor al que todos temían por sus implacables lecciones. Estuvo también el que no se hacía problema por nada y todos pasaban de lo más relajado con la mejor nota. En general, no había ninguno que no tenga ya su experiencia. Pero el segundo año fue el lado oscuro de la moneda. Ahí descubrí que cuando quieren ir de la mano la docencia y la política la primera se vuelve una parodia de sí misma. Empezaba a etiquetar a unos como buenos y a otros como malos profesores. Malísimos en puntuales casos.

Luego del segundo año me cambié de colegio. Con ese precedente ni siquiera tuve que pensarlo dos veces. No quería más ver en frente de una clase a gente que parlotea de cualquier cosa menos dedicarse a dar una clase. Pero toda mudanza arregla unas cosas y complica otras. Mi segundo instituto era regido por una congregación religiosa. Había que portarse muy bien, ir a misa siempre que te lleven y rezar clarito el padre nuestro en la hora de religión. Fue complicado hasta que por fin salí de ahí. Igual que en el primer instituto, aquí también había el gremio de los buenos y los malos profesores. Por bueno me refiero al que da su clase, es justo con todos y nos respeta por igual. Malo es el que te habla de cualquier cosa menos de la case, tiene sus preferidos y te juzga por color, género o clase social. No hay conjunto intersección en esta clasificación.

La universidad fue una esperanza perdida desde el mismo día de la matrícula, todo gracias al nada amable trato del funcionario de esa secretaría de inscripciones. Lo supe mejor el mismo día en que firmé el acta de grado y era un flamante desempleado titulado. No me había equivocado de carrera, era lo que me gustaba y aún lo sigo haciendo, pero vaya que me encontré otra vez con el mismo gremio de profesores, pero esta vez no habían los malos, sino los malísimos. Los buenos eran pocos, pero inspiradores. Fue una verdadera fortuna el tener la oportunidad de haber hecho un posgrado y encontrarme con los buenísimos profesores. Ahí aprendí por fin ideas clave de comunicaciones. Entendí también que la academia, sea de secundario o universitaria, es un reflejo de la sociedad. Tiene los mismos ingredientes.

Llegó mi turno de estar al frente de la clase. Me gustaba enseñar y lo había ya intentado antes en unos novatos vídeos subidos a YouTube y en un manual sobre programación. Modestia aparte, tuvieron y tienen aún un éxito bien ganado. Pero ahora era el turno del cara a cara. Cuando una universidad te contrata como profesor no se preocupa mucho si sabes o no el contenido de la materia. Menos aún de si sabes enseñar. Ven tu diploma y confían en ti. Digamos que tiene sus dos lados de la moneda, pero en general hay que tener un poco más de cuidado. Llegas con poca idea de pedagogía. Por eso los primeros meses de clase cometes errores inocentes. Es con el tiempo que poco a poco vas perfilando la personalidad para llevar una clase. Casi con certeza adoptas la forma de ser de un profesor que admiraste. En mi caso personal, traté y trato de ser un mix del Prof. Fábio y del Prof. Cândido. Quizá esté mal que yo lo diga, pero creo que estoy logrando.

Aquí notas que se forman otros gremios: los buenos estudiantes y los malos alumnos. En mi estadística personal, diría que un 10% es buen estudiante. Es decir, de un curso de 30, son 3 los que leen el libro, toman notas, hacen resúmenes, ejercicios y les interesa aprender. El resto es bastante descuidado y muchos de ellos viven con la idea del estilo de colegio aún ya estando en ciclos medios de la carrera. Por eso es recomendable, si estás en un piso alto, cerrar la ventana cuando calificas los trabajos o exámenes. Te puede entrar la depresión y saltar al vacío. Claro es que se intenta poner en marcha estrategias para hacer que estudien, pero más probabilidades hay de ver el sol a medianoche de que eso funcione. Había que, sin embargo, intentar algo más.

Antes de explicar lo que decidí hacer debo decir que me lo pensé mucho, sobre todo con empatía. Tenía que mirar más de cerca. Me vi llegando a clases de varios humores y ánimos, unos días sin apenas comer y otros lleno como si hubiera visitado a mi abuelita. Unos días engañosamente feliz y otros más pesimista que Schopenhauer. No era el mismo a cada clase y eso me hizo entender que cada alma que asiste a mi aula viene de una historia compleja y diferente. Habrán los que hayan dormido bien, los que están con el bolsillo vacío, los que se han mal enamorado y los que estén medio felices. Con todos esos rasgos había que torturarnos mutuamente por esas tres horas de clase. No había remedio. 

Llegar con el sermón de profesor consejero no era el antídoto a ese mal de no querer estudiar. Palabras van, palabras vienen. Creo tendrían bastante con los discursos de otros profesores. Mi estrategia fue diferente. Cada vez que entraba pensaba en todos esos profesores malos del colegio y la universidad. La única forma de cambiar esa estadística era ser del grupo de los que siguen al Chapulin Colorado. Es decir, dar el ejemplo. La segundo alternativa que usé y uso es darles un buen libro para leer. Por bueno me refiero no solo porque me haya gustado, sino porque otros profesores lo hayan usado para mejorar el rendimiento de sus estudiantes y ha funcionado. Eso era todo. Ahora dependía de ellos. Hablar de los resultados será cuando describa (luego) de qué libros se trata. Por lo pronto confía en que funcionó.

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