Ponle la cola al burro.

Era el juego de ponerle la cola al burro. Por fin mi turno llegó luego de haber disfrutado la derrota de los que me precedían. Cinta que vendaba los ojos, rabo de cartón con alfiler en las manos y resuelto a seguir derecho al objetivo. Iniciaba mi turno. El plan original era guiarme por los objetos cerca del póster del burro y en base a mi supuesta orientación espacial atinar con el objetivo. Mala idea. A los dos pasos la posición ya era confusa y había que cambiar de plan. Restaba volverse obediente de las múltiples voces que guiaban mi mano hacia la coordenada. En ese griterío podía distinguir varias voces, pero no todas daban las mismas indicaciones. Había una conspiración en mi contra.

Lo gracioso del juego está en perder el sentido de la vista y usar el del resto de participantes. No hay más remedio que confiar. Pero entre tantas voces arengando y entre ellas algunas contradictorias había que improvisar un mejor plan. Era obvio que fiarse en una sola voz resultaba mal negocio. La estrategia coherente era sumar coincidencias. Pero aún así había otro problema: no todos tienen la misma medida de las distancias. Podrías estar cerca a clavar el alfiler en toda la retaguardia del burro, apenas a centímetros del centro perfecto y ganarte un cupo para la próxima olimpiada de ponle la cola al burro. Para unos era cuestión de un poquito para la derecha o izquierda. Para otros, arriba o abajo. La calibración de la distancia recorrida dependía de mi mano moviéndose y de las voces que la guiaban (con gritos desesperados, a veces). Ese poquito al que se referían era una medida muy diferente para mí, concluí. Y la expectativa de saber si habías atinado duraba los pocos segundos hasta quitarte la venda. No había segunda oportunidad.

Hay momentos en la vida que son como ese juego. Tienes un plan para llegar al objetivo y al poco tiempo debes improvisar. Habrán los que a gritos desesperados te convencerán de la ruta a tomar. También los que con toda extraña intención te darán otra senda a seguir, una que ellos mismos no elegirían. Los que de verdad te den las instrucciones reales puede que erren en la exactitud. Aún así, lo que es evidente, lo que sabes a pesar de lo que escuches, es que tienes que saber confiar en lo que otro afirma y desconectar partes de tus sentidos y percepciones. Si no puedes verlo directamente, inferir es el camino. En esas situación, la confianza a ciegas no es garantía para el éxito, pero sin ella el fracaso es casi seguro.

En particular, el caso del matrimonio. Dar el paso al mundo del casado tiene el precedente de escuchar las opiniones sobre tu pareja tanto de la familia como de los amigos, ambas opuestas en ciertos casos. Pero como el amor adormece el sentido común es de tener en consideración lo que digan los demás, al menos en parte. Usar el sexto sentido del prójimo en beneficio propio. Nunca faltará el que te advierta de no dar ese paso de cambio de estado civil, no tanto por joda, sino por sana recomendación. Puede que sean esos ojos que necesitas cuando la venda del amor eterno aún está obstruyendo tu visión. Así como hay los que argumentan que debes hacerle caso a tu corazón, habremos otros que pensamos y diremos que vale la pena seguir el consejo ajeno de vez en cuando. Al final, la vida siempre da segundas oportunidades.

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