La muerte para continuar

En las misas que asistí hace ya varios años siempre se mencionaba la vida eterna. La idea de eternidad resultaba tentadora. Un sin fin de buenos tiempos allá en el Cielo, cerca del Padre celestial. El requisito era portarse bien aquí en la Tierra, cumplir los 10 mandamientos, rezar, ayunar, dar de beber al sediento, de comer al hambriento y dejar limosna. Allí había todo lo que te ponía feliz. Ese Paraíso que ofrece la iglesia es una recompensa a todos tus sacrificios terrenales, el lugar donde el alma afligida recibirá consuelo y la justicia será por fin algo consumado. Parecía buen negocio portarse bien. Con el tiempo me pregunté si eso que a mí me hace feliz también le haría feliz a otro. Lástima que en esos años infantiles de obligatoria asistencia a catequesis y misas no se me ocurrió preguntar algo al respecto. 

El otro lado de la moneda de ese Paraíso era el Infierno. Ese lugar terrible donde serás torturado cada segundo y pagarás por todos tus pecados hacia Dios y sus criaturas. El gerente del Infierno era un tal Satán que era más conocido como Diablo. De hecho tenía muchos nombres, cada uno más gutural que otro. Ese maligno administrador un día fue un angelito de bien, pero su ambición en querer igualarse al Dios creador de todo le mereció ser expulsado a lo más profundo de ese lugar muy caliente llamado también Averno. Allí podría ser Dios a su modo. Le llamaron también el Príncipe de la Tinieblas. Y tenía de eternos invitados a las almas de personas que murieron sin confesión o sin arrepentirse de sus pecados. En su justiciera tarea de castigo, lo acompañaban una tropa de seres llamados Demonios. Estos seres son un equivalente a los ángeles o querubines que el dueño del local celestial controla. Sin duda alguna, un lugar con entes a evitar.

La muerte no es una idea que se tenga mucho en cuenta cuando se es joven. Uno se cree inmortal y que tiene media eternidad por delante. No se la piensa sino hasta que un ser querido muere o está cerca de partir. En mi caso, aún no he sentido la muerte de alguien cercano. Pero sí la partida de unos seres que me alegraban cada hora: mis mascotas. He tenido casi siempre gatos y esta vez vivo con un perro color caramelo. Vaya que los amo mucho y los tengo siempre presentes a los que ya no están. Una vez, hace ya más de 10 años, pregunté si había un cielo para las mascotas. La respuesta del religioso fue que no. Y como todo religioso, zanja las respuestas citando a Dios o algún versículo bíblico. Me parecía algo inhumado no dejar que esos seres maulladores y ladradores no tengan su Paraíso. Quizá porque ellos no tienen libre albedrío. Pero aún así era mezquino.

Regreso a esa pregunta que vino con el tiempo: será que lo que me hace feliz a mí, que está allá en el Cielo, le hace feliz a otro? Veamos. Si llegara al Cielo y recibiera mi recompensa, seguro tendría mucha comida de esa que llaman golosinas: parrilladas, postres, mariscos, etc. Habría licores de todos los tipos y una pantalla enorme con un play station junto a la colección más completa de vídeo juegos. Estarían todas mis mascotas. Conversaría con Borges, Sábato o Stieg Larsson. Tendría una biblioteca enorme llena solo de libros originales y con ánimo de leerlos a todos. Conciertos de metal pesado todas las noches. Una mesa de ping pong y un chino del otro lado para jugar tantas horas como sea posible. Con certeza, ese no sería el Cielo de muchos otros. 

Junto con la pérdida de la fe vienen otros cambios de concepto. La idea de viajar a un paraíso luego de la muerte no era más una certeza. La vida se acabaría algún día para siempre. Ni cielo, ni infierno ni esa alocada idea de reencarnación eran convincentes. La conciencia de esa muerte final, que no es antesala de ninguna eternidad, me puso a entender que es aquí donde se experimenta esas ideas de Cielo e Infierno. Es en el día a día que caminas a lado de gente que puede ser un ángel o un demonio. Hasta uno mismo puede asumir esas facetas. Llegaría algún día el fin, y no habría segunda parte. Mi desconocida fecha de caducidad me ancló al presente.

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