La Meditación en el cuarto oscuro, o de cómo diez minutos quieto y atento te hacen, por fin, más enfocado en el ahora.

La New Age es todo ese concepto que trato de evitar. No hace falta entrar en detalles sobre esa filosofía. Todo lo que la conforme me es poco atractivo. De entre sus novedades estaba la práctica de la meditación. Sentado, ojos cerrados y dedos pulgar e índice unidos, era el retrato popular que tenía de esa práctica. De esa forma estaba conformada mi imagen sobre una persona que meditaba. Era solo eso, una imagen y nada más. Lo que deduje fue que en esa posición se estaría dentro de un ambiente silencioso y calmado pensando en no sé qué. Resultaba una práctica poco atractiva.

Twitter es esa red social que te da la libertad de seguir, no seguir o dejar de seguir las publicaciones de muchos sitios de noticias. Tú eliges con qué veneno envenenarte. La BBC es un sitio serio y poco parcializado. Era mi favorito no solo estar un poco al día, sino también para enterarme de tópicos científicos en lenguaje para profanos. Si la BBC tenía mi confianza, era curioso notar que al leer sus publicaciones sobre temas como la meditación iba a sentir duda de su contenido. Noté que otros sitios de noticias también publicaban artículos relacionados con esa práctica neo hippie de la meditación. Había ya la incertidumbre de si mi idea o imagen original de la práctica de la meditación era la correcta. Salir de dudas era cuestión de unos clics y algo de paciencia.

Los primeros links que devuelve Google suelen ser los más atractivos. Entré a los primeros y ellos todos iniciaban con la advertencia de que la meditación no era una práctica esnobista. Sencilla de practicar, sus beneficios habían sido bastante estudiados por científicos serios durante ya muchos años. La lista de bondades de esta práctica parecía bajada de una campaña política. No obstante, lo que fijó mi atención fue la recompensa del aumento de enfoque. Es decir, a las tres semanas de práctica de la meditación, tu cerebro ya iba a mandar señales de mejora en la capacidad de concentrarte en un texto o en una tarea. Todo gracias a que su córtex prefrontal se veía fortalecido por esta práctica. Me enganché a la carnada.

YouTube es una de las recompensas de nuestra era. Dotada de una extensa variedad, es el lugar idóneo para aclarar y profundizar todo lo que se pueda imaginar. A diferencia de Google, aquí sí di con videos hippies new age de los que tanto desconfío. Había que ir con un poco más de paciencia. Encontré entre los vídeos recomendados la conferencia de la Dra. Kelly McGonigal: "The Willpower Instinct". Reveladora, atrayente y por completo clara, la conferencia vino a convencerme de una vez por todas de que sería un buen negocio dar unos minutos al día a prestarle atención a mi respiración. Había ya logrado el hábito de dormir las 8 horas y de hacer ejercicios todos los días. Meditar era el complemento que había estado buscando sin saberlo.

Regreso a esa imagen de meditador sentado en el piso sobre una estera, piernas cruzadas, ojos cerrados y dedos juntos. La primera vez no funcionó esa posición para mí. La incomodidad nunca me ha dejado pensar en nada. Fui luego directo a la habitación donde están los libros. Oscura por un capricho de mi esposa de no colocarle ventanas, al mediodía resultaba el mejor lugar para, sentado en el sofá que allí había, empezar de una vez con esta prometedora práctica de la meditación. La regla era simple: cierra tus ojos y presta atención a tu respiración. Pero como lo simple nunca quiso decir fácil, llegaron al poco tiempo pensamientos distractores. Unos preocupantes, otros divertidos, unos sin sentido. Pero había que retornar a prestar atención a la respiración. Ese era el entrenamiento.

De los 2 minutos por día hoy son 10. Es posible que luego sean unos minutos más, pero no más allá de 20 minutos. Una de las complicaciones es encontrar el espacio de tiempo durante el día. Porque si un hábito se busca formar, conviene hacer la tarea siempre en el mismo horario. El mediodía es mi horario. De los ya seis meses que he estado practicando la meditación, puedo decir que percibo los cambios. No es ya tan ardua la resistencia a las distracciones. Es más fácil dejarlas de lado. Sin embargo, el mayor beneficio que he ganado es poder hablar mejor. Es decir, encontrar más rápido y precisas las palabras para, cuando hablo, decir lo que pienso. Y todo fue solo cuestión de respirar.

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