La biblioteca de la distracción inacabada.

La biblioteca era un lugar pequeño, lleno de olor a papel impreso. Las perchas de madera repletas de libros, las mesas diáfanas y la luz que caía por las ventanas creaban un ambiente sereno que acobijaba las palabras contenidas en esos textos.

El silencio era seductor. Poquísimas veces en ese tiempo, en mis años de pregrado, escuché el golpeteo acelerado de ningún teclado. Por ser un espacio pequeño, cualquier ruido provocado por una charla ilícita era silenciado al instante por el bibliotecario.

Pocos íbamos a la biblioteca. Pero estaba llena siempre en la semana de exámenes. Esa era la época en la que no podía entrar, mas también en la que menos necesitaba ir.

La biblioteca cambió. Ahora ocupa todo el edificio. El orden es simple, elegante. Por su tamaño parece que rara vez se llena. Sin embargo, esta nueva biblioteca está llena de otro tipo de usuarios. El wifi y su contenido han atraído a un sinnúmero de profanos que apenas abren un libro.

El sonido del teclado casi siempre proviene de un chat encendido. Y lo peor de todo, el silencio ha emigrado para no volver. Ya no es una biblioteca donde la concentración va un texto. Es un lugar para la elaboración ruidosa de tareas.

Es claro que la universidad deba tener el lugar para que los alumnos realicen los trabajos académicos. Lugares donde haya mesas grandes y acceso a wifi. Eso es indispensable.

Pero colocar esos espacios justo al lado de los percheros que contienen los libros es una mala idea si no existe el control debido para que se guarde un mínimo orden.

Un orden que, a través del silencio, se respete la lectura de la persona que abre un libro, pone una hoja de papel sobre la mesa y con lápiz en mano toma nota y estudia.

Es ridículo conseguir ese ambiente apenas colocando frases sobre el silencio o mensajes de advertencia. El control del orden es a partir de hacer cumplir la norma establecida, que manda guardar silencio. Y si no se lo hace, nada tan simple como sancionar. La solución es esa.

Como la biblioteca es ahora un lugar ruidoso, una solución para los profesores fue crear una sección con acceso exclusivo. El último piso del edificio se diseñó para esos espacios con cubículos individuales. Un oasis en medio del desierto del ruido, el murmullo, las risas, el golpeteo del teclado y el desorden.

Es un lugar cómodo a pesar de carecer de aire acondicionado. Reservar un espacio allí es simple a través de la web. Aunque por increíble que parezca, ese lugar también fue invadido en esporádicos días por estudiantes despistados que llegaron con toda su ruidosa parafernalia.

Era incómodo echarlos de ahí, pero no había otra salida.

El reino del silencio debía ser protegido. Sin embargo, con mayor frecuencia fue apareciendo otro tipo de invasor que eran aún más molesto: el profesor maleducado. Este individuo cometía el crimen de no poner en silencio su celular, de contestar llamadas dentro del lugar y lo peor de todo, de llevar estudiantes para darles tutoría.

Era un personaje a imagen y semejanza de los individuos de los pisos de abajo.

Llegué a la conclusión de que ese espacio que es la biblioteca era un reflejo de la sociedad. Es decir, poco importa si lo que hago le afecta al otro siempre y cuando tenga la seguridad de salir impune.

En algo tan simple como guardar silencio para que el prójimo lea en paz, no hay ni mínima intención de respeto. Es lo normal, mi ruido es mi derecho, piensan. Pero ese era mi espacio y yo su defensor. Lo fue siempre desde el 2003 cuando llegué allí por primera vez.

Cierto día fue invadido por ese molesto español. Lentamente fui haciendo la silla para atrás, me levanté despacio apretando el borde de la mesa con mis manos y puse el primer paso en dirección al sitio donde el beep beep de notificación de IM se emitía.

Era tiempo de expulsar del reino a ese invasor.

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