La biblioteca de la distracción inacabada.

Era un lugar pequeño. La mitad de un piso de aquel edificio era el espacio para la biblioteca. Las perchas repletas de libros, las mesas diáfanas y la luz que entraba por las ventanas creaban un ambiente de otro mundo. Era un cuarto reducido, pero lleno de ideas contenidas en todos esos textos. Lo mejor de todo era el silencio. Nunca en ese tiempo, en mis años de pregrado, escuché el tiki taka del teclado. Al ser un espacio pequeño, cualquier ruido provocado por una cháchara era silenciado al instante por el bibliotecario. Pocos íbamos a ese lugar, pero estaba lleno siempre en la semana de exámenes. Esa era la época en la que no podía entrar, pero también en la que menos necesitaba ir. 

La biblioteca ha cambiado. De ser medio piso del edificio, hoy es todo él. Cada piso tiene los tomos de dos o tres titulaciones. El orden es simple y orientado por un ordenador que raudo busca la dirección del texto en su enorme base de datos. Hay mesas de todos los tipos, para estar varios en una y una sola alma en otras. Es tan grande que parece que rara vez se llena. Sin embargo, a diferencia de la primera biblioteca donde íbamos los que amábamos el libro de papel, esta nueva biblioteca está llena de otro tipo de usuarios. El wi-fi y su velocidad han atraído a un sinnúmero de personas que apenas abren un libro. El sonido del teclado casi siempre proviene de un chat y rara vez de la elaboración de un ensayo. Y lo peor de todo, el silencio ha emigrado para no volver. Ya no es una biblioteca donde la concentración en un texto era el ingrediente de cada hora. Hoy es un lugar de encuentro de la elaboración ruidosa de tareas.

Claro es que una universidad debe tener el espacio para que los alumnos realicen los trabajos académicos. Lugares donde hayan mesan grandes y acceso a un buen wi-fi. Eso es indispensable. Pero colocar esos espacios justo a lado de los percheros que contienen los libros es una mala idea si no existe el control debido para que se guarde un mínimo orden. Un orden que, a través del silencio, se respete la lectura de la persona que abre un libro, pone una hoja de papel sobre la mesa y con lápiz en mano toma nota y asimila el contenido. Es ridículo conseguir ese ambiente apenas colocando frases sobre el silencio o mensajes de advertencia. El control del orden es a partir de hacer cumplir la norma establecida, que manda guardar silencio. Y si no se lo hace, nada tan simple como ejecutar una sanción. La solución venía de la mano de lo obvio.

Como la biblioteca se ha convertido en ese lugar ruidoso, una solución orientada al profesorado fue crear una sección con acceso exclusivo. El último piso del edificio está diseñado para espacios con cubículos individuales. Es un lugar cómodo a pesar de no haber aire acondicionado. Reservar un espacio es simple a través de la web. Un oasis en medio del desierto del ruido, el murmullo, las risas, el golpeteo del teclado y el desorden. Por increíble que parezca,  ese lugar también fue invadido en esporádicos días por estudiantes despistados que llegaron con todo su ruidoso proceder. No era agradable echarlos de ahí, pero no había otra salida. El reino del silencio debía ser protegido. Sin embargo, con mayor frecuencia fue apareciendo otro tipo de invasor que eran aún más molesto: el profesor maleducado. Este individuo cometía el crimen de no poner en silencio su celular, de contestar el aparato dentro del lugar y lo peor de todo, de llevar estudiantes para darles tutoría. Era un personaje a imagen y semejanza de los individuos de los pisos de abajo.

Llegué a la conclusión de que ese espacio que es la biblioteca era un reflejo de la sociedad. No importa si lo que hago le afecta al otro siempre y cuando tenga la seguridad de salir impune. En algo tan simple como guardar silencio para que el otro lea en paz, no hay ni mínima intención de respeto. Es lo normal, mi ruido es mi derecho, piensan. Pero ese era mi espacio y yo su defensor. Lo fue siempre desde el 2003 cuando llegué allí por primera vez. Cierto día fue invadido por ese molesto inmigrante. Lentamente fui haciendo la silla para atrás, me levanté despacio apretando el borde de la mesa con mis manos y puse el primer paso en dirección al sitio donde el beep beep de notificación de IM se emitía. Era tiempo de expulsar del reino a ese invasor.

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