El maestro que nació esclavo

La primera llamada telefónica que hice en mi vida fue en 1994. El aparato Ericsson tenía un disco numérico transparente que emitía clics cuando giraba, un cable enrollado al auricular y un ajuste de timbre en la parte inferior. Un diseño modesto. En una libreta estaban unos pocos números de algunos familiares y daba lo mismo marcar cualquiera. Lo importante era discar el número y escuchar una voz del otro lado. En seguida, cortar. Los primeros días llegaron llamadas frecuentes de familiares curiosos que preguntaban apenas se atendía la llamada si ya tenías línea de teléfono. Luego la frecuencia de las llamadas bajó. De las pocas veces que sonó luego, corríamos a levantar el auricular. No importaba lo que estabas haciendo, el ring era un llamado urgente. Como de alguien pidiendo auxilio a campanazos.

El teléfono estaba en medio de la sala. Cuando hablabas todos escuchaban. En ciertas llamadas adolescentes había que buscar las palabras más diplomáticas y bajar la voz en mensajes apremiantes. Por estar en esa ubicación, había un horario  marcado de uso del aparato. En las noches, a altas horas, era casi imposible usarlo salvo sea un emergencia. Si había la necesidad o el hormonal deseo de llamar a tal o cual persona sentías en el oído el tono de marcado como un latido lento y pesado. Cruzabas los dedos para que conteste el destinatario, no un intermediario. Así te ahorrarías un poco la vergüenza.

En 2006 me compraron mi primer teléfono móvil. Era un nokia 1100. Este aparato fue uno de los dispositivos más vendidos de la historia. Casi todo el mundo tenía uno. De uso fácil e intuitivo, este celular tenía incorporada una maravillosa tecnología futurista: la linterna. Además, un juego eterno de una serpiente que se volvía obesa por comer demasiados cuadritos pixelados. El mensaje oculto era que comer demasiado te llevaría a tener una vida más corta y complicada. La pantalla monocromática era ideal para enviar mensajes de texto. Al poco tiempo ya dominabas el arte de escribir deprisa gracias al diccionario incorporado. No obstante, el problema era el costo de las recargas. En eso años un mensaje de texto valía su dinero. No se diga una llamada. Era común andar con el celular sin crédito.

Lo que vino a continuación es bien conocido: celulares con mp3, tienda de aplicaciones, cámaras y sistemas de mensajería más económicos. Un banquete para los sentidos. El uso exponencial del dispositivo llegó con la integración del wi-fi. Además de las llamadas y los mensajes de texto, el celular se convirtió en un dispositivo que reemplazó a otros dispositivos. Había nacido el teléfono inteligente o smartphone. Un producto útil que parecía salido de un relato de ciencia ficción estaba al alcance de casi todos gracias a la competencia de las telefónicas. Era nuestro más fiel esclavo que aceleró nuestras tareas. Junto con aplicaciones para acceso a las redes sociales, el dispositivo nos acompañaría a todo lugar. Ya no podíamos imaginar un día a día sin ese teléfono.

Pero nada es gratis en la vida. Nicholas Carr ha descrito bastante bien las consecuencias cognitivas del uso de la tecnología, en especial la del uso de Internet. Sus libros Superficiales (2010) y Atrapados (2014) relatan con detalle todo eso que damos a cambio cuando usamos el navegador, las aplicaciones de mensajería instantánea y varios más recursos web. De entre todas las ideas descritas, vale la pena nombrar un por su relación con el aprendizaje. Se trata de las consecuencias de las distracciones, aquellas que atendemos casi de inmediato cuando suena el beep del smartphone. Este tipo de interrupciones destruyen o disminuyen la capacidad de abstracción, es decir, esa habilidad de mantener el foco en una tarea específica. A cada beep, nuestro cerebro conmuta nuestra atención de la tarea que tenemos entre manos y la lleva a revisar el origen de la notificación. Luego, tiene que conmutar otra vez para retomar la tarea. Este ir y venir de cambios de la atención produce cansancio mental. Como consecuencia, cometemos más errores y tardamos el doble de tiempo en completar la tarea.

Podría comentar más detalles de las consecuencias del uso del teléfono inteligente, pero es mejor ir a los libros mencionados. Lo curioso es que en mi caso personal a pesar de conocer todos esos efectos negativos sigo usando el celular la mayor parte del tiempo como algo inofensivo. Cuando tomo conciencia de usarlo demasiado, recuerdo ese comentario de un artículo que hacía mención a la forma de diseñar el smartphone. Detrás de su fabricación, no están solo ingenieros electrónicos y de de marketing. Están también neurólogos y gente de la rama de la psicología. Tienes que diseñar un dispositivo adictivo. Ese es el negocio. Al final, el banquete a nuestros sentidos terminó convirtiéndose en un maestro que alienta ese cotidiano consumismo. La tecnología que creamos nos define, nos moldea.

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