De los Simpson pasando por Fernando Vallejo hasta Richard Dawkins, o de cómo se puede perder la fe antes de perder la vida. Parte 1. (Arreglos musicales de Mago de Oz.)

Nací en una ciudad consagrada a la Inmaculada Concepción. Una ciudad pequeña y agradable que tiene una tradición católica demostrada cada agosto con una larga y famosa peregrinación. Es una ciudad con iglesias coloniales separadas a pocas cuadras. En sí, una ciudad católica como muchas de latinoamérica. Y es aquí donde la lotería de la vida o el capricho del azar me vio llegar al mundo, sin preguntarme, como les pasa a todos. Es por eso que fui educado a los pocos años en la fe cristiana, aquella donde a través de oraciones intentas abrir un canal de comunicación con el Dios padre, a veces con suerte y otras sin ella. Aquella donde hay un Dios que es tres, siendo Padre, Hijo y Espíritu Santo al mismísimo tiempo. La que está referenciada en un libro que contiene la palabra de Dios. Es la religión que no es necesario presentarla.

Pero hoy no es más mi religión. Luego de un proceso de varios años llegué a desprenderme de esas creencias aprendidas desde los primeros años. No fue un proceso fácil, llegó a ser en algunos pasajes una transición no exenta de cierto tipo de dolor y nostalgia. De alguna forma dejar de creer es tener que ponerse una máscara en lugar de otra: con los mayores, con parte de la sociedad, aún tienes que mantener los rituales de la iglesia. Pero en general nuestro tiempo ha sido generoso en darnos esa libertad de elección de religión o de creencia. Es evidente que no es una libertad completa, porque aún hay mucha intolerancia hacia la persona que piensa, siente o cree diferente. No obstante, esa libertad es suficiente para ejercer ese derecho a elegir. O esa condena a la libertad, como decía Sartre.

Todo empezó una noche de domingo. La misa de 7 de la noche era de una asistencia casi obligatoria, faltando solo cuando se estaba enfermo. No había excusa para no ir al templo, ningún argumento valía, ni el frío ni la lluvia. A esa misma hora en el canal 2 pasaban los Simpson, aquella serie que no es necesario explicar de qué se trata. En aquellos años no teníamos TV por cable (aún no la tengo, pero ahora porque no la quiero) y ver algo que valga la pena era solo en escasos espacios de la programación habitual. Así que dejar de ver aquel atrayente programa por ir aun lugar frío y poblado de extraños no era nada motivador. Más aún si en ese lugar había una no pactada jerarquía que entre más adelante en las bancas, o más cerca al altar, más gente bien eras. Jerarquía tácita sin sentido.

De ese conflicto entre entretenimiento y devoción forzada llegaron las primeras dudas. Por qué asistir a una misa si Dios está en todas partes, me preguntaba. Llegaron junto con esas primeras dudas los años de colegio. El colegio religioso mixto de mejor fama de la ciudad, al menos en esos días. Había una materia de religión por año. Ser profesor de religión era sin duda la mejor profesión del mundo. Bastaba con hablar de tu vida y dar ejemplo de cómo habías superado los momentos duros de tu existencia gracias a la bondad de Dios. Años después, cuando ya estaba en pregrado, cada vez que un profesor en lugar de dar la clase empezaba con sus historias de hazañas me preguntaba si su vocación no sería mejor ser profesor de religión. Algo muy semejante aconteció en la formación de primera comunión y confirmación. En ese caso, la orientadora hablaba cada sábado de su hija, de su hijo, de su perro y de cómo había sido beneficiaria de la gracia y el favor divino por los hijos que Dios le había dado. Lástima que en ese entonces era una criatura y no sabía cómo revelarme al fastidio de escuchar todo ese cuento. Ahora que con los años tengo el beneficio de la perspectiva, creo que esos profesores de religión tienen mucho que ver con mi incredulidad del día de hoy. 

Por esa misma época colegial empecé a escuchar rock pesado. Como los recuerdos se graban mejor cuando vienen de la mano de una emoción, tengo bien claro que cuando puse por primera vez un cassette de Kiss a reproducir sentí miedo. Temor del diablo. Me habían dicho en mi colegio que esa música es mala, que solo los vagos la escuchan. Tremenda coincidencia que el único rockero del colegio era un tipo de lo más dejado para los estudios. Por encima de todo, decían, esa música ofende a Dios. Así que terrible pecado era presionar el botón de play para que el altoparlante emitiera esas melodías del averno. Quizá podría haber abierto una puerta entre el reino de este mundo y el infierno. Fue una suerte que no sea de noche en aquella ocasión.

Lo más duro de ese momento fue sentir que me gustaba esa música. Kiss no es un grupo de rock tan tan pesado, es una flauta solitaria al lado de otros grupos heavys. Pero vaya culpa que sentí al  reconocer que me gustaba. Estaba pecando, o experimentando el gusto de portarme mal. Estuve atento los días siguientes a ver si no sentía una presencia extraña en la casa, algún ruido que delatara al demonio que había invocado. No pasó nada, salvo una pesadilla en la cual me veía desnudo de la cintura para abajo en la puerta de la iglesia. Más que susto, fue vergüenza lo que me despertó. Pero no pasó nada, ningún ser del otro mundo vino a castigar ese terrible pecado de escuchar rock. Tal parece, Diosito no se sintió ofendido.

Como una bola de nieve de esas que solo he visto en las caricaturas, una pequeña dosis de esa música fue haciendo más grande mi curiosidad y mi gusto por otras bandas de rock. En esa infancia analógica era complicado tener variedad. Si no fuera por la piratería tan común en este país dudo mucho que hubiera llegado a tener algo decente que escuchar. Los cassettes de cinta pirata no eran tan caros, pero en mi economía de aquellos años solo podía comprar máximo dos por mes. Estaba forzado a ser selectivo. Ya que estamos hablando de Dios, bien vale citar eso que dicen que Dios los crea y ellos se juntan. Si eres rockero adolescente, ten por seguro que en poco tiempo ya serás parte de un grupo de melenudos rockeros. De esa forma pude expandir el número de grupos y canciones del diablo que podía escuchar. Y disfrutar con alto volumen, sobre todo.

En esa aventura de descubrimiento llegó a mis manos el CD de Ángeles del Infierno. Era toda una tecnología un CD, no cualquiera tenía uno. Este disco cambió mi vida adolescente marcando un antes y un después. Cómo podría un tipo gritarle a Dios que es un maldito! Eso era blasfemia pura, se había ganado con méritos el infierno. La paila más grande y ardiente le esperaba. Terrible. El título del disco era aún más sacrílego. Se llamaba nada más y nada menos que Pacto con el diablo. Solo bastaba que se abra el suelo y me vaya yo también directo al averno. 

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