Corre Forrest corre: o de cómo descubrí la neurogénesis sin querer queriendo. Parte II.

Ya de regreso a Ecuador tuve la suerte de encontrar en casa una máquina orbitrek. Es de esas máquinas que te prometen dar un cuerpo de atleta cuando las presentan en TV. Subí en ella sin esa ilusión publicitaria y me pasé una hora arriba. No sentí lo mismo cuando terminé. Era muy diferente de cuando acababa las carreras alrededor de la Universidad en Brasil. Pero era algo, al menos valía más que no hacer ninguna actividad física. Me subí cada lunes, miércoles y viernes. Y así casi todos los meses.

Una de las dificultades fue encontrar un horario. Por las noches me sentí lleno de la más misteriosa pereza. Por más que me puse la meta, nunca lo conseguí. Nunca. Era un problema que debía solucionar a corto plazo. Pensando, llegué a la conclusión que las primeras horas de la mañana debían ser el horario para la rutina de ejercicios. Para eso, debía despertar más temprano. Cometí el error de creer que con solo colocar la alarma a una hora más temprana iría a levantarme alegremente y subirme al orbitrek. Error.

La primera vez no lo logré, pero sí conseguí  sentirme mal conmigo mismo. Al siguiente día fue casi igual, pero llegó a mí la idea semi genial de no modificar el horario en el que me despertaba de forma tan radical, sino en hacerlo poco a poco. Y funcionó. Cada día iba programando la alarma para que iniciara dos minutos antes y luego tres, hasta que luego de catorce días pude por fin levantarme más temprano y cumplir la rutina. (Que en realidad consistía en subirme al orbitrek por una hora, cabalgando al mismo ritmo todo ese tiempo.)

Un día, de forma casual, llegué a encontrar una app para mi smartphone que servía como alarma despertadora, cuya novedad era que para desactivar la alarma había que tomar una foto. La foto era de alguna parte de la casa que de antemano la habías guardado. Eso te obligaba a levantarte de la cama y mientras medio adormilado intentaba hallar el enfoque para que las fotos empaten ya te ibas despertando sin querer queriendo. Esa alarma cambió mi vida.

A partir de allí pude tener más tiempo en las mañanas para mi rutina. Con el tiempo, fui agregando más ejercicios como sentadillas, pesas, flexiones de pecho y abdominales. En total, llegué a hacer casi dos horas de ejercicios por la mañana. Es obvio que para llegar al trabajo a las siete debía levantarme temprano. Hoy por hoy salgo de la cama, gracias a la alarma que he comentado, a las cuatro con veinte de la madrugada. Obviamente debo ir a la cama temprano también. Me acuesto a las ocho de la noche y una media hora estoy leyendo en la kindle hasta que llega el sopor y luego el sueño (y luego las pesadillas o los sueños surrealistas). Dormir ocho horas al día es fundamental para que los ejercicios sean beneficiosos. Ayuda también a mejorar la memoria (cosa que he sentido en carne propia y puedo dar fe de eso). 

No fue sino hasta que un día di con un reportaje de la BBC cuando entendí el rol que juegan los ejercicios en poner a punto tus habilidades intelectuales. Como mi trabajo es ser profesor y también investigador, mi herramienta de trabajo es mi mente o lo que hay dentro de ella. Así que cuidar mi cerebro y tratar de afinarlo es tarea de todos los días. Fue una revelación saber que el mejor regalo para el cerebro es hacer ejercicio. Esto crea nuevas neuronas en el hipocampo, la parte del cerebro responsable en gran parte de la memoria, lo que hoy se llama neurogénesis. Cuando leí el reportaje entendí que esos cambios en mi atención y memoria que venía notando no eran casuales. Eran resultados de ese hábito que empezó aquel domingo primaveral en Brasil, en la pista de la laguna.

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