Corre Forrest corre: o de cómo descubrí la neurogénesis sin querer queriendo. Parte I.

Debió ser abril o mayo del 2011. Creo que fue por esas fechas porque aún en Campinas hacía calor. Fue un día domingo. Édgar había sugerido salir a correr ese día junto con otros amigos ecuatorianos. Recuerdo que fuimos con Gina y Diana. El lugar a donde fuimos ese domingo de sol fue una laguna bonita que estaba a 20 minutos a pie de donde vivía. Alrededor de ella había una pista de arena que estaba por sectores cubierta de árboles. La longitud de la pista era de 1,2 kilómetros. Había un bebedero, patos que se atravesaban y una balanza digital. Había también mucha gente ahí corriendo, saliendo de correr o por iniciar los calentamientos para entrar a la pista. 

Antes de salir ese día a correr en la pista de la laguna busqué entre la poca ropa que tenía la más apropiada para el ejercicio. Noté que apenas tenía una sola camisa que me había regalado mi hermano y un par de zapatos deportivos que compré donde unos chinos por $15. Una pantaloneta que me llegaba más abajo de las rodillas y cerca a los tobillos. Ese era mi equipo deportivo para el día que sería el primero en mi vida que fui a correr. Ahora que veo atrás pienso que en esos días nunca pensé en usar protector solar ni una gorra para protegerme del sol. En esos días eso no era prioridad. Habían muchas cosas que no utilizaba porque no sabía que las debía usar.

Luego del calentamiento de rigor salimos los cuatro casi al mismo tiempo. Corrimos más o menos uno al lado del otro por unos 100 metros, mas luego de eso Édgar mantuvo su ritmo y en poco tiempo estaba adelante de todos. Yo iba tercero y ya sintiendo que me faltaba el aire. Diana iba segunda y en pocos minutos ya la perdí de vista. Mirando atrás Gina ya no estaba a mi vista y pude ir bajando el ritmo del trote. Mi respiración era un vendaval acelerado y el sudor me mojaba los ojos. Bajé el ritmo no sin antes sentir vergüenza por mi estado físico. La mayor parte del trayecto de los tres kilómetros la hice caminando, siendo inclusive rebasado por Édgar una vez.

Esa fue la semilla. Desde ese domingo repetía en mi memoria ese día y sus eventos. Hasta que llegó luego el invierno y salir los domingos ya no era tan atractivo como en los días de sol. Fue pasando el tiempo y llegó la maratón que organiza cada año la Unicamp. Me inscribí junto con unos amigos más para el trayecto de 10 kilómetros. Diez es un número que se dice rápido pero que se corren de forma agobiante si no estás entrenado para resistir esa distancia. Y no era de sorprenderme cuando en varias partes del trayecto no me quedaba más que caminar porque ya no tenía energías. Pensé, al llegar a la meta luege casi una hora, que nunca podría mantener un ritmo constante en un trayecto así. Luego de la maratón no volví más a las pistas durante un año. 

No fue sino hasta el 2012 cuando una noche de miércoles salí a correr por la misma ruta de la maratón. Fue revelador. No me importó que la primera vez erré en la ruta y terminé llegando antes de lo esperado por un camino poblado de buses y estudiantes que salían de sus clases. Lo que en verdad me llena de entusiasmo ahora que lo recuerdo es que poco a poco, cada lunes, miércoles y viernes que salía a las 20:00 llegué a recorrer 6 kilómetros sin detenerme ni siquiera en las partes que tenían pendiente de subida. Fui constante por doce meses.

Poco ante de volver a Ecuador regresé, esta vez solo, los domingos a la pista de la laguna. La primera vez que fui con Édgar y las meninas di dos vueltas y la mayor parte del trayecto fue caminando. Esta vez fueron cuatro vueltas sin momento bajar el ritmo por ningún motivo. No fue fácil, había instantes en los que deseaba disminuir la velocidad, pero había algo que me impulsaba. Y ese algo eran los días de entrenamiento que constante recorrí cada lunes, miércoles y viernes alrededor de la Unicamp. El último domingo que corrí fue un día de agosto.

Pero en aquel entonces el motor de mis maratones era el simple placer de hacer ejercicio. No fue sino hasta volver a Ecuador cuando descubrí el beneficio del ejercicio para mejorar el rendimiento académico.

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