El sedentario que salió a correr

Era mayo de 2011. Busqué la ropa más apropiada para hacer ejercicio. Encontré una sola camisa, un par de viejos zapatos deportivos y una larga pantaloneta que llegaba más abajo de las rodillas.

Aquel domingo Campinas era un horno desbordado. Édgar había sugerido salir a correr junto con Gina y Diana. Difícil creer que esa mañana cambiaría parte de mi historia.

Llegamos a una laguna a veinte minutos a pie de donde vivíamos. Alrededor de ella había una pista de arena marrón de 1.2 kilómetros. Tenía un bebedero de agua helada, una balanza digital y violentos patos grises que se atravesaban por ahí.

Había mucha gente corriendo, saliendo de correr o por entrar a la pista. 

Luego del calentamiento salimos los cuatro al mismo tiempo. Corrimos uno al lado del otro cerca de cien metros. Édgar mantuvo su ritmo y en poco tiempo estaba adelante de todos. Yo iba tercero y ya sintiendo que me faltaba el aire.

Diana iba segunda y también la perdí de vista. Miré hacia atrás y Gina ya no aparecía. Bajé el ritmo. Mi respiración se aceleró y el sudor me bajaba hasta los ojos. Ardía.

Reduje más la velocidad. Sentía vergüenza por mi estado físico. Así de lamentable fue la primera vez que salí a correr. 

Pasó el tiempo y llegó la maratón de octubre en la Unicamp. Me inscribí en los diez kilómetros. Diez es un número que se dice rápido pero que se corren de forma agobiante y penosa.

En varias partes del trayecto caminé sin aliento. Ya tenía pocas energías. Pensé, al llegar a la meta después casi una hora, que nunca podría mantener un ritmo constante en una carrera así. Pero me equivocaba.


A finales del 2012 salí a correr por la misma ruta de la carrera de octubre. Y luego cada lunes, miércoles y viernes. Seis kilómetros sin parar ni siquiera en las pendientes de subida. 

Regresé, esta vez solo, los domingos a la pista de la laguna. La primera vez que fui con Édgar y las chicas avancé dos vueltas y la mayor parte del trayecto fue caminando. Esta vez fueron cuatro vueltas sin bajar el ritmo, a pesar de los patos violentos.

Fue difícil. Había instantes en los que deseaba disminuir la velocidad, pero tenía el ritmo del demonio gracias a los entrenamientos de los lunes, miércoles y viernes alrededor de la Unicamp.

El último día que corrí fue un domingo de agosto. Fue un domingo feliz.

En aquel entonces el motor de mis maratones era el simple placer de hacer ejercicio. No fue sino hasta volver a Ecuador cuando descubrí el beneficio del ejercicio para ese órgano que todos tenemos pero poco saben cómo cuidar: el cerebro.

**

Ya de regreso a Ecuador tuve la suerte de encontrar en casa una máquina orbitrek. Es de esos aparatos que te prometen un cuerpo atlético cuando los presentan en TV. Subí en ella sin esa ilusión y me pasé una hora arriba.

La sensación final era diferente de cuando acababa las carreras alrededor de la Universidad. No sentí lo mismo. Pero ya era algo, al menos valía más que no hacer ninguna actividad física. 

Marcar un horario fue un problema. Por las noches me daba pereza. Por más que me impuse la meta, nunca lo conseguí. Nunca.

Pensé que las primeras horas de la mañana debían ser el horario para la rutina de ejercicios. Tendría que despertar más temprano.

Cometí el error de creer que con solo colocar la alarma a una hora más temprana iría a levantarme alegremente y subirme al orbitrek. Error.

La primera vez no lo logré. Al siguiente día fue igual, pero surgió la práctica idea de no modificar el horario en el que me despertaba de forma tan radical, sino en hacerlo poco a poco.

Y funcionó. Cada día iba programando la alarma para que iniciara dos minutos antes. Luego de catorce días pude por fin levantarme más temprano y cumplir la rutina. 

Un día, por azar, encontré una app para mi celular que servía como alarma despertadora, cuya novedad era que para desactivarla tenía que tomar una foto.

La foto era de alguna parte de la casa que de antemano la había guardado. Eso me obligaba a levantarme de la cama y, mientras medio adormilado intentaba hallar el enfoque para que las fotos empaten, ya me iba despertando.

Esa alarma cambió mi vida.


A partir de allí pude tener más tiempo en las mañanas para mi rutina. Fui agregando más ejercicios como sentadillas, pesas, flexiones de pecho y abdominales.

Llegué a casi dos horas de ejercicios por la mañana. Es obvio que para entrar al trabajo a las siete debía levantarme temprano.

Hoy por hoy salgo de la cama, gracias a esa alarma, a las cuatro con veinte. Debo ir a la cama temprano también.

Dormir ocho horas al día es fundamental para que los ejercicios sean beneficiosos. Ayuda también a mejorar la memoria (cosa que he sentido en carne propia y puedo dar fe de eso). 

Un día encontré en la BBC un artículo sobre el ejercicio y la memoria. Y entendí el rol que juegan los ejercicios en poner a punto tus habilidades intelectuales.

Fue una revelación saber que el mejor regalo para el cerebro es hacer ejercicio.

Porque crea nuevas neuronas en el hipocampo, la parte del cerebro responsable en gran parte de la memoria (lo que hoy se llama neurogénesis).

Cuando leí el reportaje entendí que esos cambios en mi atención y memoria que venía notando no eran casuales. Eran resultados de ese hábito que empezó aquel domingo primaveral en Brasil, en la pista de la laguna.

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