La novia del viejo loco

Mi problema con los passwords es que a menudo se me borran de la memoria. A pesar de todo intento de crear claves seguras y fáciles de recordar siempre termino leyendo el mensaje de “error en su contraseña” en la pantalla del monitor. Muchas webs son amigables y dan la opción de recuperación. Unas respuestas a preguntas secretas, un correo de recuperación y listo. Tu clave está de regreso.

Pero en cuestiones de impuestos o servicios bancarios las seguridades son mayores. Es así que he tenido que ir en persona a rentas o al banco y mostrar mi identificación para solicitar otra renovación de la clave. El tiempo perdido en esos trámites es frustrante. Pero no hay más remedio que ir de cuerpo presente y lleno de paciencia.

En una de las obligadas asistencias a recuperar la clave de acceso se me cruzó en la calle un esquelético señor ya mayor. Me abordó justo en el momento cuando el semáforo cambiaba a verde. Parado junto a mí en la esquina, bajo un cegante sol, me contó su desengaño amoroso. Cada palabra me la dijo con marcada indignación por el fraude que resultó su nuevo amor.

- No sé dónde estará. No me llama. Debe estar en la finca Dios sabe con quién.

Miré en derredor para salir de la duda si me hablaba a mí o a alguien más. No había nadie cerca. Cuando me miró a los ojos supe que se comunicaba conmigo. Busqué con desesperación la luz del semáforo. Estaba aún en verde y una cadena de veloces carros no daba espacio para cruzar corriendo la estrecha calle. Me quité los audífonos en señal de buena educación para escuchar el resto de la desventurada historia. Pero el delgado anciano me clavó con vehemencia la mirada. Supe lo que significada. Esperaba una respuesta.

Lo primero que pensé en contestarle fue algo así como que la vida es incierta y el amor fugaz. Pero de mis labios salió una frase grosera que sentí inmediato arrepentimiento apenas la pronuncié.

- Todas las mujeres son putas - dije, mientras por fortuna el sonoro motor de un carro viejo atenuó la última palabra.

Al escucharme, los humedecidos ojos del veterano abuelo se abrieron como girasoles al sol.

- Dijo que iba a llamarme y hasta ahora nada. Debe estar con el amante en la finca - afirmó con una mueca de disgusto.

- ¿A qué hora quedó en llamarlo? - dije a manera de pregunta, fingiendo interés.

- A Loja me iba a llamar. ¿Ud cree que me llame?

Aún asombrado por la impertinente afirmación que dije al inicio, me quedé pensando en una respuesta mejor. Esta vez tenía que darme un poco de tiempo antes de abrir la boca. Por un instante tuve la intención de seguirle la corriente y decirle que sí, que de seguro anda de puta con otro. Pero no debía decir la palabra puta. No otra vez. Así que me decidí por decirle que mejor se busque otra. Y lo que dije fue…

- Tenga paciencia. Tal vez se quedó sin saldo. Pero seguro lo llama, créame.

Otra vez dije lo que no quería decir. O mejor dicho hablé sin pensar. De repente, el canoso abuelo se fue alejando calle arriba pero me seguía hablando con tono indignado. A cada metro que se alejaba alzaba más la voz. Por fin el maldito semáforo cambió de color y me apresuré a cruzar la calle. Doblando la esquina, aún podía escuchar sus lamentos mezclados con la música que vibraba por los audífonos.

Cuando era gordo y feliz

Mi ciudad fue diseñada sin espacios céntricos o periféricos para correr. Solo recientemente, por fortuna, han sido creados estos sitios deportivos. Pero en mi cándida niñez no existían.

Esa carencia, estoy seguro, debió ser una buena excusa para que haya evitado el ejercicio en mis desordenados años adolescentes. Ni yo ni muchos otros nos embarcamos en la rutina atlética. La mayoría salíamos a canchas de cemento para correr jadeantes tras un balón. Y eso a veces, en los fines de semana cuando no llovía y había quórum futbolístico.

Por eso, como fatal desenlace, mi cintura se rebeló ampliando sus dominios. Y aún persiste en hacerlo.

Gracias a mi demonio guardián conocí personas aficionadas al deporte del trote al filo de vereda. En un cierto año bisiesto (2012) empecé a correr por las noches. Llegaron en pocas semanas los cautivantes beneficios. Hasta que una tarde de navidad caí en cuenta que también debía mantener un pacto amigable con la dieta. Comer rico y en abundancia es un placer, pero no todo lo placentero es perfecto.

Antes de tomar en serio aquello de hacer ejercicio diario no tenía culpas ni remilgos con lo dulce, lo salado y lo graso en las comidas. Comía y comía sin parar hasta hartarme y terminar respirando con dificultad apoyado contra la pared o pesadamente acostado en la cama. Eso fue ingenuo. Además, el espejo que tuve en esos años fue un cómplice desalmado. Solo reflejaba de mi torso para arriba. Por eso ni idea ni sospecha de mi abdomen en pesada expansión. Uno se engorda tan despacio que ni se ve.

Sin embargo, una vez que agarré por los cuernos al hábito de hacer ejercicios regularmente, puse ojo atento al peso de mi limitado cuerpo. Una balanza siempre debe ir de la mano de una rutina de mancuernas y cardio. Es una buena manera de medir el resultado. O decepcionarse convincentemente de uno mismo.

Esa honesta balanza delata despiadadamente lo devorado con estrepitoso apetito el día anterior. Ese arroz relleno con su radiante amarillo, esa hamburguesa con papas y mayonesa o esa pizza con piña y jamón. Todo ese banquete es denunciado por la inexorable báscula digital. Así que, luego de revisar el menú, hay que pensárselo dos veces.

El cinturón también es incorruptible. Mejor no hablar de él.

Por toda esta nueva abstinencia, a menudo recuerdo con gastronómico delirio los días donde vivía libre de pesarme y comía sin culpa como náufrago rescatado de la deriva. Era una falsa ilusión pensar que comer más era comer mejor. Pero la vida también está tejida con ese hilo vicioso y autodestructivo de los espejismos.

Mas ya es sólo un fugaz recuerdo esos años cuando era gordo y feliz.

Las florecillas del mal (parte 1)

Es bastante extraño encontrarme por la calle con ex compañeros de la escuela. A los pocos que veo de vez en cuando noto que han cambiado mucho. Pocos mantienen sus facciones, porque la mayoría ha engordado generosamente. He olvidado sin culpa el nombre de la mayoría. Pero recuerdo uno con particular nostalgia porque siempre me invitaba todas las tardes a jugar fútbol o videojuegos. Vivía a dos minutos de distancia, a pocos pasos de mi casa. Para ir hacia la suya, me llamaba por teléfono sin falta a las cuatro de la tarde. Tanta fue la frecuencia de nuestras salidas a patear el balón y manipular mandos de nintendo que solo tenía que decirme “baja” y cortar la llamada para convocarme a las canchas o a la videoconsola.

La casa de mi futbolero amigo parecía una mansión de estrella de Hollywood. Era una residencia esquinera con un amplio patio frontal donde se paseaban sus ladradoras y peludas mascotas de pedigree. Él y cada uno de sus hermanos tenían una línea de teléfono privada y una holgada habitación llena de juguetes. En cada cuarto, conectado a un ancho televisor a color, había una consola de nintendo y super nintendo con tantos juegos que perdía la cuenta cuando quería saber el número exacto. La cocina era un palacio aparte. El olor que provenía de ella cuando preparaban la cena era brutalmente seductor. Estaba equipada con una nevera repleta de golosinas y frutas de todos los colores. Pero lo más bonito que había en esa casa era su hermana mayor. Ella también ha sido ampliada con el tiempo.

Apenas a dos calles de ese palacio estaban las canchas de fútbol y básquet. Formaban parte de un descuidado colegio público que siempre estaba abierto. Cerca del terreno de juego vivía una familia que custodiaba al área deportiva y las aulas del primer bloque. Era una joven pareja de porteros del colegio y sus dos hijos menores. Junto con ellos, moraba una manada de perros tan salvajes como fieras mitológicas. La mayor parte del tiempo esos famélicos canes estaban vilmente amarrados con gruesas cadenas. Pero algunas veces los dejaban libres. Cuando sucedía eso, era imposible jugar en la cancha. No quedaba más remedio que volver a la mansión para rescatar a la princesa del malvado y espinoso Koopa.

Pero una tarde todo cambió. Recuerdo bien el último día que jugamos juntos en ese colegio. Era el viernes de la primera semana de vacaciones, con el mejor sol que se pudiera imaginar. Competíamos en pequeños equipos para anotar en la portería contraria. Estaba en racha y había convertido tres majestuosos goles. Cuando llegó mi turno de asistir a la portería estaba igual de portentoso. Tan fenomenal me sentía que rechazaba los tiros al arco solo con patadas directas a la cancha rival. Hasta que un desafortunado remate con la zurda mandó el balón dentro de la casa de los cuidadores. Sonó un ruido de cosas cayendo al piso. Al instante todos salimos corriendo en estampida fuera de la cancha y fuera del colegio.

Pasado el susto y recuperado el aliento, fui invitado (obligado) a volver para recuperar el abandonado balón. No encontré forma de negarme y puse en marcha angustiados pasos de regreso a la escena del estrafalario accidente deportivo. Escuchaba el latir de mi corazón mezclado con los sonoros ladridos de los perros amarrados. Desde unos veinte metros alcancé a ver la pelota en un costado del arco. Me sentí emocionado como la ardilla de la era del hielo cuando encuentra a su alcance la escurridiza nuez. Ya que no había señales de los dueños de casa ni perros sueltos, me acerqué discretamente con una sonrisa pícara y suspirando de alivio. Mientras me iba aproximando, empecé a notar algo raro en la forma del balón que me llenó de intriga. Descubrí el misterio cuando tomé con mis manos lo que fui a buscar. Alguien lo había desinflado a quemarropa.

Regresé con lo que restaba del apuñalado esférico. Al acercarme percibí las múltiples miradas de reproche. La otrora amable tribu de amigos se iba en seguida iracunda rumbo a su casa. Me quedé parado sin saber qué hacer. Fui a una esquina donde había una banca de piedra y me quedé el resto de la tarde, con la mirada fija en el piso, lamentando todo lo que pasó. Por usar el pie izquierdo el balón se fue así de desviado, me dije. Si hubiera tomado la pelota con las manos no hubiera pasado eso, me reproché. Con un desacertado puntapié perdí a mi grupo de puntuales amigos. Adiós Mario Bros, peloteo, comida suculenta y fisgoneo a la hermana adolescente.

Durante los días siguientes quería encontrar una forma de cambiar el pasado. Si el balón no hubiera sido dañado de esa manera aún tendría la amistad del grupo. Pero me tranquilicé pensando que las llamadas para salir a las cuatro de la tarde continuarían. Me equivoqué. El teléfono enmudeció para siempre. Había perdido por una infortunada patada las salidas a jugar por las tardes. Sin embargo, a los pocos días, todo ese pesar y arrepentimiento se transformó en deseos de desquite. Los que destruyeron con puñal en mano el balón de la amistad debían ser juzgados. Mi inconsciente había puesto en marcha un plan de infantil venganza.

El problema con la lectura

¿No les ha pasado que al ver una película por segunda vez agarran más detalles de la trama?

La misma percepción me sucede con los libros. Leídos varias veces, he descubierto ideas interesantes que me sorprendo de haberlas dejado escapar la primera vez. Claro, los libros que se leen de nuevo son los que interesan por su contenido y forma. O los que estamos obligados a leer.

Clasifico la tarea de leer en dos clases. La primera es la lectura de textos técnicos. Es decir, aquellos que tienen que ver con la profesión. O si eres estudiante, con la carrera que debes culminar. 

Habrá en el camino de este tipo de lectura oscuras ecuaciones, detalladas gráficas, tablas y teoremas. Por ser lecturas que todo el tiempo hacen referencia a ideas previas es preferible tener el libro impreso. Así es mucho más sencillo explorar su contenido.

Cuando leo un libro técnico tengo a la mano siempre lápiz y papel. O mejor dicho una pluma de punta suave. Cuando tomar nota es tarea cotidiana, la calidad de la tinta importa mucho. Quizá sea vanidad, pero es así.

Además, siempre que tomo nota, retengo con mayor facilidad.

Cuando tengo un texto técnico en mis manos estoy seguro que tendré que leerlo una y otra vez. La primera lectura me deja la sensación de estar completamente extraviado. Pero ahora entiendo que eso le pasa a todos y me pasará siempre. Es un alivio saber que es un paso inevitable. Es el peaje que se paga para mantenerse en la ruta hacia la comprensión los conceptos. 

Más allá de la misma lectura de ese tipo de texto, para mi caso particular, el significado de las ideas y conceptos proviene de la resolución de ejercicios y problemas propuestos. Así como una imagen vale más que mil palabras, una ecuación bien entendida y aplicada vale decenas de confusos párrafos. Ellas hablan fuerte y claro por sí mismas.

Una buena idea, cuando se lee estos libros matemáticos, es leer varios textos relacionados con el tema estudiado. Cuando una misma cosa se explica de diferente forma, es mucho más fácil entender el concepto. 

El segundo tipo de lectura es aquella relacionada con cuestiones literarias o de entretenimiento. Una novela, un cuento, un poema. Podría añadir también ciertos ensayos filosóficos y algunos libros de divulgación científica.

Puedo leer una novela sin tener que volver mucho a páginas anteriores. En algunas de ellas, he resuelto las dudas con el contexto de las escenas ulteriores. En otras he tenido que leer dos veces el texto para engancharme al detalle que se me pasó por alto. Retroceder sí, rendirse jamás.

Pero pocas veces he leído una novela más de dos veces. Sobre todo las policiacas, cuando el motivo de leer y leer fue llegar hasta el gran final. Y descubrir el apremiante misterio. En cambio, novelas como "El jardín de las dudas” las he disfrutado más de una vez con inusitado deleite. 

En la kindle, donde suelo leer la mayoría de novelas ahora, uso la opción de tomado de nota a través del sencillo deslizamiento de mi dedo por la pantalla. Compartir la idea resaltada en alguna red social es igual de fácil. Llevarlas a Evernote también.

Porque algo igual de importante que leer un libro, para ser aprovechado al máximo, es disponer de notas ordenadas y accesibles. He dicho ya varias veces que escribir agudiza la memoria. Y escribir en cuadernos de notas genera doble beneficio.

El primero, lo repito, anotar ayuda a recordar. El segundo, la información relevante es accesible. Y entre más accesible, mayor beneficio de lo leído.

En esta clase de lectura entran muchísimos títulos. La variedad en literatura es enorme y hay que agradecer que sea así. 

Borges decía que leer es una forma de felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz. Por tanto, siguiendo el consejo de Prof. Pierluigi Piazzi, si un libro está aburrido no es mala idea dejarlo. Tal vez al principio exista la amarga sensación de estar cediendo a la pereza, pero quizá también estemos dejando pasar el tiempo para leer una novela o un cuento que realmente nos seduzca.

Ese abandono de un libro por parecerme tedioso lo he tenido con clásicos de la literatura. Hasta con best-sellers. En cambio, con títulos que han sido poco conocidos, he disfrutado muchísimo.

Por eso, si el libro está aburrido, lo cierras y abres otro. Haces eso hasta encontrar el libro que ha sido escrito para ti. Porque de los millones de libros que han sido publicados, uno de ellos fue hecho para que lo leas tú.

Lo inmediato

Resistir la tentación ayuda a sacar reveladoras conclusiones de uno mismo.

He usado por once años un teléfono celular. El primero que recibí como regalo fue un famoso nokia 1100. Limitada la comunicación al saldo disponible, este simpático dispositivo abrió el apetito de mi hambrienta conectividad.

Jugando con su configuración, solía variar los tonos de aviso del sms. Si esperaba un mensaje con urgente expectativa, el sonido de alerta debía durar más allá de un lacónico beep beep.

Mi segundo celular venía con una configuración especial. El tono del sms se repetía hasta que el mensaje era atentamente leído. Si no, sonaba una y otra vez. Esta característica era utilísima. La amaba.

El primer teléfono inteligente lo tuve en el 2011. Se llamaba smart porque traía una característica ya infaltable para todo celular de hoy: la conexión al wi-fi.

A partir de allí las notificaciones no hicieron sino crecer y crecer como la espuma de una cerveza servida con prisa. 

Ahora, además del infaltable wi-fi, el dispositivo celular da la chance de usar servicios económicos de mensajería instantánea. 

Como todo el mundo, atendía con urgencia cada llamado sonoro de mi celular. Hasta en frente de otras personas con las que charlaba. Parecía seguir una rutina comúnmente aceptada. Si todos lo hacen, todo está ok.

Hasta que un día, justo al levantarme del sillón para ir a por el celular, decidí ignorar el tono de aviso. De regreso al asiento, me sentí como un hambriento caníbal en un banquete con veganos. La tentación era suprema.

Sabía por qué me sentía así. Cada vez que arriba un mensaje, el cerebro cree que son buenas noticias. Por eso corre veloz a responder al remitente.

Y al final, sentado en mi sillón que da a la ventana, decidí no levantarme. Salvo sonara otra notificación. Podría ser una emergencia. Sonó. Vamos a ver quién escribe.

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Desde los primeros años de la infancia escuché explicaciones y advertencias sobre el demonio y sus tentaciones. Pero no tengo memoria de cuando empecé a tenerle miedo y respeto a él y a su clan.

El Rey de las Tinieblas tiene su séquito de acólitos. Esos soldados del mal son los omnipresentes demonios. Se los describe amenazantes en varios versículos de la Biblia. Sirven como mensajeros y ejecutores del torcido propósito del maligno.

La religión católica ha sido experta en crear enemigos espeluznantes y describirlos detalladamente a todo el mundo. Sobre todo a los neófitos niños  aprendices de rezos y liturgias. Pero no siempre fue así.

En tiempos antiguos no existía la imagen de un demonio al acecho. Los dioses de mi tribu eran los dioses buenos y los dioses de la tribu enemiga eran, por supuesto, los malos. Pero la Iglesia, en un destello de genialidad, creó un ser opuesto a su todopoderoso y único Señor.

Pero ese miedo al diablo y respeto al dogma vive hasta cuando chocas con ciertos libros. Leer a Savater, Schopenhauer y Sade: o te hace más devoto o te convierte en un incrédulo bípedo a tiempo completo. Blasfemo y hereje, ciertas veces.

Entre la creencia encarnizada de un Dios protector-castigador y el desprendimiento del dogma de la fe hay un frenético proceso en zig zag. Lleva tiempo alejarse de los temores prometidos por la Iglesia.

Pasan los años y el miedo al infierno eterno desaparece. El único averno que merece temor es la convivencia con los fantasmas de la incertidumbre. Aquellos que se hospedan en nuestra cabeza, especulando fatales predicciones a tiempo completo. Esos son los demonios reales. Y el infierno, esta Tierra de ambiguas expectativas.

El niño de alquitrán

Cerca de mi casa había un colorido parque. A lado de ese parque estaba una parada de buses viejos.

Parte del asfalto de esa estación de transporte estaba inundada de charcos de aceite negro. También había, regados por el piso, diminutos pedazos de cristal de botellas quebradas.

En un rincón de un escalón de las gradas que llevaban a ese lugar, un niño más pequeño que yo jugaba con las colillas de tabaco. Cuando se marchaba con las manos manchadas de alquitrán, las dejaba ordenadas como en una fila, a veces como una espiral y otras como una torcida pirámide.

Ese chico era el hijo de un chofer de esos buses. Y ese conductor fumaba un cigarrillo tras otro aspirando con vehemencia hasta la última hojilla de tabaco.

Cuando el niño se iba, dejaba su obra camuflada con hojas de eucalipto. A veces, cuando yo pasaba cerca de su creación, mi infantil malicia me impulsaba a desordenar esas pirámides de colillas. Lo hacía mirando a ambos lados, para asegurarme que nadie me vaya a ver.

Un día el niño de alquitrán y su padre ya no volvieron más. Su ordenado castillo de restos de tabaco se fue esparciendo con el viento hasta que desapareció. Pasaron dos meses y la estación de buses se mudó algunas calles más abajo.

El aceitoso asfalto negro recobró su color gris original. Los diminutos vidrios desaparecieron como lo hacen las estrellas al amanecer.