El gimnasio de cristal

El músculo es obediente cuando entrena día tras día. En el primer adiestramiento soporta estoicamente un fatigante esfuerzo. A la mañana siguiente el ligamento se siente adolorido, inflexible, resentido. Con un poco de estiramiento cesa levemente de emitir esa queja constante que surge con cada movimiento. La siguiente vez que se cita con la mancuerna trabaja a medio ritmo, más lento y hace pocas y desgarradoras repeticiones. Sin embargo, con algo de tiempo, persistencia y paciencia empieza a resistir más peso y más series. Va tomando forma y volumen. La recompensa se refleja en el espejo.

En casa, en un espacio de menos de nueve metros cuadrados, trabajé largos meses con un peso de quince libras por brazo. Sin embargo, las primeras mancuernas que compré eran de tres kilos. Las llevé a casa en una funda plástica que estuvo cerca de romperse. Me daba la impresión de que era un peso descomunal, de manejo cuidadoso si no quería sufrir una lesión.

Los levantamientos iniciales llegaron hasta quince en la serie de arranque. La segunda también, pero las dos restantes fueron penosamente menores. Luego de varios meses de jadeantes rutinas matutinas, fui aumentando el peso. Semana tras semana, se me hizo fácil levantar mancuernas con repeticiones en aumento. El músculo respondía generosamente.

Estaba casi todo bien, viendo y sintiendo el beneficio de levantar una y otra vez el disco de metal. Hasta que, por una fortuita promoción de dos por uno, terminé emigrando por las noches de mi gimnasio casero a uno público. Regresaba a un lugar así luego de más de doce años. Pocas cosas habían cambiado. Lo noté desde el primer día.  Y la perspectiva del entrenamiento mudó por completo.

Como llevaba tiempo entrenando en casa no predije un gran cambio asistiendo de nuevo al gimnasio. Tomaría un peso ligeramente mayor, haría las máquinas que quisiera y luego me marcharía a casa. Pero apenas se abrió la puerta del ascensor supe que quizá mis pronósticos no serían del todo acertados.

El bam bum bam de la música pop invadió la atmósfera cuando el elevador arribó al quinto piso. El gimnasio parecía una jaula de vidrio que encerraba a hombres y mujeres de rostros compungidos y sudorosos. Los muros de cristal permitían ver máquinas de acero, grandes espejos, negras mancuernas y esteras por el piso. Ataviados con ropas deportivas, varias personas repetían rutinas de levantamiento de pesas y fatigantes aeróbicos.

Hacia un rincón, un amplio e iluminado espacio estaba lleno de corredoras y bicicletas estáticas. Era la zona cardio. En aquel sector iniciaba y terminaba todo entrenamiento vespertino.

La máquina corredora tenía un montón de botones, pantallas y leds rojos y azules. Mirando aquella consola de controles, me preguntaba por dónde empezar. Al poco rato me aventuré a presionar el parpadeante botón de start. Una luz roja indicó un conteo regresivo. Tres, dos, uno. La banda de caucho debajo de mis pies empezó a moverse lentamente.

En un par de minutos sentí que el ritmo de caminata era muy pausado. Necesitaba subirlo. Supuse que el botón la con flecha hacia arriba sería el que aumentaría la velocidad. Lo presioné con un poco de temor imaginando que saldría disparado de la máquina. Un beep acompañó el ligero aumento de velocidad. A los pocos minutos la pantalla indicaba una rapidez de doce kilómetros por hora.

Pasados los seis minutos, el sudor que bajaba por mi frente amenazaba con entrar en mis ojos. El esfuerzo estaba abriendo mis poros y acelerando mi respiración.

Luego de diez minutos bajé de la máquina. Mientras jadeante tomaba aire, busqué el siguiente aparato de ejercicios. Estaba ocupado. Miré hacia el próximo y también estaba siendo utilizado. No tuve más remedio que ir por un par de mancuernas y cambiar de rutina. Vi que estaban etiquetadas con libras, no con kilos, que era la medida que manejaba mejor para orientarme en el peso a levantar. Sabía que debía apenas dividir para dos el número de libras y tendría un valor aproximado en kilos. Esa deducción me hizo sentir un Srinivasa Ramanujan.

Tomé una de diez libras y la usé impecablemente hasta que vi a una esbelta chica trabajando con un peso igual. Movido por mi ego masculino, fui discretamente a por otra más pesada. De la mancuerna de diez libras subí a la de quince. Pero aún no me sentía mejor conmigo mismo. Mi orgullo había sido herido.

A partir de esa inocente comparación espié con disimulada atención el peso que levantaba el resto de individuos. Asombrado, vi delgados brazos levantar más peso que yo. No lo podía creer. Tenía que hacer algo para remediar esa penosa situación.

Cuando regresé a mi casa fui directo al cuarto de pesas. Abrí la maleta de plástico donde estaban los discos de 1,25 kilos y 2,5 kilos. Metí un par en cada mancuerna. Levante el peso y estaba jodidamente difícil. Al primer intento llegué hasta siete agónicas repeticiones. Hacía cuarenta con el peso anterior. Debía empezar a ser paciente, contar hasta diez, resignarme y respirar profundo.

Con el pasar de los días descubrí que unos pesistas levantaban mucho más que yo. Otros, casi lo mismo. Y el resto, menos. Siendo ingeniero, supuse que si contaba las repeticiones y el peso levantado de todos los demás seguramente yo estaría en toda la media de la distribución gaussiana, no en una de sus colas. Eso me tranquilizó y me dio un renovado impulso para continuar sin pensar en incómodas comparaciones.

Pero no todas las comparaciones resultaron negativas. Subido en la máquina corredora, echando un ojo a la velocidad del vecino, puse la rapidez de mi aparato en un valor igual o sutilmente superior. Avancé con ese ritmo con algo de problema al inicio, pero finalmente mantuve el paso. Quizá si no hubiera visto al otro hacerlo a esa velocidad, aún estaría corriendo con mi ritmo de siempre. Ver que otro pueda y lo logre a veces me impulsa a intentarlo y ver que pasa. Experimentando nuevo peso, siempre y cuando, claro está, no haya nadie cerca mirando. Pero siempre hay alguien mirando.

A lo largo de las semanas no fue difícil notar ciertas personalidades en esa jaula de cristal. Un grupo hace un minuto de máquinas y cinco de whatsapp. Otros se miran compulsivamente al espejo mientras levantan los brazos en forma de cruz y contraen los escuálidos músculos. Otros, en cambio, se adueñan abusivamente de las máquinas caminadoras y no las sueltan sino hasta luego de una hora. Por ahí también, faltaba más, están los que dejan las mancuernas en cualquier lado menos en su lugar. Y el infaltable, aquel que, mientras levanta el peso, grita como si le entrara una mancuerna en el…

He perdido de vista mis primeras pesas de tres kilos. Tal vez debería buscarlas y guardarlas en un lugar especial como recuerdo del primer paso del camino que llevo recorrido por más de dos años. 

La novia del viejo loco

Mi problema con los passwords es que a menudo se me borran de la memoria. A pesar de todo intento de crear claves seguras y fáciles de recordar siempre termino leyendo el mensaje de “error en su contraseña” en la pantalla del monitor. Muchas webs son amigables y dan la opción de recuperación. Unas respuestas a preguntas secretas, un correo de recuperación y listo. Tu clave está de regreso.

Pero en cuestiones de impuestos o servicios bancarios las seguridades son mayores. Es así que he tenido que asistir en persona a rentas o al banco y mostrar mi identificación para solicitar otra renovación de la clave. El tiempo perdido en esos trámites es frustrante. Pero no hay más remedio que ir de cuerpo presente y lleno de paciencia.

En una de las obligadas asistencias a recuperar la clave de acceso se me cruzó en la calle un esquelético señor ya mayor. Me abordó justo en el momento cuando el semáforo cambiaba a verde. Parado junto a mí en la esquina, bajo un cegante sol, me contó su desengaño amoroso. Cada palabra me la dijo con marcada indignación por el fraude que resultó su nuevo amor.

- No sé dónde estará. No me llama. Debe estar en la finca Dios sabe con quién.

Miré en derredor para salir de la duda si me hablaba a mí o a alguien más. No había nadie cerca. Cuando me miró a los ojos supe que se comunicaba conmigo. Busqué con desesperación la luz del semáforo. Estaba aún en verde y una cadena de veloces carros no daba espacio para cruzar corriendo la estrecha calle. Me quité los audífonos en señal de buena educación para escuchar el resto de la desventurada historia. Pero el delgado anciano me clavó con vehemencia la mirada. Supe lo que significada. Esperaba una respuesta.

Lo primero que pensé en contestarle fue algo así como que la vida es incierta y el amor fugaz. Pero de mis labios salió una frase grosera que sentí inmediato arrepentimiento apenas la pronuncié.

- Todas las mujeres son putas - dije, mientras por fortuna el sonoro motor de un carro viejo atenuó la última palabra.

Al escucharme, los humedecidos ojos del veterano abuelo se abrieron como girasoles al sol.

- Dijo que iba a llamarme y hasta ahora nada. Debe estar con el amante en la finca - afirmó con una mueca de disgusto.

- ¿A qué hora quedó en llamarlo? - dije a manera de pregunta, fingiendo interés.

- A Loja me iba a llamar. ¿Ud cree que me llame?

Aún asombrado por la impertinente afirmación que dije al inicio, me quedé pensando en una respuesta mejor. Esta vez tenía que darme un poco de tiempo antes de abrir la boca. Por un instante tuve la intención de seguirle la corriente y decirle que sí, que de seguro anda de puta con otro. Pero no debía decir la palabra puta. No otra vez. Así que me decidí por decirle que mejor se busque otra. Y lo que dije fue…

- Tenga paciencia. Tal vez se quedó sin saldo. Pero seguro lo llama, créame.

Otra vez dije lo que no quería decir. O mejor dicho hablé sin pensar. De repente, el canoso abuelo se fue alejando calle arriba pero me seguía hablando con tono indignado. A cada metro que se alejaba alzaba más la voz. Por fin el maldito semáforo cambió de color y me apresuré a cruzar la calle. Doblando la esquina, aún podía escuchar sus lamentos mezclados con la música que vibraba por los audífonos.

Cuando era gordo y feliz

Mi ciudad fue diseñada sin espacios céntricos o periféricos para correr. Solo recientemente, por fortuna, han sido creados estos sitios deportivos. Pero en mi cándida niñez no existían.

Esa carencia, estoy seguro, debió ser una buena excusa para que haya evitado el ejercicio en mis desordenados años adolescentes. Ni yo ni muchos otros nos embarcamos en la rutina atlética. La mayoría salíamos a canchas de cemento para correr jadeantes tras un balón. Y eso a veces, en los fines de semana cuando no llovía y había quórum futbolístico.

Por eso, como fatal desenlace, mi cintura se rebeló ampliando sus dominios. Y aún persiste en hacerlo.

Gracias a mi demonio guardián conocí personas aficionadas al deporte del trote al filo de vereda. En un cierto año bisiesto (2012) empecé a correr por las noches. Llegaron en pocas semanas los cautivantes beneficios. Hasta que una tarde de navidad caí en cuenta que también debía mantener un pacto amigable con la dieta. Comer rico y en abundancia es un placer, pero no todo lo placentero es perfecto.

Antes de tomar en serio aquello de hacer ejercicio diario no tenía culpas ni remilgos con lo dulce, lo salado y lo graso en las comidas. Comía y comía sin parar hasta hartarme y terminar respirando con dificultad apoyado contra la pared o pesadamente acostado en la cama. Eso fue ingenuo. Además, el espejo que tuve en esos años fue un cómplice desalmado. Solo reflejaba de mi torso para arriba. Por eso ni idea ni sospecha de mi abdomen en pesada expansión. Uno se engorda tan despacio que ni se ve.

Sin embargo, una vez que agarré por los cuernos al hábito de hacer ejercicios regularmente, puse ojo atento al peso de mi limitado cuerpo. Una balanza siempre debe ir de la mano de una rutina de mancuernas y cardio. Es una buena manera de medir el resultado. O decepcionarse convincentemente de uno mismo.

Esa honesta balanza delata despiadadamente lo devorado con estrepitoso apetito el día anterior. Ese arroz relleno con su radiante amarillo, esa hamburguesa con papas y mayonesa o esa pizza con piña y jamón. Todo ese banquete es denunciado por la inexorable báscula digital. Así que, luego de revisar el menú, hay que pensárselo dos veces.

El cinturón también es incorruptible. Mejor no hablar de él.

Por toda esta nueva abstinencia, a menudo recuerdo con gastronómico delirio los días donde vivía libre de pesarme y comía sin culpa como náufrago rescatado de la deriva. Era una falsa ilusión pensar que comer más era comer mejor. Pero la vida también está tejida con ese hilo vicioso y autodestructivo de los espejismos.

Mas ya es sólo un fugaz recuerdo esos años cuando era gordo y feliz.

Las florecillas del mal (parte 1)

Es bastante extraño encontrarme por la calle con ex compañeros de la escuela. A los pocos que veo de vez en cuando noto que han cambiado mucho. Pocos mantienen sus facciones, porque la mayoría ha engordado generosamente. He olvidado sin culpa el nombre de la mayoría. Pero recuerdo uno con particular nostalgia porque siempre me invitaba todas las tardes a jugar fútbol o videojuegos. Vivía a dos minutos de distancia, a pocos pasos de mi casa. Para ir hacia la suya, me llamaba por teléfono sin falta a las cuatro de la tarde. Tanta fue la frecuencia de nuestras salidas a patear el balón y manipular mandos de nintendo que solo tenía que decirme “baja” y cortar la llamada para convocarme a las canchas o a la videoconsola.

La casa de mi futbolero amigo parecía una mansión de estrella de Hollywood. Era una residencia esquinera con un amplio patio frontal donde se paseaban sus ladradoras y peludas mascotas de pedigree. Él y cada uno de sus hermanos tenían una línea de teléfono privada y una holgada habitación llena de juguetes. En cada cuarto, conectado a un ancho televisor a color, había una consola de nintendo y super nintendo con tantos juegos que perdía la cuenta cuando quería saber el número exacto. La cocina era un palacio aparte. El olor que provenía de ella cuando preparaban la cena era brutalmente seductor. Estaba equipada con una nevera repleta de golosinas y frutas de todos los colores. Pero lo más bonito que había en esa casa era su hermana mayor. Ella también ha sido ampliada con el tiempo.

Apenas a dos calles de ese palacio estaban las canchas de fútbol y básquet. Formaban parte de un descuidado colegio público que siempre estaba abierto. Cerca del terreno de juego vivía una familia que custodiaba al área deportiva y las aulas del primer bloque. Era una joven pareja de porteros del colegio y sus dos hijos menores. Junto con ellos, moraba una manada de perros tan salvajes como fieras mitológicas. La mayor parte del tiempo esos famélicos canes estaban vilmente amarrados con gruesas cadenas. Pero algunas veces los dejaban libres. Cuando sucedía eso, era imposible jugar en la cancha. No quedaba más remedio que volver a la mansión para rescatar a la princesa del malvado y espinoso Koopa.

Pero una tarde todo cambió. Recuerdo bien el último día que jugamos juntos en ese colegio. Era el viernes de la primera semana de vacaciones, con el mejor sol que se pudiera imaginar. Competíamos en pequeños equipos para anotar en la portería contraria. Estaba en racha y había convertido tres majestuosos goles. Cuando llegó mi turno de asistir a la portería estaba igual de portentoso. Tan fenomenal me sentía que rechazaba los tiros al arco solo con patadas directas a la cancha rival. Hasta que un desafortunado remate con la zurda mandó el balón dentro de la casa de los cuidadores. Sonó un ruido de cosas cayendo al piso. Al instante todos salimos corriendo en estampida fuera de la cancha y fuera del colegio.

Pasado el susto y recuperado el aliento, fui invitado (obligado) a volver para recuperar el abandonado balón. No encontré forma de negarme y puse en marcha angustiados pasos de regreso a la escena del estrafalario accidente deportivo. Escuchaba el latir de mi corazón mezclado con los sonoros ladridos de los perros amarrados. Desde unos veinte metros alcancé a ver la pelota en un costado del arco. Me sentí emocionado como la ardilla de la era del hielo cuando encuentra a su alcance la escurridiza nuez. Ya que no había señales de los dueños de casa ni perros sueltos, me acerqué discretamente con una sonrisa pícara y suspirando de alivio. Mientras me iba aproximando, empecé a notar algo raro en la forma del balón que me llenó de intriga. Descubrí el misterio cuando tomé con mis manos lo que fui a buscar. Alguien lo había desinflado a quemarropa.

Regresé con lo que restaba del apuñalado esférico. Al acercarme percibí las múltiples miradas de reproche. La otrora amable tribu de amigos se iba en seguida iracunda rumbo a su casa. Me quedé parado sin saber qué hacer. Fui a una esquina donde había una banca de piedra y me quedé el resto de la tarde, con la mirada fija en el piso, lamentando todo lo que pasó. Por usar el pie izquierdo el balón se fue así de desviado, me dije. Si hubiera tomado la pelota con las manos no hubiera pasado eso, me reproché. Con un desacertado puntapié perdí a mi grupo de puntuales amigos. Adiós Mario Bros, peloteo, comida suculenta y fisgoneo a la hermana adolescente.

Durante los días siguientes quería encontrar una forma de cambiar el pasado. Si el balón no hubiera sido dañado de esa manera aún tendría la amistad del grupo. Pero me tranquilicé pensando que las llamadas para salir a las cuatro de la tarde continuarían. Me equivoqué. El teléfono enmudeció para siempre. Había perdido por una infortunada patada las salidas a jugar por las tardes. Sin embargo, a los pocos días, todo ese pesar y arrepentimiento se transformó en deseos de desquite. Los que destruyeron con puñal en mano el balón de la amistad debían ser juzgados. Mi inconsciente había puesto en marcha un plan de infantil venganza.

El problema con la lectura

¿No les ha pasado que al ver una película por segunda vez agarran más detalles de la trama?

La misma percepción me sucede con los libros. Leídos varias veces, he descubierto ideas interesantes que me sorprendo de haberlas dejado escapar la primera vez. Claro, los libros que se leen de nuevo son los que interesan por su contenido y forma. O los que estamos obligados a leer.

Clasifico la tarea de leer en dos clases. La primera es la lectura de textos técnicos. Es decir, aquellos que tienen que ver con la profesión. O si eres estudiante, con la carrera que debes culminar. 

Habrá en el camino de este tipo de lectura oscuras ecuaciones, detalladas gráficas, tablas y teoremas. Por ser lecturas que todo el tiempo hacen referencia a ideas previas es preferible tener el libro impreso. Así es mucho más sencillo explorar su contenido.

Cuando leo un libro técnico tengo a la mano siempre lápiz y papel. O mejor dicho una pluma de punta suave. Cuando tomar nota es tarea cotidiana, la calidad de la tinta importa mucho. Quizá sea vanidad, pero es así.

Además, siempre que tomo nota, retengo con mayor facilidad.

Cuando tengo un texto técnico en mis manos estoy seguro que tendré que leerlo una y otra vez. La primera lectura me deja la sensación de estar completamente extraviado. Pero ahora entiendo que eso le pasa a todos y me pasará siempre. Es un alivio saber que es un paso inevitable. Es el peaje que se paga para mantenerse en la ruta hacia la comprensión los conceptos. 

Más allá de la misma lectura de ese tipo de texto, para mi caso particular, el significado de las ideas y conceptos proviene de la resolución de ejercicios y problemas propuestos. Así como una imagen vale más que mil palabras, una ecuación bien entendida y aplicada vale decenas de confusos párrafos. Ellas hablan fuerte y claro por sí mismas.

Una buena idea, cuando se lee estos libros matemáticos, es leer varios textos relacionados con el tema estudiado. Cuando una misma cosa se explica de diferente forma, es mucho más fácil entender el concepto. 

El segundo tipo de lectura es aquella relacionada con cuestiones literarias o de entretenimiento. Una novela, un cuento, un poema. Podría añadir también ciertos ensayos filosóficos y algunos libros de divulgación científica.

Puedo leer una novela sin tener que volver mucho a páginas anteriores. En algunas de ellas, he resuelto las dudas con el contexto de las escenas ulteriores. En otras he tenido que leer dos veces el texto para engancharme al detalle que se me pasó por alto. Retroceder sí, rendirse jamás.

Pero pocas veces he leído una novela más de dos veces. Sobre todo las policiacas, cuando el motivo de leer y leer fue llegar hasta el gran final. Y descubrir el apremiante misterio. En cambio, novelas como "El jardín de las dudas” las he disfrutado más de una vez con inusitado deleite. 

En la kindle, donde suelo leer la mayoría de novelas ahora, uso la opción de tomado de nota a través del sencillo deslizamiento de mi dedo por la pantalla. Compartir la idea resaltada en alguna red social es igual de fácil. Llevarlas a Evernote también.

Porque algo igual de importante que leer un libro, para ser aprovechado al máximo, es disponer de notas ordenadas y accesibles. He dicho ya varias veces que escribir agudiza la memoria. Y escribir en cuadernos de notas genera doble beneficio.

El primero, lo repito, anotar ayuda a recordar. El segundo, la información relevante es accesible. Y entre más accesible, mayor beneficio de lo leído.

En esta clase de lectura entran muchísimos títulos. La variedad en literatura es enorme y hay que agradecer que sea así. 

Borges decía que leer es una forma de felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz. Por tanto, siguiendo el consejo de Prof. Pierluigi Piazzi, si un libro está aburrido no es mala idea dejarlo. Tal vez al principio exista la amarga sensación de estar cediendo a la pereza, pero quizá también estemos dejando pasar el tiempo para leer una novela o un cuento que realmente nos seduzca.

Ese abandono de un libro por parecerme tedioso lo he tenido con clásicos de la literatura. Hasta con best-sellers. En cambio, con títulos que han sido poco conocidos, he disfrutado muchísimo.

Por eso, si el libro está aburrido, lo cierras y abres otro. Haces eso hasta encontrar el libro que ha sido escrito para ti. Porque de los millones de libros que han sido publicados, uno de ellos fue hecho para que lo leas tú.

Lo inmediato

Resistir la tentación ayuda a sacar reveladoras conclusiones de uno mismo.

He usado por once años un teléfono celular. El primero que recibí como regalo fue un famoso nokia 1100. Limitada la comunicación al saldo disponible, este simpático dispositivo abrió el apetito de mi hambrienta conectividad.

Jugando con su configuración, solía variar los tonos de aviso del sms. Si esperaba un mensaje con urgente expectativa, el sonido de alerta debía durar más allá de un lacónico beep beep.

Mi segundo celular venía con una configuración especial. El tono del sms se repetía hasta que el mensaje era atentamente leído. Si no, sonaba una y otra vez. Esta característica era utilísima. La amaba.

El primer teléfono inteligente lo tuve en el 2011. Se llamaba smart porque traía una característica ya infaltable para todo celular de hoy: la conexión al wi-fi.

A partir de allí las notificaciones no hicieron sino crecer y crecer como la espuma de una cerveza servida con prisa. 

Ahora, además del infaltable wi-fi, el dispositivo celular da la chance de usar servicios económicos de mensajería instantánea. 

Como todo el mundo, atendía con urgencia cada llamado sonoro de mi celular. Hasta en frente de otras personas con las que charlaba. Parecía seguir una rutina comúnmente aceptada. Si todos lo hacen, todo está ok.

Hasta que un día, justo al levantarme del sillón para ir a por el celular, decidí ignorar el tono de aviso. De regreso al asiento, me sentí como un hambriento caníbal en un banquete con veganos. La tentación era suprema.

Sabía por qué me sentía así. Cada vez que arriba un mensaje, el cerebro cree que son buenas noticias. Por eso corre veloz a responder al remitente.

Y al final, sentado en mi sillón que da a la ventana, decidí no levantarme. Salvo sonara otra notificación. Podría ser una emergencia. Sonó. Vamos a ver quién escribe.

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Desde los primeros años de la infancia escuché explicaciones y advertencias sobre el demonio y sus tentaciones. Pero no tengo memoria de cuando empecé a tenerle miedo y respeto a él y a su clan.

El Rey de las Tinieblas tiene su séquito de acólitos. Esos soldados del mal son los omnipresentes demonios. Se los describe amenazantes en varios versículos de la Biblia. Sirven como mensajeros y ejecutores del torcido propósito del maligno.

La religión católica ha sido experta en crear enemigos espeluznantes y describirlos detalladamente a todo el mundo. Sobre todo a los neófitos niños  aprendices de rezos y liturgias. Pero no siempre fue así.

En tiempos antiguos no existía la imagen de un demonio al acecho. Los dioses de mi tribu eran los dioses buenos y los dioses de la tribu enemiga eran, por supuesto, los malos. Pero la Iglesia, en un destello de genialidad, creó un ser opuesto a su todopoderoso y único Señor.

Pero ese miedo al diablo y respeto al dogma vive hasta cuando chocas con ciertos libros. Leer a Savater, Schopenhauer y Sade: o te hace más devoto o te convierte en un incrédulo bípedo a tiempo completo. Blasfemo y hereje, ciertas veces.

Entre la creencia encarnizada de un Dios protector-castigador y el desprendimiento del dogma de la fe hay un frenético proceso en zig zag. Lleva tiempo alejarse de los temores prometidos por la Iglesia.

Pasan los años y el miedo al infierno eterno desaparece. El único averno que merece temor es la convivencia con los fantasmas de la incertidumbre. Aquellos que se hospedan en nuestra cabeza, especulando fatales predicciones a tiempo completo. Esos son los demonios reales. Y el infierno, esta Tierra de ambiguas expectativas.