Let me jump in your game

No es mi intención ponerme en un pedestal por sobre todos los demás. Cómo crees. Pero creo que he logrado unos valiosos gramos de disciplina en mis rutinas. Medito, hago ejercicio, me alimento bien, leo, trato de escribir, no uso redes sociales y hago mi investigación los más responsable que puedo. No fueron hábitos de la noche a la mañana. Todo fue un proceso largo y hasta tedioso por momentos. Pero las rutinas están ahí, funcionando y manteniéndome a salvo del naufragio, por lo pronto.

Sin embargo, hay un asunto que me tiene enredado, dubitativo, rozando el piso. Y ese asunto es cómo aprender bien inglés como segunda lengua. De las cuatro habilidades: leer, escribir, escuchar y hablar, a las tres primeras creo que puedo hacerles frente, atrincherarme en la batalla y contraatacar. Pero en la última firmo la capitulación apenas las primeras palabras salen de mi boca. Cuando hablo más de un minuto entiendo que existe algo extraño en mi inglés, unas vocales que no entonan, unas frases que no significan nada. Abro la boca, pronuncio las oraciones y en seguida se detona el desastre.

Podría culpar a la casualidad, a la circunstancia histórica, a los Conquistadores españoles que se adelantaron a los británicos. Imagino con nostalgia a galeones ingleses anclando en puertos del Nuevo Mundo y heredándonos, con no pocas dosis de sangre y fuego, la lengua anglosajona. Ilusión absurda la mía.

Miro también mis cursos de inglés del pasado. Profesores nativos que poco entendían de gramática, perezosos de corregir la mala pronunciación y ansiosos de narrar sus historias de vida. Y nosotros, los estudiantes, felices de entrenar el oído.

Nada de énfasis en la buena pronunciación. Eran, en el mejor de los casos, clases de gramática. Importante, sí. Pero quizá sea algo más sencillo de aprender por cuenta propia que entender cómo se habla de forma correcta, fluida. Porque mi cabeza hispánica tiende a leer toda la palabra como está escrita. Y en el inglés una cosa es lo escrito y otra cosa es cómo se pronuncia. Pienso en todas aquellas veces que pronuncié la V como B y que la Z asomó en mi boca como una S. Ni se diga la T, la TH y la sutil schwa. Y tantos otros sonidos más.

Pienso en los días que me sentía fluente por hablar rápido. Pero al mismo tiempo me abochorno de lo ridículo que debí de haberme escuchado. Hasta que llegaron los días cuando la cara del nativo se fruncía en señal de que me entendía poco. O quizá nada. Cuando me pedía que repita, repetía y alzaba la voz. Igual resultado. Algo mal estaba pasando y apenas lo estaba intuyendo.

En YouTube encontré parte de la respuesta. Estaba pronunciando mal. No imitaba los sonidos ni de cerca. Mis cinco vocales españolas eran quince vocales en inglés. Había sonidos sonoros y sordos. Y tantas otras cosas más. Puse empeño en pronunciar mejor y lo que escuchaba era mi voz extraña, ajena a mi personalidad. Sonaba a una persona insegura, distinta, proscrita. Eso me detenía. Me preguntaba dónde encontrar una guía más certera que un vídeo de YouTube.

Navegando por Amazon encontré dos libros de cinco estrellas. En realidad, hay docenas de esos libros.

Y el sonido del mundo empezó a cambiar.

Marian

Marian era la más codiciada de la TV. Marian a menudo vestía minifalda, tacones altos y un escote en forma de uve, de uve profunda, geométrica. Tenía el cabello rubio como el cobre, una cara fina, nariz respingada y unos ojos turquesa que resaltaban con el maquillaje de su piel blanca. Era la más deseada por los hombres-chimpancés y la más criticada por las mujeres-morenas. Marian era guapa, despampanante, seductora. Una presentadora de farándula que más de una vez habitó las mentes afiebradas de adolescentes libidinosos. 

Un día de enero, a finales de los 80s, Marian detonó una bomba al final del programa. Los invitados, sentados en el sofá de cuero, enmudecieron con la boca abierta. Miembros de producción y camarógrafos se acercaron a darle un abrazo, una sentida felicitación. Llegó el momento que muchos sospechaban, pero que no podían predecir cuándo sucedería. Marian iba casarse.

Pero el destino le tendería una emboscada. Una semana antes de la boda el novio de Marian cedió a la tentación. En la despedida de soltero, con el cerebro poseído por alucinógenos, le suministró lujuria a la invitada clandestina, obsequio lascivo de sus amigos cocainómanos. A Marian nadie se lo tuvo que contar. Lo vio todo ella misma.

Luego del escándalo Marian no volvió a ser la misma. En el siguiente show dijo en voz quebrada: pudo haber sido el novio perfecto, pero solo con una cagada lo borró todo. Lenguaje inadecuado para TV, pero a Marian se le perdona todo, porque es bella y ha sido traicionada. Está herida. Con ojos vidriosos, esquivando la cámara, relató que fueron dos años maravillosos, románticos, lascivos de amor. Flores y serenatas en los cumpleaños, regalos onerosos, farras con amigos y viajes al extranjero. Su ex novio, el señor A, lo hizo todo bien antes de la lujuriosa despedida de soltero.

Marian no fue al programa la siguiente noche. El presentador improvisa alguna disculpa. Golpean la puerta del departamento de Marian. Nadie contesta. La policía fuerza la entrada, la llama por su nombre. Nadie responde. Suben a la segunda planta y echan un vistazo en las habitaciones. Nada. Al final del pasillo yace un revolver en el piso y una larga mancha de sangre en la pared. Marian ha matado a Charly, su mascota canina. Recostada contra la pared, aún con la jeringa colgando de su brazo, abre los ojos por última vez antes de la siguiente detonación.

Adicción digital

De 2009 a 2014 fueron mis años activos en Facebook. Subía fotos, escribía comentarios, chateaba con amigos y stalkeaba por ahí. Pero al mismo tiempo me asaltaba un peso en la conciencia por los minutos que desperdiciaba y por los celos ponzoñosos con los que tenía que lidiar mirando las fotos de los demás. Me sentía golpeado por la sospecha de estarme volviendo un adicto sin control o un paparazzi en las sombras.

Busqué en Google información al respecto. Encontré que otros usuarios padecían lo mismo que yo. Eran los efectos de una adicción digital. Pensé que sería buena idea tratar de abandonar esa dependencia de la red social. En mi cándido empeño, usé métodos extremos como borrar la cuenta. Pero dio malos resultados. Probé otras alternativas, como entregar la clave de acceso a un amigo. Eso funcionó por unas brevísimas dos semanas.

Al poco tiempo caí otra vez en el ciclo de entrar una y otra vez, de chatear con amigos y de subir fotos. Pero esta vez tuve la suerte de tropezar con una aplicación web que mostraba un contador del tiempo que pasaba en Facebook. Era un diminuto reloj en la parte superior derecha de la pantalla. Ese contador me reveló que en promedio pasaba dos horas al día en Facebook. Y los fines de semana casi el doble de tiempo.

Fue en ese momento que hice un cálculo disruptivo. Tomé un libro, conté el número de palabras de una página y con la ayuda de un reloj estimé cuánto leía por minuto. Luego, multipliqué el número de minutos que pasaba en Facebook por esa tasa de lectura y tuve un aproximado de la cantidad de páginas que podría leer si, en lugar de entrar a la red social, abría un libro y lo leía. Me asombré con el resultado. Este cálculo terminó por convencerme que debía desertar la red social.

Una vez abandoné por completo Facebook, casi de inmediato inicié mi tímido acercamiento a Twitter. Al inicio solo como un pasivo espectador. Luego, como usuario activo. Y al igual que en Facebook, mi cabeza vibraba eufórica cada vez que alguien daba RT o like a mis publicaciones.

Mientras navegaba por Twitter, tenía el impulso de publicar la foto del exótico plato que tenía frente a mí, de los kilómetros que había corrido, de mi abarrotada mesa de trabajo, de un día nevado y así otras parafernalias. Pero al advertir que todo el mundo hacía lo mismo ya no me tentaba hacerlo. El tren de la ridiculez va siempre a tope.

Lo que me gustaba de Twitter era que podía seguir a quien sea. Con un rápido clic ya tenía acceso a las publicaciones de otros usuarios. Seguí a tantos como quise, desde escritores, músicos, políticos y humoristas. Y cuando el círculo azul que aparecía sobre la casita del pájaro no asomaba, me veía una u otra vez refrescando la pantalla.  Había caído en otro vicio.

Por eso cerré esa cuenta. No la he borrado, accedo a ella solo una vez cada quince días. Pero gracias a que Twitter es una red abierta, puedo aún leer a mis tuiteros preferidos sin necesidad de sentirme afanoso por leer actualizaciones. De hecho, de esta manera, solo dilapido pocos minutos leyendo esas publicaciones.

¿Ha sido todo ganancia no usar redes sociales? Quizá al estar en el exilio de las redes sociales me pierda publicaciones candentes, polémicas de última hora o memes chistosos. Pero esa sensación de aprovechar mejor el tiempo y ya no sentir celos ponzoñosos ni envidias perturbadoras valen más que cualquier entretenimiento digital. Pena que personas a las que estimo sigan atrapadas en esa ratonera digital.


Búhos y alondras en la oficina

Durante mi primer año en Brasil compartí cuarto con otro estudiante. En la casa donde vivía moraban otros universitarios, también compartiendo habitaciones. Era algo común. Si tenías dinero, era fácil alquilar un espacio para ti solo, pero casi todo el mundo optaba por compartir cuarto y ahorrarse no pocos reales. La cocina, baño y sala también eran un área común. Demoré en acostumbrarme a ese nuevo estilo de vida.

Al inicio lo más difícil  fue calibrar los horarios. Si todos nos levantábamos a la misma hora se corría el riesgo de tener que hacer cola para usar el baño o la cocina. Eso a menudo era molesto, frustrante. Decidí entonces cambiar de estrategia: levantarme más temprano. Recuerdo que fue bastante penoso despertar a una hora diferente. Como todo novato, puse el despertador cuarenta minutos antes de lo normal. Amanecí como zombi, caminando atontado hasta el interruptor de la luz. Costó ojeras, cansancio y unas cuantas discusiones con el colega del cuarto por el agudo chillido del despertador.

Pero ya no tuve que esperar para usar el baño, ya no tuve que esperar para usar la cocina. A partir de ahí me sentí menos incómodo en la casa compartida.


Como resultado de levantarme temprano empecé a llegar primero al laboratorio y lo tenía para mí solo. Podía investigar libre de la tiranía de las distracciones por al menos dos horas.

Si necesitaba un lugar silencioso por más tiempo, iba a la biblioteca. Era una biblioteca enorme, repleta de libros, bien administrada. Amplios espacios para estudiar, cómodas mesas, adornos en short y unas grandes ventanas con vista panorámica al campus. Un buen lugar.


Entre ir y venir del laboratorio a la biblioteca percibí el sutil beneficio de rotar de lugares de trabajo. De alguna manera, me ayudaba a mantener la concentración y fijar más hitos en la memoria. 

Años más tarde, cuando ya estaba en Ecuador, conocí a fondo las afamadas open office. El principio (y fin) de la oficina abierta es promover la colaboración. Pero al final, según se ha demostrado, lo que crea es una tormenta de distracciones. El resultado: un naufragio de la productividad. Junto con esto, también hay que mirar de cerca la personalidad de cada cual.

En un ambiente de oficina abierta las personas extrovertidas trabajan mejor. En cambio, como te lo imaginarás, los introvertidos sufrimos un asalto a mano armada en nuestro intento de conseguir algo de concentración. Por eso yo, y quizá también otros introvertidos, preferimos lugares calmados, silenciosos, libres de personas que parlotean a quemarropa. Claro que conversar con el colega de al lado es chévere, relajante, pero eso con certeza interrumpe a un tercero. Y esa interrupción es un daño colateral.

Cuando los líderes saben de la influencia del ambiente en las personas, ofrecen al empleado la libertad de elegir el mejor espacio para trabajar. Si lo ven desde una perspectiva binaria o booleana, tanto los objetivos como el camino a los objetivos podrían mirarse de esta manera:

1. Está en su lugar de trabajo.
2. NO está en su lugar de trabajo.

A. Hace su trabajo.
B. NO hace su trabajo.

Si el punto A se cumple, sea que pase 1 o que pase 2 es irrelevante. Es decir, si desempeñas lo que manda tu contrato, no importa donde estés, si en la oficina, en la biblioteca o en Narnia. Pero esta sociedad nuestra, que cree solo en lo que ve, asume que, si no estás sentado en tu cubículo frente a la pantalla led, no estás trabajando. Una falsa conclusión basada en las percepciones.

Junto con el mal diseño del espacio de trabajo, otra situación incómoda se presenta: el horario laboral. Trabajar ocho horas es una meta extraña, algo sacada de la fantasía. Porque si durante la mañana realizas tareas de alta intensidad mental y has consumido mucha de tu energía, poco podrías hacer en la tarde. Te has quemado y deberías irte a casa. Kelly McGonigal podría explicarte eso mucho mejor.

Ya que es inevitable reducir el horario laboral, lo mejor es usarlo como un samurai de la productividad. Lo recomendable, pero complicado de aplicar en un principio, es realizar las tareas más difíciles a primera hora y las menos demandantes en la tarde. Pero aquí además entra otro factor a la cancha. Hay personas que trabajan muy bien en la mañana (las alondras) y otras mucho mejor en las tardes (los búhos). Detalles estos que todo líder podría aprovechar para mejorar la productividad de sus pupilos.

Son ya casi nueve años desde que, por causa de los inquilinos de mi casa paulista, decidí levantarme temprano. Gracias a eso descubrí que mejor me concentraba en lugares calmos, silenciosos, cerrados. Me he preguntado si en el futuro podré tener un lugar así para mis ocho horas de trabajo. Ya veremos.



La música del diablo

El viejo equipo de sonido tenía un sintonizador de radio, el tocadiscos con la aguja rota y un reproductor de casetes. De niño tenía pasión por jugar con los controles de velocidad del disco giratorio. Era fascinante escuchar la agudeza de la voz acelerada que emitía el disco cuando subía las revoluciones. Me sonaba a Alvin y las Ardillas. Ese antiguo dispositivo de audio fue el aparato más sofisticado de casa. Llamaba mucho la atención el sinfín de controles que tenía.

Los botones de control del casete parecían las teclas de un piano siniestro. Un botón suave para poner stop y uno duro para dar rec. Otro para rebobinar la cinta del casete y uno para poner pausa. Los casetes sonaban bien al inicio hasta que un día dañé el motor de giro y la música ya no fue la misma. Ahora sonaba robótica, lenta. Me empeñé en arreglar este desperfecto y terminé echándolo todo a perder. No me preocupé mucho porque había poquísimos casetes viejos con pasillos, rancheras y boleros que nadie los escuchaba. El equipo de sonido era apenas un sofisticado juguete para mí.

Pero en el colegio todo cambió. La música cobró significado. De repente se convirtió en una forma abreviada, atrevida y directa de expresar lo que quería, lo que sentía. Y de entre todas las melodías que circulaban por las radios, me enganché con el rock pesado. Más en concreto, con el heavy metal.

Por aquellos años adolescentes de finales de los noventa había ya empezado a circular música pirata en casetes de plástico transparente. Esa misma piratería aumentó la variedad de bandas que podía escuchar. Con el pasar de los meses, entre los 15 y los 17 años, ya tenía una pequeña colección de casetes baratos con poderosas armonías metaleras. Eran casetes de mala calidad y a veces el sonido se escuchaba terrible. Pero fui feliz con lo que tenía a pesar de que muchas veces no entendía ni el título de las canciones y mucho menos el significado de la letra. 

Tanto me gustaba el metal que siempre quería llevarlo conmigo a todo lugar. Pero la única forma posible era a través de un walkman o un discman. Ambos aparatos eran caros y solo podía soñar en tener uno en mis manos si me lo prestaban. Y eso pasó apenas dos veces, con la triste realidad de tener que comprar baterías a diario. Pero ese par de ocasiones que tuve esos dispositivos adoré que el rock and roll me acompañara.

Durante esos años de colegio me encapriché tanto con el rock que un día me decidí a aprender a tocar la guitarra. Puse mucho empeño al inicio y por un breve periodo de tiempo. Por eso no fui más allá de un par de melodías de Judas Priest y de Iron Maiden. Tocar la guitarra aún es una meta pendiente que todavía veo lejos de realizar. Mi mediocridad ganó una vez más la batalla.

Como mi adolescencia metalera coincidió con las primeras salidas a discotecas, mi amor por el metal echó a perder la oportunidad de aprender a bailar bien. Veía a otros géneros musicales como menores, vulgares y a veces hasta me parecían cursis. Detestaba la salsa y el merengue. No se diga los vallenatos. Y es justo esa música, nacida allá en el caribe, la que sonaba en las discotecas. Y a las chicas les encantaba. Quizá, si hubiera gustado de esos ritmos latinos y de bailar, hubiera ligado mucho. Lo que no pasó y no pasará. 

Con la perspectiva de los años pienso que quizá tropecé con la mala idea de que oír un tipo de música te hace superior a los demás. Pensaba por aquellos tiempos adolescentes que la locura y rebeldía que transmitía el metal se sincronizaba con mi modo de sentir, con mi manera de ver la vida. Para ser honesto, me hacía sentir diferente. Quizá esas letras que hablaban del diablo, la rebeldía y los avernos describían de forma precisa mi realidad y mi imaginación.

Pero un día mi perspectiva empezó a cambiar. Sucedió en un lugar que toda persona quisiera evitar: un bus urbano. A mitad del trayecto, el desaliñado chofer decidió cambiar de radio y entre estación y estación al final eligió una de vallenatos. Era predecible. El sonido del acordeón y las voces chillonas invadieron la atmósfera del bus y el recorrido se hacía más largo e ingrato. Hasta que en medio de ese infierno acústico sonó una canción que me gustó. Y mientras me gustaba sentía vergüenza de que me esté gustando.

Me aterrorizaba sentir que un metalero como yo le llegue a gustar un vallenato. Algo mal estaba pasando y decidí desintoxicarme con un poco de Mötley Crüe al llegar a casa. Esa tarde empezó en mí un cambio lento, pero sin pausa, en mi gusto por la música. Ya que en las semanas siguientes, con mucha resistencia, empecé a escuchar otro tipo de géneros. Siempre lo hacía cuando estaba a solas porque qué bochorno que un chico melenudo, metalero y rebelde sintonice en la radio Hombres G o Shakira. 

En esa nueva actitud mía hacia la música fueron apareciendo los generosos avances de la tecnología. Llegó el CD, el mp3 en las PCs y finalmente el streaming por internet. Hoy toda esa música que en mis años adolescentes añoraba tener está ahora en Spotify. Gracias a esta tecnología y al vicioso gusto de la gente por compartir sus preferencias musicales, entendí que no soy el único que llegó a tener gustos variados. Mucha gente no se casa con un solo estilo. Varía. Yo sentía vergüenza de ese gusto ecléctico porque pensaba que los metaleros éramos siervos de la música del diablo 24/7. 

Lo que no ha cambiado es mi empeño en ocultar ciertas predilecciones musicales. Por eso sería una locura poner mi lista de canciones a vista de todo público (aunque igual a nadie le importara). Sé que hay personas que se sienten orgullosas, o quizá superiores a las demás, por tener gustos variados que a veces rayan en la extravagancia. Bien por ellos, ya quisiera yo esa libertad. 

Con Spotify noté dos cosas interesantes de mí. La primera, que tengo un tipo de música para cada cosa que hago. Una música para correr, otra para cocinar y otra para estudiar. Es genial que la app también haga sugerencia sobre los géneros musicales y los agrupe en listas de fácil acceso. Lo segundo que noté es que a menudo oigo una y otra vez las mismas melodías. 

Y ahí pensé, ¿y qué tal si de forma regular exploro otras canciones? No es una idea tan atractiva al inicio, porque en esa tarea de explorar otras melodías me encontré con canciones tremendamente aburridas, pero también con magníficas joyas auditivas. Es difícil aventurarse a escuchar los discos menos conocidos o grupos que no conozco. Es como excavar una mina de diamantes: mucho del material será desechado, pero lo poco que queda tendrá un gran valor musical para añadirlo a mi lista. De cualquier forma vale la pena explorar.

Siento nostalgia al recordar aquel viejo equipo de sonido de mi adolescencia. Pero al mismo tiempo miro agradecido la inmensa mayoría de música que tengo ahora. Y también me siento tranquilo en por fin aceptar que ser ecléctico en la música es la regla, no la excepción. Con todo, espero que el metal siga teniendo una larga vida. La música del diablo no debe morir.

Ayudante de cátedra

Ser profesor es bacán, pero al mismo tiempo es uno de los trabajos más demandantes y menos valorados. Esta profesión consume mucha energía en pocas horas, sobre todo el día que se dicta clase. 

Por eso, luego de una clase, es complicado continuar con otra actividad que demande esfuerzo y concentración. Nuestra cantidad de energía, así como una batería, es limitada.

Adicional a las clases, existe un espacio donde los alumnos pueden solicitar aclaraciones de los temas tratados en la semana. Ese espacio es la tutoría, que bien realizada, aporta al aprendizaje del estudiante. 

Por eso un requisito básico es no improvisarla. Es decir, que se la prepare de antemano. Y para lograrlo es esencial tener con anticipación las preguntas de los alumnos. 

Esas consultas me han dado la oportunidad de aprender cosas nuevas de la materia que enseño. Me agradan las preguntas porque al resolverlas percibo que domino mejor el tema. 

Aunque debo reconocer que al inicio el temor de no tener la respuesta me deja un poco incómodo.

Paradójicamente, siendo un espacio donde se aclaran dudas de forma casi personalizada, por increíble que parezca, un pequeño grupo de estudiantes asisten a la tutoría. 

Unos pocos por cruce de horarios, otros cuantos por desinterés. Quizá la mayoría por temor o vergüenza de no tener qué preguntar. 

Vaya manera de desaprovechar la enseñanza que ya pagaron por anticipado en la matrícula.


En el 2015 conté con un excelente estudiante como ayudante en las horas de tutoría. Él trabajo que realizó fue fundamental para el éxito del curso. 

Además de aclarar las dudas de los alumnos y realizar con ellos ejercicios seleccionados, fue instruido para transmitirles técnicas de aprendizaje basadas en estudios científicos. 

También me ayudó con el desarrollo de los laboratorios, que son esencialmente simulaciones en software. Colaboró en calificar pruebas y exámenes en base a una rúbrica. 

En pocas palabras, un ayudante de cátedra complementa el trabajo docente. Lo aliviana.

Recuerdo con agrado el valioso ahorro de tiempo que tuve gracias a ese estudiante. Mientras yo tenía más horas para dedicarme a otras actividades académicas, él aprendía a profundidad una materia y se entrenaba en el nada intuitivo arte de enseñar.

Sin embargo, hay pocos estudiantes que ambicionen hacer esta actividad. Buscando una razón noté que la mayoría quiere trabajar en tópicos más relacionados con la vida profesional de un ingeniero. Y lo entiendo. 

Son una minoría los que sienten la vocación o gusto por enseñar. Pero hay otro factor que impide tener más candidatos para que sean ayudantes de cátedra. Y ese factor es un sinsentido total.

Uno de los requisitos para que un estudiante trabaje con un profesor en la enseñanza de una materia es la calificación. La nota mínima debe ser 34/40. 

O visto de otra forma, una nota de 17/20 por bimestre. A primera vista, suena lógico que el candidato sea una persona que obtuvo un puntaje así.

Sin embargo, condicionar por una nota el poder o no ser ayudante de un docente en las clases o tutorías provoca dos problemas.

El primer problema es que habrá pocos estudiantes que cumplan con ese umbral de calificación. Serían los mejores estudiantes los que tendrían una mejor chance para trabajar como ayudantes de cátedra. Pero son escasos. 

En mi estadística personal, de un grupo de treinta, tres estudiantes llegan a ser destacados y alcanzan esa nota.

Y segundo, el problema más grave, es mantener la creencia de que una nota define para siempre una habilidad. Esto desconoce por completo el potencial que tiene un ser humano.

Es como pensar que, si un jugador de fútbol anotó 4 goles en un año, el siguiente año seguirá metiendo la misma cantidad. Y así el siguiente y el siguiente. Un absurdo. 

Porque las personas cambiamos con el tiempo, mejoramos o empeoramos en ciertos aspectos de la vida. Por eso escribía J. K. Rowling que son nuestras elecciones las que muestran lo que realmente somos, mucho más que nuestras habilidades.

Y restringir a una calificación el ser o no ayudante de cátedra condena a buenos postulantes a no mejorar en el conocimiento de una materia o a entrenarse para dar una clase.

Con base en mi experiencia personal y en las investigaciones de la Dra. Carol Dweck, puedo afirmar que cualquier alumno que haya aprobado una materia sería capaz de trabajar como ayudante de cátedra. 

Los requisitos adicionales serían dos muy sencillos: que tenga ganas de aprender y que esté convencido de que puede mejorar tanto en la enseñanza como en el dominio de los temas de clase.

Un alumno con estas características sería tan eficiente como cualquier estudiante con nota mayor a 34/40. 

Pero como quienes hacen los reglamentos se dejan llevar por la corriente de sus impresiones y apariencias, esta norma obsoleta seguirá en pie, perjudicando tanto a profesores como a potenciales docentes.

Pomodoro sin celular es mejor


Durante muchos años de mi vida estuve convencido de que o bien nacías inteligente o bien nacías tonto. 

Me había convencido desde pequeño que era así. Si te iba bien o mal en la escuela dependía de algo innato. De un don genético o hasta espiritual. 

Qué equivocado estaba.

Gracias a que encontré libros maravillosos pude mudar de idea. Entendí que el cerebro cambia permanentemente gracias a algo llamado plasticidad.

Supe que las neuronas aún seguían creándose a través de un proceso llamado neurogénesis.

Aprendí la importancia del sueño en el proceso de consolidación de la memoria, el beneficio del ejercicio físico y qué alimentos son generosos con nuestra materia gris.

Pero sobre todo fue revelador descubrir que uno de los factores fundamentales para incrementar la inteligencia es la atención.

Sabiendo esto, hurgué en la web buscando herramientas y técnicas para mejorarla, para entrenarla. Probé varias. Y finalmente me quedé con aquellas que mejor me resultaron.

Y de todas, la joya de la corona es sin duda la técnica Pomodoro. 

Vengo usando esta técnica ya por cinco años. He sido testigo de los enormes beneficios que proporciona.

Gracias a ella he podido entrenar mi cerebro para que esté enfocado en el trabajo, ignorando al máximo las distracciones. 

Sin embargo, en estos dos últimos años algo no andaba bien. 

A pesar de usar el contador de 25 minutos, mi mente aullaba por recibir notificaciones de chats o emails incluso cuando tenía las notificaciones desactivadas.

Algo raro estaba pasando. Tenía que descubrir qué.

Así que miré en retrospectiva y recordé que durante los primeros meses que usé Pomodoro, en los lapsos de descanso, llegaban a mi mente como relámpago las interpretaciones de los conceptos que estaba estudiando. 

O soluciones alternativas a los problemas con el código que tenía entre manos. Luego descubrí que esos chispazos de lucidez son gracias al uso del modo difuso de la mente.

Lo supe gracias a Barbara Oakley. 

Sin embargo, ahora ya no tenías más esas ideas durante el periodo de descanso. Y también me costaba más retornar al nuevo ciclo de trabajo de 25 minutos. 

Fue complicado entender por qué pasaba esto. 

Hasta que descubrí la causa: en los cinco minutos de pausa navegaba por redes sociales y webs de noticias. 

Eso provocaba que sienta un fuerte enganche a seguir buscando información nueva y que sea difícil apartarme de ese banquete de distracciones. Era eso. 

Utilizaba el tiempo de reposo para alimentar mi necesidad de distracción.

Luego de entender que mi dificultad en concentrarme cuando usaba la técnica Pomodoro tenía que ver con el mal uso del lapso de descanso, supe apenas hace unos meses que había otro culpable. 

Y ese culpable que saboteaba mis planes de trabajar de forma concentrada estaba todo el tiempo frente a mí: era mi celular. 

Encontré un artículo revelador que relataba el efecto negativo en la concentration y la productividad el hecho de tener el celular a la vista.

El solo tener el celular frente a mí hace que me distraiga más. Que pierda la concentración.

Usando esta nueva información, retrocedí una vez más en el tiempo y miré con detenimiento cómo eran mis primeros días con la técnica Pomodoro.

En aquellos años usaba un celular que poco tenía de smart. 

El contador de los minutos de trabajo era tan sencillo como práctico. Y ya que la aplicación Pomodoro se cerraba si salía de ella, la tenía siempre abierta y no entraba a ninguna web ni red social.

Por eso, en los descansos, en lugar de navegar por el mar de novedades que ofrece una conexión wifi, caminaba por el laboratorio.

Bingo. Lo entendí.

Esa forma de desconectarme de la tarea que estaba realizando era la clave para que lleguen los relámpagos de ideas. Y también, al no entrar en ninguna red social o web de noticias, regresar al pomodoro de 25 minutos era relativamente fácil.

Por eso decidí dejar de usar la aplicación de Pomodoro en mi celular. La desinstalé.

Ahora el aparto móvil pasa la mayor parte del tiempo en un oscuro cajón, con la conexión wifi apagada. 

Utilizo en su lugar un reloj Casio de $20. Lo programo con el timer de 25 minutos y durante el intervalo de descanso uso un contador web o apenas calculo en los cinco minutos de descanso a mano. 

Resultado: mi concentración se está civilizando otra vez. 

Fin de la historia.

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