La sospecha de un adiós



Quiso despedirse en la estación. Buscó su cartera para sacar un cigarrillo. Aprendió a fumar en las noches de guardia del servicio militar, impuesto por aquel dictador que nadie quiere recordar.

Natalia modela frente al espejo, ajusta su sombrero y sonríe mientras se despide de su gato con una caricia. Busca sus llaves, las que abren el seguro de sus dos puertas y su estante repleto de tarjetas, fotografías y cartas que nunca le envió. 

Sale e imagina que todo estará bien, que él pronto volverá.

Natalia piensa de repente que su despedida será un adiós sin retorno. Enciende otro cigarrillo y empieza a llorar. A esconder sus lágrimas no aprendió nunca. Camina lento a través del bosque para llegar a la estación. Es hora del último beso.

Tenis de mesa al mediodía

Nunca me gustaron del todo los deportes. Mucho menos los de contacto. Siempre fui mal jugador. Pero cuando era niño corría veloz tras el balón en la cancha del barrio con amigos cercanos, no tanto por competir sino por pasar el tiempo. Lo hacía sin pensar en beneficios para esa salud inquebrantable que respiraba en mi niñez. Solo jugaba para entretenerme.

Hasta que fueron pasando los años y los amigos del barrio tomaron cada uno su rumbo. Y el juego nunca volvió a empezar, al menos por años. Así dio inicio mi larga etapa de vida sedentaria.

De vez en cuando el único ejercicio que realizaba era subir caminando a casa, pero solo ciertos fines de semana. El resto de días no hacía más cardio que llevar el tenedor del plato a la boca.

Como evidente resultado subí de peso y una panza inexorable llegó para quedarse. A pesar de eso, la imagen cada vez más redonda que me devolvía el espejo y los remotos riesgos del sobrepeso me eran indiferentes.

Un día de octubre de 2012 salí a correr por las noches y no he parado desde entonces. El motivo detrás de ese atlético interés no lo tenía claro. Quizá no era tanto por buscar un beneficio para la salud, sino para competir menos penosamente en el futuro.

Meses atrás a esa fecha había participado en una media maratón en la cual terminé muy rezagado y mi ego aún estaba en terapia intensiva.

Tres años después, en 2015, competí por casualidad en un pequeño torneo de tenis de mesa. Igual que la media maratón, mi resultado final cayó hasta el fondo de la tabla. Pero me quedé enganchado a ese deporte y unos pocos meses después me compré una mesa de ping pong con el dinero ahorrado de varios salarios.

Con el tiempo y con práctica más o menos constante llegué a dominar los remates y devolver con agilidad la pelota naranja al otro lado de la cancha. He llegado a jugar en promedio de dos a tres horas por fin de semana, no tanto por carencia de tiempo sino por falta de rival.

En ese entrenamiento amateur sentía en cada movimiento una mejora progresiva. Hasta que llegó el día del campeonato con los estudiantes y mi trébol de cuatro hojas feneció.

Me inscribieron unos alumnos geniales a los que acompañé en varias asignaturas en la universidad. Ellos también eran asiduos jugadores y estaba pendiente una competencia conjunta. El campeonato estudiantil era la mejor opción para medir habilidades y de paso soñar con llegar, por fin, a una instancia final.

El día del todos contra todos llegó. En una hora poco habitual para mí, asistí al coliseo cerrado para demostrar mis habilidades adquiridas. Había público suficiente en la platea como para amedrentar a cualquier infiltrado como yo.

Me correspondió el partido inicial contra un antiguo estudiante. En el primer encuentro me favoreció la luz que no se reflejaba en la mesa, pero en el segundo match marché afanosamente. Al final perdí con las justas, pero perdí.

El resto de partidos corrí con peor suerte. Maldita bola que se iba fuera de la mesa en mis remates y rebotaba endiablada en mi lado de la mesa. Perdí tan rápido que apenas sudé unas gotas y devolvía la raqueta nada más se calentaba en mi mano.

Sin embargo, y esto es genial que haya pasado, noté que se creó un enlace fraternal con cada estudiante que competí. Antes de cada partido ellos eran ambiguos recuerdos de aula y exámenes, pero luego de tics tacs de la esfera naranja en la mesa azul, terminamos siendo cercanos y más iguales.

Y ahí pensé: si estos encuentros deportivos entre profesores y estudiantes se realizaran con mayor frecuencia, es casi seguro que habría una mejorada confraternidad en el aula. Y mejores resultados académicos.

Pero falta mucho tiempo para que algo así suceda. Pena que no me di cuenta antes.

Instrucciones para desayunar una granadilla

Seleccione una granadilla de un diámetro similar al de la mitad de la palma de la mano. Observe el color. Que sea un tono amarillo bajo (casi anaranjado), con diminutos puntos blancos sobre la cáscara. Examine que no hayan restos de color verde por ninguna zona de la corteza.

Si nadie está cerca para verlo y creer que está loco, agite la fruta un par de veces cerca de su oreja. Si genera un sonido muy apagado, es la granadilla ideal. Si no, póngala de regreso en la cesta y repita el proceso. Para esta primera selección no es necesario usar el olfato.

En casa, proceda a lavar la fruta con una pizca de jabón y póngala a secar al aire libre. Déjela reposar lejos de las naranjas para evitar el contagio de hongos verdes azulados.

Una vez servida para el desayuno, coloque una servilleta desdoblada sobre la mesa para recoger la cáscara. Con los dedos pulgares haga presión en el ecuador de la fruta para triturar la delgada corteza. Hágalo hasta la totalidad de la circunferencia.

Luego, con una velocidad de prestidigitador, hunda ambos pulgares unos dos centímetros dentro del tejido blanco que recubre el interior y separe rápidamente ambos hemisferios hasta que una fina membrana interna sujete las mitades.

A continuación verá el dulce interior y percibirá un suave aroma de caramelo. Verifique que el color gris del interior no sea demasiado opaco. Si es así, la azucarada pulpa que envuelve la oscura pepa tendrá un sabor desabrido. Quizá el resto de granadillas tengan un interior igual.

Si todo tiene apariencia de normal, introduzca una cuchara por el borde de la cáscara hasta llegar al fondo de la misma. Levante suavemente la cucharilla con cuidado de no derramar nada al exterior. En caso que suceda, retenga la tentación de consumir esas pepas derramadas. Sería peligroso para la salud.

Repita el procedimiento anterior. Hágalo hasta completar la primera mitad. Luego, continúe con la segunda mitad utilizando el mismo recurso. Una vez terminado el contenido, proceda a recoger la servilleta y llevarla hasta el tacho de la basura.

El pájaro del fin de semana

Vivir lejos del colegio me obligaba a levantarme temprano para llegar a tiempo. Las clases siempre iniciaban con devota puntualidad a las siete y quince. Cualquier atraso era sancionado con un tedioso sermón, una amenaza de convocar al padre de familia y la prohibición de entrar al aula la primera hora. Aunque más que sanción, a veces resultaba ser un alivio perderse una clase aburrida, sobre todo las de religión.

Para llegar a tiempo había que madrugar. He olvidado la hora que salía de cama. Lo que sí recuerdo bien es que a las seis y quince los buses iban casi vacíos. Esa fue una comodidad que siempre aprecié. El recorrido duraba 25 minutos, mientras sonaba la estruendosa música batracia del chofer y yo miraba resignado por la ventana lamentando no tener un walkman o un CD player portátil.

Luego de bajar del bus de un salto (porque al chofer no le daba la gana de frenar del todo) caminaba por una vereda solitaria sospechando que quizá yo era el primero en arribar de todo el instituto. Ingresaba por la puerta más alejada y no sabía si alguien había llegado antes por las otras entradas. Por lo general, luego de mí puntual llegada, aparecía casi de inmediato el veterano portero. Caminaba a paso lento buscando la llave en el bolsillo y silbando boleros del recuerdo. Abría la puerta principal y proseguía con las aulas del bloque interior con una parsimonia de solitario George.

En menos de 15 minutos empezaban a llegar de a poco otros adormilados estudiantes. Recuerdo que al frente de mi bloque una estudiante angelical (blanca, ojos cafés, cabello castaño, estatura media, delgada) se paraba frente a la baranda esperando a que el portero abriera la puerta de su aula. Por verla a ella todos los días durante todo un año lectivo, reconocía su cara por las calles del centro de la ciudad, por el campus de la universidad (años después) y en fotos de redes sociales (hasta el día de hoy). Ella tiene de esas caras que el tiempo se niega a envejecer.

Todas las mañana eran terriblemente iguales. Hasta que un viernes encontré un tembloroso pájaro moribundo patas arriba. Estaba al principio de las gradas del bloque izquierdo. Apenas lo vi pasé de largo, pero a los pocos escalones di media vuelta y tomé al agonizante emplumado por una garra de la pata. Mientras lo subía, lo camuflaba como podía para que el portero, ocupado en las aulas del lado derecho, no me alcance a ver.

Llegando al piso de mi aula miré en derredor para comprobar que nadie me había visto. Me encontré con la mirada de la chica de siempre al otro lado del patio. Había llegado más temprano y sospeché que alcanzó a observar mi profanación. Con gran disimulo, dejé el pájaro en el piso y con suaves puntapiés lo escondí detrás del tacho de basura.

Cuando el portero por fin abrió la puerta de mi aula aún estaba solo en ese piso del bloque. Me apresuré a entrar y abrir la ventana, donde en un borde externo deposité al ya difunto pájaro. Quedó ahí hasta la hora del receso.

En la media hora de pausa entre la mitad de la jornada, le conté a un par de colegas de la existencia del difunto volador. Uno no me creyó, pero le brillaron los ojos cuando lo vio reposando inerte fuera de la ventana. Lo tomó del pico y lo exhibió por lo alto a los dos que estábamos en el aula.

- Ya sé que hacer con este pájaro. Mira por la puerta que nadie venga.

Se acercó al pupitre del hijo del tiránico profesor de inglés. Cogió su maletín, extrajo los cuadernos y libros y metió el cadáver del pájaro hasta el fondo. Luego puso cuidadosamente de vuelta todo lo que sacó. Los dos únicos testigos nos quedamos sin habla.

Al regreso de clases, terminado el recreo, ninguno de los tres tuvo suerte en disimular la risotada. Una vez tras otra el docente de geografía nos increpaba sin tregua hasta el punto de alejarnos de donde estábamos sentados y ponernos en primera fila. No fue remedio suficiente. Nos sacó de clase poco después.

En el patio, como por arte de magia, se nos fueron las ganas de reírnos. Deambulamos por las canchas calculando el tiempo de regresar a la clase de la última hora. Pensábamos que al volver ya se habría dado cuenta del pájaro muerto y hacíamos irónicas predicciones de la reacción que tendría cuando descubra al difunto emplumado.

Cuando por fin volvimos todo estaba muy normal. La víctima del maletín convertido en féretro sonreía socarronamente a la compañera de al lado (a la que siempre pretendió y que nunca le correspondió). Se lo veía más feliz que de costumbre. Bastó con mirarnos entre los tres y concluir que aún no se había dado cuenta.

Sonó el timbre de salida y dudábamos si decirle o no del pájaro muerto. Pero la duda es lenta y cuando es viernes y hora de la salida nadie se queda quieto.

Por aquellos años no existía más medio de comunicación que el teléfono fijo, pero de entre los tres solo uno tenía línea. Así que pasamos sábado y domingo cada cual con la duda del desenlace del cadáver del volador. Yo imaginaba que en el momento del descubrimiento habría un apagado grito de susto seguido de un gesto de asco.

Llegó el día lunes y como siempre yo estaba solo esperando a que llegue el portero. La chica de siempre no apareció a la misma hora y me asustó la idea de que ella me delatara. Era una imaginación absurda pero me tenía inquieto.

Del actor material de la metida del pájaro y de los dos cómplices estaba apenas yo cuando inició la clase. El fulano que fuera objeto de la emplumada broma no llegaba. La imaginación echó a correr y suponía que estarían los tres fuera del aula discutiendo la indagación del culpable. Hasta que vi entrar por la puerta el maletín negro y su portador.

Le examiné de reojo y no encontré nada fuera de lo normal. Hasta parecía más feliz, a pesar de ser lunes. Se sentó, sacó su cuaderno y empezó a tomar apuntes. Por un instante admiré esa estoica reacción. Es de espíritus grandes perdonar, pensé.

A lo largo de toda la jornada de la mañana no pasó nada fuera de lo normal. Pero cuando llegó la hora del receso, justo unos segundos luego de sonar el timbre, por la puerta entraron el actor material y el otro cómplice. Traían una cara de velorio. Me preguntaron qué había pasado. Mi respuesta les hizo arquear las cejas.

Al igual que el viernes, nos quedamos solo los tres dentro del aula. Conjeturando lo que pudo haber pasado el fin de semana, nos quedamos perplejos al imaginar una causa imposible: el pájaro nunca salió del maletín.

Esta vez cerramos la puerta para entre los tres verificar el contenido de la valija. Al abrirla, el olor nos confirmó la sospecha: el cadáver siempre estuvo ahí. 

El demonio del lado izquierdo

En lo primero que pensé cuando vi la imagen de un cerebro humano fue en una nuez desnuda. Las rugosidades y el color blanquecino, combinada con la simetría a izquierda y derecha me asomaba un objeto poco atractivo a la vista.

El lente de la cámara de vídeo hacía pausados acercamientos y dejaba ver un tenue reflejo de brillo de luz en el líquido viscoso que cubría el órgano que encierra, según dicen, el alma etérea. El narrador del documental mencionaba con parsimonia el nombre de cada región y resumía en frases breves las complejas funciones del cerebro. Como todo material de divulgación científica, el contenido del vídeo trataba de ser lo más sencillo posible. 

De entre toda la nueva y confusa información, me quedó claro que cada hemisferio tenía marcadas diferencias y tareas específicas que cumplir. En brevísimo resumen, el hemisferio izquierdo se encarga de toda la parte lógica de nuestro cotidiano proceder. Y el hemisferio derecho toma el mando en cuestiones artísticas, principalmente. Demasiado simplificado, pero cierto. 

Lo que omitió explicar el narrador es que esa amenazadora vocecilla que siempre está presente en nuestra mente viene de la parte izquierda del cerebro. Y es una daga de doble y filoso filo.

Por un lado, las predicciones que hace esa conminatoria vocecilla (en base a las observaciones de eventos del día a día) generan las ineludibles preocupaciones. Con cada circunstancia observada, el hemisferio izquierdo conjetura sin freno una lista de apresuradas conclusiones. Y muchas de estas conclusiones son, sin lugar a duda, espeluznantes. 

Por ejemplo, si un día pasas cerca de tu jefe y te devuelve un saludo frío, el hemisferio izquierdo llegará a la conclusión de que tu superior está molesto por algo que hiciste. A partir de allí, le dará vueltas una y otra vez a las posibles causas de ese supuesto enojo, escarbando cada detalle de los acontecimientos pasados. Y todo esto crea malestar, ansiedad y alimenta la incertidumbre.

Por otro lado, esos fatídicos pronósticos han sido el motivo de estar siempre alerta por el entorno. Y estar alerta nos ha mantenido más tiempo con vida. La evolución puso en nuestro cerebro ese sistema de elaboración de malos augurios para que, en caso se cumpla la temible profecía imaginada, nuestro cerebro tenga lista todas las posibles respuestas a ese inquietante evento del futuro. 

Volviendo al ejemplo del gesto austero del jefe, si el hemisferio izquierdo concluyó que ese mal saludo es consecuencia de un reporte atrasado o de una inasistencia a una reunión urgente, creará una lista de excusas, disculpas y compensaciones.

Me he preguntado varias veces como acallar esa voz amenazante, pero al final, haga lo que haga, siempre está presente. A veces tan callada como el sonido de un susurro cerca de un motor fuera de borda y otras tan estruendosa como volcán activo que termina por despertarme en horas de madrugada. 

En la web, a pocos clics de distancia, encuentro decenas de fórmulas para apaciguar esa voz. Hay consejos desde los basados en plegarias religiosas hasta los respaldados por la neurociencia. Pero a veces, y muchas veces, ninguna funciona. 

Lo único que me conforta es que a todos nos pasa lo mismo. Nos atormenta el mismo demonio.

Apagando tuits

Hay cosas que hago bien que estropean otras cosas que también intento hacer bien. Si por un lado salir a correr potencia la atención y la memoria, usar las redes sociales alimenta el hábito de la distracción. Así mismo, meditar ayuda a mantener el foco en cualquier actividad, pero a lo largo del día reviso tanto el celular que volver a prestar atención a lo que debo hacer cuesta mucho trabajo. 

Uso el celular como cualquiera. Empleo el computador como todo el mundo. Pero también, como pocos, hago ejercicio todos los días y practico la meditación (aquella en la que cuentas las pausadas respiraciones). 

Sin embargo, estas actividades entran en constante conflicto y, como dos selecciones en la final de una copa del mundo, una siempre termina por ganar. Así haya tiempo extra, todo se define en fatídicos penales. Y no siempre gana la mejor. A menudo las distracciones (multitarea) terminan venciendo por goleada al trabajo enfocado. Todo por el tirano con wi-fi que llevo en mi bolsillo.

El uso constante de un dispositivo móvil ha modificado mis capacidades intelectuales. He pasado muchas horas leyendo en la pequeña pantalla de siete pulgadas noticias, tuits y varias crónicas. Veo fotos, memes y vídeos. Escucho música y sintonizo la radio. Hago lo que todo el mundo hace con un celular. 

Pero creo que soy más consciente del derroche de tiempo que esa mala utilización, aunque socialmente aceptada, ha provocado en mi inventario de tareas. Los pendientes siguen ahí, esperando ser tachados de la lista.

Consulto varias veces el smartphone por si ha llegado algún furtivo mensaje. En promedio hasta más de cien veces durante el día. Lo sé porque instalé una app para contar esos innecesarios accesos. La siniestra consecuencia de este hábito ha sido romper mi capacidad de mantener la concentración. 

Y si no me concentro, entender esa ecuación o arreglar esa línea de código será jodidamente difícil. Y me llevará el triple de tiempo.

No me quiero imaginar la tragedia de ser asiduo usuario de facebook, twitter o instagram. Las notificaciones a cualquier hora del día me volverían estremecedoramente atento a la vibración del celular y sus melódicos beep beep. Porque a pesar de tener desactivadas los avisos de mail y whatapps, sigo revisando si algún mensaje ha llegado, inclusive cuando la luz de aviso está apagada. 

Twitter es la única red social en la que participo regularmente. La considero la menos mala de todas, pero también a veces se llena de incontenible basura. Me vi varias veces (una y otra vez) actualizando el time line, sediento de 140 caracteres. Hasta en ciertas ocasiones me irritó o decepcionó no encontrar tuits nuevos. Debía cambiar esa penosa realidad.

Ese tiempo tirado a la basura me hizo pensar en una estrategia para corregir el uso compulsivo de esa red. La primera maniobra fue desinstalar de mi teléfono la aplicación. Pero en menos de una hora estaba ingresando a mi cuenta por el navegador web. Knockout en el primer asalto.

La segunda táctica que usé fue parecida a la que me funcionó cuando abandoné facebook. Era sencilla: dejar el password de acceso en casa. De esa manera, solamente ingresaría por la noche. También resultó un esfuerzo en vano, porque terminé pasando más tiempo leyendo tuits antes de dormir. Y la luz azul atentó a mano armada contra la calidad de mi sueño.

La conclusión quedó evidente a mis ojos: los cambios radicales no funcionan con las adicciones digitales. 

De tanto pensarlo terminé, sin ser consciente de eso, por encontrar una solución efectiva. Dejé de seguir paulatinamente a las cuentas que más publicaban. Una tarde, unfollow a una. La semana siguiente, unfollow a otra. Pasaron los días y solo quedaron tuits en inglés y portugués. Cero tuiteros de humor o de noticias. El vicio empezó a morir de inanición sin ruido ni quejas.

El poco contenido que se mostraba hizo que le pierda interés. A tal punto que solo los fines de semana me la paso arrastrando, como aletargado zombi, el dedo por la pantalla. Tal vez no esté curado del todo, pero esta medicina palió los síntomas más severos de la adicción a esa, en apariencia, inofensiva red social.

Pero todo vicio apagado termina por echarle gasolina a otro...

El gimnasio de cristal

El músculo es obediente cuando entrena día tras día. En el primer adiestramiento soporta estoicamente un fatigante esfuerzo. A la mañana siguiente el ligamento se siente adolorido, inflexible, resentido. Con un poco de estiramiento cesa levemente de emitir esa queja constante que surge con cada movimiento. La siguiente vez que se cita con la mancuerna trabaja a medio ritmo, más lento y hace pocas y desgarradoras repeticiones. Sin embargo, con algo de tiempo, persistencia y paciencia empieza a resistir más peso y más series. Va tomando forma y volumen. La recompensa se refleja en el espejo.

En casa, en un espacio de menos de nueve metros cuadrados, trabajé largos meses con un peso de quince libras por brazo. Sin embargo, las primeras mancuernas que compré eran de tres kilos. Las llevé a casa en una funda plástica que estuvo cerca de romperse. Me daba la impresión de que era un peso descomunal, de manejo cuidadoso si no quería sufrir una lesión.

Los levantamientos iniciales llegaron hasta quince en la serie de arranque. La segunda también, pero las dos restantes fueron penosamente menores. Luego de varios meses de jadeantes rutinas matutinas, fui aumentando el peso. Semana tras semana, se me hizo fácil levantar mancuernas con repeticiones en aumento. El músculo respondía generosamente.

Estaba casi todo bien, viendo y sintiendo el beneficio de levantar una y otra vez el disco de metal. Hasta que, por una fortuita promoción de dos por uno, terminé emigrando por las noches de mi gimnasio casero a uno público. Regresaba a un lugar así luego de más de doce años. Pocas cosas habían cambiado. Lo noté desde el primer día.  Y la perspectiva del entrenamiento mudó por completo.

Como llevaba tiempo entrenando en casa no predije un gran cambio asistiendo de nuevo al gimnasio. Tomaría un peso ligeramente mayor, haría las máquinas que quisiera y luego me marcharía a casa. Pero apenas se abrió la puerta del ascensor supe que quizá mis pronósticos no serían del todo acertados.

El bam bum bam de la música pop invadió la atmósfera cuando el elevador arribó al quinto piso. El gimnasio parecía una jaula de vidrio que encerraba a hombres y mujeres de rostros compungidos y sudorosos. Los muros de cristal permitían ver máquinas de acero, grandes espejos, negras mancuernas y esteras por el piso. Ataviados con ropas deportivas, varias personas repetían rutinas de levantamiento de pesas y fatigantes aeróbicos.

Hacia un rincón, un amplio e iluminado espacio estaba lleno de corredoras y bicicletas estáticas. Era la zona cardio. En aquel sector iniciaba y terminaba todo entrenamiento vespertino.

La máquina corredora tenía un montón de botones, pantallas y leds rojos y azules. Mirando aquella consola de controles, me preguntaba por dónde empezar. Al poco rato me aventuré a presionar el parpadeante botón de start. Una luz roja indicó un conteo regresivo. Tres, dos, uno. La banda de caucho debajo de mis pies empezó a moverse lentamente.

En un par de minutos sentí que el ritmo de caminata era muy pausado. Necesitaba subirlo. Supuse que el botón la con flecha hacia arriba sería el que aumentaría la velocidad. Lo presioné con un poco de temor imaginando que saldría disparado de la máquina. Un beep acompañó el ligero aumento de velocidad. A los pocos minutos la pantalla indicaba una rapidez de doce kilómetros por hora.

Pasados los seis minutos, el sudor que bajaba por mi frente amenazaba con entrar en mis ojos. El esfuerzo estaba abriendo mis poros y acelerando mi respiración.

Luego de diez minutos bajé de la máquina. Mientras jadeante tomaba aire, busqué el siguiente aparato de ejercicios. Estaba ocupado. Miré hacia el próximo y también estaba siendo utilizado. No tuve más remedio que ir por un par de mancuernas y cambiar de rutina. Vi que estaban etiquetadas con libras, no con kilos, que era la medida que manejaba mejor para orientarme en el peso a levantar. Sabía que debía apenas dividir para dos el número de libras y tendría un valor aproximado en kilos. Esa deducción me hizo sentir un Srinivasa Ramanujan.

Tomé una de diez libras y la usé impecablemente hasta que vi a una esbelta chica trabajando con un peso igual. Movido por mi ego masculino, fui discretamente a por otra más pesada. De la mancuerna de diez libras subí a la de quince. Pero aún no me sentía mejor conmigo mismo. Mi orgullo había sido herido.

A partir de esa inocente comparación espié con disimulada atención el peso que levantaba el resto de individuos. Asombrado, vi delgados brazos levantar más peso que yo. No lo podía creer. Tenía que hacer algo para remediar esa penosa situación.

Cuando regresé a mi casa fui directo al cuarto de pesas. Abrí la maleta de plástico donde estaban los discos de 1,25 kilos y 2,5 kilos. Metí un par en cada mancuerna. Levante el peso y estaba jodidamente difícil. Al primer intento llegué hasta siete agónicas repeticiones. Hacía cuarenta con el peso anterior. Debía empezar a ser paciente, contar hasta diez, resignarme y respirar profundo.

Con el pasar de los días descubrí que unos pesistas levantaban mucho más que yo. Otros, casi lo mismo. Y el resto, menos. Siendo ingeniero, supuse que si contaba las repeticiones y el peso levantado de todos los demás seguramente yo estaría en toda la media de la distribución gaussiana, no en una de sus colas. Eso me tranquilizó y me dio un renovado impulso para continuar sin pensar en incómodas comparaciones.

Pero no todas las comparaciones resultaron negativas. Subido en la máquina corredora, echando un ojo a la velocidad del vecino, puse la rapidez de mi aparato en un valor igual o sutilmente superior. Avancé con ese ritmo con algo de problema al inicio, pero finalmente mantuve el paso. Quizá si no hubiera visto al otro hacerlo a esa velocidad, aún estaría corriendo con mi ritmo de siempre. Ver que otro pueda y lo logre a veces me impulsa a intentarlo y ver que pasa. Experimentando nuevo peso, siempre y cuando, claro está, no haya nadie cerca mirando. Pero siempre hay alguien mirando.

A lo largo de las semanas no fue difícil notar ciertas personalidades en esa jaula de cristal. Un grupo hace un minuto de máquinas y cinco de whatsapp. Otros se miran compulsivamente al espejo mientras levantan los brazos en forma de cruz y contraen los escuálidos músculos. Otros, en cambio, se adueñan abusivamente de las máquinas caminadoras y no las sueltan sino hasta luego de una hora. Por ahí también, faltaba más, están los que dejan las mancuernas en cualquier lado menos en su lugar. Y el infaltable, aquel que, mientras levanta el peso, grita como si le entrara una mancuerna en el…

He perdido de vista mis primeras pesas de tres kilos. Tal vez debería buscarlas y guardarlas en un lugar especial como recuerdo del primer paso del camino que llevo recorrido por más de dos años.