Instrumentos para las pasiones

De adolescente tuve pesadillas bochornosas. En una de ellas, me veía en la pequeña iglesia del barrio a media misa de domingo rezando devotamente las obligatorias oraciones. Y de repente notaba un frío en las piernas. Mirando hacia abajo descubría con espanto que estaba sin pantalón. La enorme vergüenza que sentía me despertaba de súbito. Tardaba minutos en reconocer que había sido un mal sueño. Un alivio inmediato me reconfortaba.

Esa pesadilla se repitió en varias ocasiones, pero en diferentes y a veces inhóspitos escenarios. En la vergonzosa escena deseaba tanto tener algo con que taparme, pero nunca había nada. Ni media hoja de parra. Lo curioso es que nadie se fijaba en mí. Ninguna persona me apuntaba con el dedo o comentaba por lo bajo. Parecía un fantasma impudoroso en medio de la muchedumbre.

Pero gracias a esas escenas nocturnas reconocí que hay prendas que son indispensables. Podría caminar sin camisa, sin zapatos. Pero sin pantalón, la cosa cambia. El rubor aguijonea.

Pasaron largos años hasta volver a tener un sueño como ese. Curiosamente fue la noche previa a mi primera y única carrera oficial...

Recuerdo la primera vez que corrí media maratón hace ya seis años. Salí de la meta ataviado con una larga camisa y unas zapatillas deportivas fabricadas en la China de apenas $15 el par. La pantaloneta apretaba más abajo de la cintura y se iba cayendo cada doscientos metros. Fue una carrera afanosa, con una llegada triste y dolorida.

Aquel día el cielo estaba nublado y el calor asfixiaba. Literalmente podría decir que Campinas era un horno enorme conmigo encerrado, sintiéndome como si estuviera envuelto en celofán. Mis delgados brazos fueron cambiando de color hasta ponerse rojos como nariz de payaso. Al quitarme el reloj, una franja blanquísima resaltaba en mi huesuda muñeca.

Sin embargo, a partir de esa experiencia empecé a ejercitarme regularmente.

Cuando llegué a correr con frecuencia descubrí la importancia de la ropa y los accesorios deportivos. Concluí, a base de pesadoras experiencias, que vale la pena invertir en una buena camisa adidas que drene el sudor y unas zapatillas reebok de suelas suaves que amortigüen las azarosas pisadas. Cronómetro de muñeca. Y un buen estiramiento antes de empezar. En sus marcas, listos, bum!

La misma rutina me enseñó que la ropa debe ser, inclusive, de ciertos colores. Naranja o verde neón se ven cool, motivantes. Nada oscuro si es de noche o si hay mosquitos avezados. Y calcetines sin costura, para comodidad del maltratado pie.

Así como la vestimenta para correr es factor clave para un buen rendimiento, lo es también el material de trabajo. En mi caso particular, papel y bolígrafo.


Cómo me hubiera gustado haberlo sabido antes. Conocer que para estudiar de forma efectiva era necesario escribir, garabatear en papel y anotar los conceptos. Escribir, escribir y escribir.

He escrito cientos de hojas en cuadernos, libretas y agendas. He agotado decenas de esferos. Las minas 2B de grafito duran poquísimas semanas. Por eso, por tanto escribir a mano, valoro la calidad del papel y la precisión del bolígrafo.


La hoja en blanco y mi afilado lapicero son las armas en la eterna guerra contra la incertidumbre. Si escribo en un papel de mala calidad o si la pluma chorrea la tinta, me pongo de mal humor. Es como ir al restaurante y comer una cena mal condimentada. O como beber cerveza barata en el día de la fiesta de fin de ciclo. Lo que se ama hacer, tiene que ser hecho con buenos instrumentos. 

Pero no soy así en todo lo que sea material como ropa formal, zapatos casuales o laptops. Nada de eso es prioritario ni me merece mucha atención si es tal o cual marca. He llegado a comprar la ropa y los zapatos del trabajo apenas en promociones. Jamás con precios regulares. Solo en camisas deportivas o zapatillas para correr, ahí sí hago una inversión a ojos cerrados. Por lo demás, lo mínimamente necesario.

No tengo certeza si volveré a soñar aquel indecoroso sueño. Ahora casi ni tengo sueños por las noches, y si alguno asoma, es tan trivial y monótono que al rato se me olvida. Lo que sí sería una pesadilla, una tragedia imaginada, sería ver mis atesorados apuntes en hojas baratas. Casi apostaría que nunca soñaré algo así.

El celular en el velador

Hay varias razones para prestar mucho ojo a las rutinas. La principal es todo aquel tiempo que consigo ahorrar. Horas a mi favor. Economizan energía, porque no debo decidir en si debo hacer tal o cual cosa. Todo lo realizo sin pensar demasiado.

Un hábito que valoro -y mucho- es apagar la conexión wi-fi mientras trabajo. Evito casi al 100% las interrupciones y el enfoque es total en la tarea que traigo entre manos.

Porque cuando quiero entender algún concepto y atiendo una notificación del celular, echo al traste todo ese esfuerzo en retener esa información.



Es como derribar un castillo de naipes cuidadosamente elaborado.

Durante las horas de oficina es fácil desconectar todas las notificaciones, aunque costó muchísimo lograrlo. Las aplicaciones web del celular son diseñadas para llamar nuestra atención tanto como sea posible. Ese es su negocio.

Hasta parece que nos presionan a buscar cada vez más y más información fresca. Volver adictivo lo novedoso llegó a ser bastante lucrativo.

En los minutos previos a dormir, como hacen muchos, dedicaba esos últimos instantes a navegar por tal o cual web. Twitter, Youtube y páginas de noticias, yendo y volviendo por todas ellas. Luego, a pernoctar con esa inquietud de si había algo nuevo aún por revisar.

Era como estar atento al zumbido de un mosquito en la habitación. Pero ese zumbido estaba el alguna parte de mi cabeza.

Leyendo la BBC di con un artículo sobre las consecuencia de pasar frente a una pantalla antes de dormir. En resumen, terminamos descansando mal. Eso no es buen negocio si mi tarea es trabajar bien al día siguiente. 

Otro problema de tener el celular en el velador es la randómica llegada de notificaciones. Algunas son silenciosas, pero otras producen vibraciones o sonidos en el dispositivo. Y ahora unas cuantas encienden perniciosamente el led frontal. 

Tenía que idear una forma de evitar el celular antes de dormir.

Pensé en aplicar el hábito de apagar el wi-fi antes de ir a la cama. Ayudó mucho establecer un toque de queda con una alarma. Suena justo a las 21:30 y sea lo que sea que esté viendo en el celular, presiono el off de la conexión. Bye bye World Wide Web.

Es inevitable notar casi de inmediato una sensación de angustia digital. Es como esperar una visita que está demorando en llegar.

Pero tenía que decidir entre descansar bien y tener energía al día siguiente o alimentar mi malcriada curiosidad por boberías y despertar cansado.

Menos mal lo primero ganó la batalla.

Corriendo otra vez

Cuando se abre la puerta del ascensor siento la tibia brisa de verano. Delante, el patio de la residencia se extiende gris hasta la salida. A menudo hay niños jugando en el césped. La primera calle a cruzar está en frente mío.

Camino hacia una pista para correr. Es un sendero de gravilla fina alrededor de un canal artificial de aguas oscuras, pero tranquilas. Junto está un circuito paralelo por donde ruedan bicicletas y mono ciclos.


Llegar hasta ese encantador parque me lleva diez minutos. Tiempo suficiente para ingerir una banana fresca.

Apenas arribar al canal veo a ambos lados de la pista. A menudo los ciclistas circulan bastante deprisa. No sería agradable chocar con uno de ellos por un descuido.

Luego de los estiramientos respectivos sincronizo el cronómetro. Abro Spotify y la aplicación GPS que contará la velocidad, la distancia y el tiempo.


La primera vez que volví a correr cometí el error de ir más allá de mis límites. Realicé cinco raudos kilómetros impulsado por el recuerdo de las carreras nocturnas en Campinas. Al día siguiente, uno de mis tobillos amaneció dolorido al día siguiente.

Así que la primera semana fueron trotes a paso lento, pero constante.

Con el paso de los días encontré otra vez el ritmo. Nada de giros bruscos. Obligatorio bajar la velocidad en terreno irregular. Así le apostaba a disminuir la posibilidad de otra lesión.

Durante la marcha adelanto sin problema a unos cuantos corredores. Otros tantos dan un paso por cada dos que doy yo.

Son interesantes las pequeñas competencias que acontecen cuando el corredor contrario lleva una velocidad y ruta semejante a la mía. La no declarada disputa dura a veces casi todo el recorrido. 

He notado también que hombres y mujeres corren en igual proporción, pero los rangos de edad están entre los 20 y 45 años. Me pregunto cuál será la razón por la que ellos corren.

Si me lo preguntaran a mí, daría tres respuestas:

1. Correr acelera la neurogénesis en el hipocampo. Eso mejora la memoria y la atención.
2. Correr reduce el estrés a niveles normales.
3. Corriendo mantengo mi IMC bajo control.


En ese trayecto voy mirando gaviotas y gansos. Palomas escondidas bajo puentes y ardillas asustadizas. Manadas de mosquitos vuelan por miles. Mansos perros caminan junto a sus dueños. El lugar está lleno de vida.

Afortunadamente no debo combatir contra mi pereza para salir a correr. Cuando algo llega a ser un hábito, las cosas se hacen sin pensar demasiado. Solo cuando hay amenaza de lluvia dudo si salir o no. 

De regreso por el mismo camino siento la mente relajada y una creciente sed. En el patio ya no están los niños y en pequeñas mesas brindan amigos el final de la tarde.

El ascensor abre su puerta y presiono el número 9. Una ducha fría y una cena exquisita me esperan en breve.

El aula de al lado

Asistí cada jueves por la tarde al aula 321 del edificio tres, piso dos. Lo atractivo de ese espacio es la iluminación que va tomando cuando cae la tarde. El sol entra ligero por las ventanas y alumbra tenuemente el atril del salón. Un mosaico luminoso.

La belleza de ese espacio y la camaradería de mis estudiantes contrastaba con los vecinos del aula de al lado. Su clase debía comenzar a las 16 horas, pero casi siempre se marchaban en estruendosa algarabía porque su profesor no llegaba.

En el mirador cerca de la universidad los encontraba al final de la tarde. Es fácil imaginar qué era lo que estaban bebiendo.

Una tarde la curiosidad me llevó a fijarme en el horario de esa aula contigua. Descubrí que se trataba de una clase de ética periodística o algo parecido. Fue inevitable recordar mi clase de comunicación social de hace nueve años atrás...

Por aquel entonces fue obligatorio aprobar materias en otras carreras. La variedad de cursos era llamativa y un imperdonable descuido nos llevó a mí y a otros compañeros a registrarnos en una asignatura de periodismo. La expectativa no duró más de una semana.

El gentil profesor llegaba siempre tarde trayendo entre manos unas impresiones de la wikipedia que mal leía a manera de clase. Tan fácil era notar su poquísima preparación que fue cuestión de minutos que alguien alzara la mano y dijera la frase que marcó el resto del curso: “Licenciado, ¿podemos mejor comentar sobre las noticias de la actualidad?

No es necesario una imaginación precoz para adivinar de que fue todo ese curso.

**

Cierta noche de verano revisé un par de diarios en la web. La misma noticia estaba redactada de forma tendenciosa. Abrí el tercer diario y la nota periodística del mismo evento aparecía con otro matiz. En pocas palabras: alguno estaba mintiendo descaradamente. O todos a la vez.


Como no fui testigo presencial del evento relatado en la crónica, me haré una idea del asunto por el reporte del periodista. Pero si la crónica es tendenciosa, mañosa y sesgada políticamente, ¿por qué debo confiar mi tiempo a ese diario? 

Sin embargo...

Reconozco que el periodista es un profesional como cualquier otro. Cometerá errores de vez en cuando. O quizá se vea obligado a seguir la línea editorial del dueño del medio para mantener su empleo. Pero que día tras día el mismo periodista se disfrace de independiente, siendo un político disimulado, simplemente no le leo y punto. Que Juanito siga a solas avisando que viene la zorra.

Pero muchas personas creerán como verdad absoluta cada titular, cada reportaje. Y otras tantas guiarán sus opiniones apenas por el resumen, por la portada. Luego, emitirán variopintos criterios a favor o en total oposición al evento reportado y a los protagonistas involucrados. 

¿Dónde, cómo y cuándo se les murió el escepticismo? 

Cierro el navegador y me voy a la cama sospechando que ese tipo de periodismo que huele mal fue escrito por mis ex compañeros de aquel improvisado curso. Y con certeza también por aquellos estudiantes del aula de al lado.



Una defensa de tesis y una pregunta fallida

Si de mí dependiera que un estudiante haga una tesis para graduarse, hace rato hubiera eliminado ese requisito.

La tesis, ahora llamada trabajo de titulación, es un informe escrito de una tarea específica que el futuro ingeniero desarrolló. Este trabajo es sometido a una defensa pública y aprobado por un atento jurado. Luego vienen las fotos, brindis, discursos, lágrimas y, si hay suerte, unos sabrosos y condimentados bocaditos. Yumi.

El informe final quedará impreso en la biblioteca y publicado en la web. Y probablemente nunca jamás vuelva a ser leído


El objetivo de este trabajo es simple: que el estudiante demuestre las habilidades aprendidas en los cinco años de formación de pregrado. Para ello dispone de varios meses, tutorías, laboratorios y revisiones. 

He llegado a varias conclusiones de los trabajos que ya revisé. Una es que la habilidad de redacción del estudiante es bastante pobre. Y no es de extrañar, porque la formación en crear textos concisos nunca ha sido una preocupación del sistema educativo. O como dijo un despabilado estudiante: "ni los profesores saben escribir". (¿Será porque no leemos lo suficiente?)

La habilidad para escribir un texto científico no viene de la cuna. Se aprende escribiendo, pero siguiendo ciertas reglas que están en decenas de manuales en la web. Google más un poco de curiosidad genera milagros.

He visto también la capacidad del estudiante para realizar un proyecto. La mayoría de trabajos de fin de titulación son bastante talentosos y creativos. Es una pena que muchas veces el mercado laboral no aproveche todo ese ingenio o sea mal remunerado.

Pero si de mí dependiera, repito, no pediría una tesis para la graduación de un estudiante. Siempre y cuando se dé lo siguiente: que la calidad de los trabajos que hizo durante sus cinco años de formación en ingeniería hayan sido corregidos y evaluados de forma minuciosa.

Sin embargo, esa realidad que yo quisiera no pasará en un corto ni mediano plazo. Poquísimos trabajos son devueltos con correcciones que ayuden al pupilo a mejorar su desempeño y habilidad.

Así que con un poco de paciencia y bolígrafo rojo en mano entro a quemarropa a corregir el texto del informe de tesis. Felizmente tengo la certeza de que luego de mi revisión la calidad del manuscrito será mucho mejor.

**

Y ya que he estado en algunas pocas bancas revisoras, vale la pena recordar un evento singular.

Durante una exposición, el ya casi ingeniero erró brutalmente en un concepto básico. En la ronda de preguntas le pedí una aclaración de ese tema particular, sin caer en cuestionamientos ni críticas. Con una total convicción repitió el concepto terriblemente mal.

El énfasis que puso en la respuesta fue tal que mis colegas de la banca estuvieron a punto de pararse y aplaudir. Yo sabía que decía una falsedad y que defendía algo completamente equivocado, pues el tema en particular fue el tópico principal de mi tesis de posgrado. Yo estaba seguro de que iba la cosa.

Luego, en el breve instante que hay entre el final de la respuesta y la siguiente pregunta, vacilé en qué hacer. Dudaba entre aclarar el tema y hacerle caer en cuenta de su error o callar y dejar pasar el asunto.

En esos pocos segundos decidí finalmente omitir mi comentario. La razón fue que quizá en un momento posterior se lo podría explicar. Así no aumentaría más los nervios de los atentos padres y familiares que estaban entre el poco público presente.

Hasta ahora pienso en aquella defensa de esa mañana de 2014. Y a veces sigo haciéndome la pregunta: ¿debí hablar o fue correcto callar? Buscar la respuesta no tiene sentido. Pasará a mi historia personal como una defensa de tesis más y una pregunta fallida.

Administrar el tiempo es una idea equivocada

¿Cuántas horas laborables son realmente laborables? En teoría son 40 horas por semana, 8 por día. Sin embargo, en la sumatoria final resultan un poco menos de 40. Pero 40 es el límite y hay que arreglárselas con ese tiempo.

Ese umbral teórico de 40 horas sirve para calcular una tasa de desempeño: dividir el número de horas efectivas de trabajo para 40. Si ese resultado es cercano a uno, mejor la situación. Pero, ¿cómo determinar el número de horas de trabajo efectivo? 

La forma en que se medir el número de horas efectivas de trabajo es a través de la técnica Pomodoro. Junto con el reloj llevo una lista etiquetada con el día de la semana, la fecha y 16 casillas cuadradas. Cada casilla es media hora de trabajo: 25 minutos de enfoque más 5 de descanso. Por tanto, la lista contiene un registro del tiempo trabajado.

Varias conclusiones reveladoras he obtenido de esa lista de casillas. La primera: trabajar en un mismo tema más de dos horas agota mi energía a una velocidad mayor. Pero cuando mezclo las actividades, la mayoría de las casillas son tachadas al final del día. En resumen: variar de actividad aumenta la productividad.

Otra conclusión: administrar el tiempo es una idea equivocada. No es igual el ritmo de trabajo en las primeras horas de la mañana que en las últimas horas de la tarde. Por eso, si a primera hora me dedico a hacer lo trivial o lo fácil, luego no tendré ni la motivación ni la energía para emprender en tareas complejas y de mayor esfuerzo cognitivo.


Así que en la hoja de tareas del día siempre va primero lo más feo, lo más laborioso, lo más complejo. Es amargo beber de ese trago, pero no hay de otra para ser realmente productivo en el día. 

Las tareas que fuerzan menos los sesos, como hacer un gráfico en inkscape u ordenar pdfs, las hago en las últimas horas del día. Inclusive resulta una forma de descanso, si las comparo con las tareas complejas ya realizadas.

En conclusión: administrar las tareas en base a la limitada energía que dispongo es mejor que distribuirlas a lo largo de las 8 horas laborables. Lo más complejo primero, lo más trivial (pero necesario) queda para el final del día.

Kindle en el equipaje

"Hay que inyectarse cada día de fantasía para no morir de realidad" - Ray Bradbury.

Miro el reloj y resta menos de media hora para que llegue el taxi. Definitivamente faltará espacio y no podré llevar conmigo todo lo que quiero. No me queda otra salida que sacar la mayoría de la ropa y tirarla. El nuevo espacio disponible lo lleno con decenas de libros.

Es angustiante hacer maletas a última hora. El estrés sube a niveles inigualables. El caótico desorden que veo alrededor me agobia. Me pregunto una y otra vez que meter al equipaje, que desechar. Pasa el tiempo veloz, lleno la maleta y aún faltan muchas cosas por guardar. El espacio es pequeño y la ropa se ajusta entre libros, recuerdos y garrafas. 

Durante el posgrado compré muchos libros. Me sentía dueño de un precioso tesoro al verlos arreglados en la mesa de estudio. Consultarlos me facilitaba enormemente la vida. Pero a la hora de meterlos en la maleta resultó un pesado problema. Llegaron a sumar hasta 40 kilos. 

Viajé rumbo al aeropuerto calculando números astronómicos del costo del exceso de equipaje. Afortunadamente el avión iría con pocos pasajeros (la ventaja de viajar un jueves) y la agente del counter no hizo problema con los kilos de más. Sonrisa, buen viaje, next...

Sentado en la sala de embarque empecé a tomar conciencia de las cosas que dejé tirando por encajar los libros en las maletas. Había hojas con cálculos detallados, ropa de verano e invierno. Pero todo eso era nada comparado con los volúmenes que estaban ya siendo subidos al maletero del avión. 

Sin embargo, algo en la conciencia me tenía inquieto y arrepentido.

Años después la historia se volvía a repetir, pero con la experiencia planifiqué una estrategia diferente. Nada de comprar libros impresos. Cualquiera que necesite lo tomaré prestado de la biblioteca. Así llevaré entre manos la última edición y me daré tiempo para tomar nota en mi cuaderno de apuntes.

Pero, ¿y el resto de libros: novelas, libros de ensayo y filosofía? Leer ha sido desde 1999 una parte vital de mi antagónica realidad. Dejar de zambullirme en tramas de novelas y relatos -y vivir otras vidas- no era algo negociable. Afortunadamente, hace unos dos o tres años compré una kindle relativamente barata. Cuando el joven vendedor me la dio, dijo: “ha sido solo para leer libros, yo pensaba que era una tablet”. 


La novedad de esta tablet (que ha sido solo para leer libros) es la tecnología de papel electrónico. La luz no es emitida por la pantalla, sino reflejada, emulando un texto en papel. De esa forma, el ojo se cansa menos y la luz azul que nos afecta de los dispositivos celulares no la genera la kindle. 

El mismo día que la adquirí le introduje algunos libros gratis desde la tienda de Amazon. Novelas cuyo copyright ya era de dominio público. También le metí libros sin costo que tenían buenos comentarios. Así descubrí autores que nunca antes había escuchado y resultaron, la mayoría, extraordinariamente buenos.

Antes de continuar, tengo que hacer una declaración. Leer en una pantalla es diferente, y mucho, a leer el texto en papel. Varios estudios lo han mostrado. Por ejemplo, la retención de la información es mayor cuando se lee en papel que en una pantalla

Pero más que cualquier otra diferencia quiero atenerme las ventajas de la kindle

La primera, y la más obvia, es la gran cantidad de peso en papel que se sintetiza en una memoria de silicio en la kindle. En este dispositivo puedo llevar cientos de libros. Y más importante aún, con una tarjeta de crédito y unos pocos clics, están a mi alcance los últimos bestsellers de divulgación científica, ciencia ficción, psicología, etc. 

Una montaña de ideas disponibles para dominar nuevas herramientas. La tinta electrónica y los libros digitales ponen ideas de vanguardia en mi escritorio.

Además, kindle permite ver en la web las secciones y frases que he subrayado. De esa manera, repaso las ideas centrales del libros las veces que quiera. Porque no basta con leer una sola vez el libro. Hay que volver a sus ideas principales varias veces. Así se las asimila efectivamente. Y con suerte, se las aplica en el día a día.

El sobrepeso ahora va en la memoria de silicio. Como no estar feliz con una kindle en el equipaje.