Los mensajes subliminales

Todo el curso asistía dos veces al año a una peculiar asamblea con las orientadoras del colegio. 

La reunión a menudo empezaba llena de juegos inocentes destinados a integrar y desinhibir al grupo antes de introducir el mensaje de la jornada. 

Luego, citando alguna parábola del nuevo testamento, las orientadoras compartían una espontánea serie de consejos poco convincentes. 

O mejor aún, lecciones de vida sacadas de alguna experiencia personal de superación. 

A continuación proyectaban vídeos supuestamente educativos, todos con un matiz religioso. 

El más popular de estos vídeos trató sobre el gravísimo pecado de las relaciones prematrimoniales y del aborto. 

Pero el más espectacular fue, sin duda alguna, aquel vídeo que delató la estrechísima relación entre la música rock con el satanismo, el consumo de drogas, la promiscuidad y los mensajes subliminales.

Grupos como Led Zeppelin, Nirvana y hasta los inofensivos The Doors fueron uno a uno juzgados frente a la irrefutable prueba del audio invertido. 

Por ejemplo, una canción como “Stairway to heaven” contenía el siguiente mensaje satanista cuando el audio se escuchaba al revés:

“Oh here’s my sweet Satan. The one whose little path would make me sad, whose power is Satan. He’ll give those with him 666, there was a little toolshed where he made us suffer, sad satan”

El mensaje invertido no dejaba lugar a dudas: el rock es la música de Satanás. 

Y si escuchas rock con certeza te irás al infierno, usas drogas y Dios te castigará por blasfemo. 

Pero había más. La mejor parte fue cuando, sin necesidad ya de invertir el audio, interpretaron de forma casi literal la letra (mal traducida) de las canciones en inglés. 

Frases inofensivas fueron convertidas en verdaderas alegorías a Luzbel y compañía. 

Ya por aquellos tiempos escuchaba heavy metal con frecuencia y me vestía de negro.

Quizá por eso no pocas miradas se anclaron en mí ese día de la jornada. Y por el resto de los años del bachillerato. 

A veces intento ponerme en la cabeza de mis compañeros para verme como frente a un espejo que refleja el prejuicio por todo aquello que dicen sobre el rock. 

Y termino pensando que tal vez varios de ellos seguramente me tenían como el amigo de Satán, sacrificador de animales, bebedor de sangre y que quizá, alejado de Dios, perseguido por las desgracias, le vaya mal en la vida. 

Porque si algo dejaron claro esas jornadas es que solo siguiendo los pasos de Cristo llegarías a ser feliz en la vida. 

Jornadas con vídeos así solo podrían ocurrir en una ciudad católica como la mía. O quizá en cualquier lugar donde adolescentes están en manos de orientadoras poco actualizadas. 

Pero si lo veo desde otra perspectiva, tal vez ellas estaban compartiendo algo que creían era útil para nosotros. Así que todo bien si proyectaron ese sesgado vídeo con esa intención. 

Al final solo asustaros a los menos prevenidos.

Diez años después de la proyección de aquel documental sobre la música rock tuve un encuentro fortuito y fugaz con una compañera de aquel curso. 

Ya con la complicidad de los años me contó que a partir de ese vídeo otros compañeros llegaron a tener miedo de mí. 

Terminé visto como un demonio en cuerpo presente solo porque me gustaba el heavy metal.

Quizá no estaban tan equivocados.

La falsa señal del primer examen

Tenía la cara tan blanca como el pizarrón, ojos claros que se amplificaban tras unos diminutos lentes y un peinado engominado que reflejaba la luz que se colaba por la ventana. 

Así era uno de mis profesores de matemática del colegio, que tenía tanto de inteligente como de anticuado. Y era muy inteligente.

Es difícil de olvidar cuando los primeros días de clase nos pasaba uno a uno al pizarrón a resolver ejercicios al azar. Aquel que fallaba en el procedimiento era amonestado verbalmente de inmediato. 

Los que resolvían el ejercicio, por fácil que les hubiera tocado, recibían prolongados elogios.

Esto fue el preludio de un año lleno de prejuicios. 

El día de la primera prueba parcial había mucha tensión en el aula. Tanta como un penal a último minuto. 

Sabíamos que el examen trataría sobre temas de los años anteriores, de los cuales aún teníamos dudas o habíamos olvidado algunas cosas. 

Cuando aterrizó en mi pupitre la hoja con las preguntas, entendí que pasaría un largo y penoso rato tratando de resolver los problemas. 

Al final, luego de dos largas horas, sonó el timbre del cambio de materia y las pruebas desaparecieron por la puerta bajo el brazo del profesor de matemáticas. 

Una semana después teníamos los resultados. Mientras el profesor entregaba cada examen corregido decía no pocos comentarios directo a la yugular anímica del estudiante que lo recibía. 

A unos los mandó directo a ocuparse de algún puesto de verduras del mercado. A otros por poco los candidatiza para la medalla Fields.

Y mantuvo esa etiqueta para cada alumno a lo largo de todo el año lectivo. 

Es decir, si en la primera prueba salías mal, ibas a ser el tonto para el resto de tus días. 

Tal vez sea una forma más de enseñar, pero con la perspectiva de los años entendí lo inútil que es juzgar a un estudiante por la nota de un examen.

Antes de terminar de entregar los resultados, el maestro retuvo una última prueba. La levantó en lo alto y dijo: “aquí está el hombre, la nota más alta, el que sí tiene talento”. 

Un chico con aspecto nerd y dientes de conejo caminó rumbo al profesor y recogió el examen. La nota era casi perfecta.

Ese estudiante era nuevo, venía de otro colegio. El profesor lo llenó de elogios y lo puso como el ejemplo a seguir. 

Todos mirábamos con asombro, envidia o decepción a aquel foráneo que seguro iba a darse un paseo por las clases de matemáticas de aquel año de bachillerato. 

Pero el tiempo diría justo lo contrario.

Conforme llegaron otras pruebas los promedios se modificaron. Algunos cambiaron poco. 

Pero aquellos que salieron mal en el primer examen y con el tiempo iban subiendo su nota nunca recibieron ni el más pequeño elogio del profesor. 

Ni una sola palabra. Y en ciertos casos, apenas escuchaban un comentario de asombro o burla. La primera nota los había estigmatizado.

El caso del alumno que sacó la mejor calificación en la primera prueba fue sui generis. En todos lo siguientes exámenes, cuando ya trataban de temas nuevos, su nota era apenas regular. 

El profesor devolvía sus pruebas corregidas lleno de sorpresa. Y muchas veces excusando el bajo rendimiento por cualquier causa. 

Algunos compañeros nos admiramos cuando descubrimos que, a pesar de entregar exámenes casi vacíos, su nota en el registro era diferente. Siempre hacia arriba. 

Es decir, el profesor le añadía puntos que no había ganado.

Faltando pocos días para terminar el año lectivo, el compañero ex-nerd dejó de asistir a clase. No se presentó al último examen, pero su nota final le daba un aprobado. Inclusive con más puntos comparado con algunos compañeros que asistieron en todo el año. 

Era evidente que el profesor, impresionado por esa primera nota alta de la primera evaluación, decidió ayudarlo. 

El siguiente año no apareció en ninguna lista. Había desaparecido del mapa. Pero unos meses después, cerca del final de la secundaria, lo vimos por la calle con un bebé en brazos saliendo del registro civil. 

Parece que no había calculado bien a sacarlo antes de tiempo.

Mirando hacia atrás a veces me reconozco en ese viejo profesor de matemáticas. Yo también metí la pata mal interpretando de la realidad. 

Juzgaba a los estudiantes por sus primeros promedios o por comentarios de otros profesores. 

Sin embargo, luego de observar los destinos de todos ellos y el mío propio entendí que una nota puede indicar el punto de partida de tal o cual habilidad, pero el lugar de llegada es impredecible. 

Todo evoluciona.

Pena que la mayoría aún sea como ese profesor de matemáticas del colegio.

Esta sutil incógnita

Cuando ocurre una tragedia y no trasciende a mayores a menudo alguien dice: “gracias a Dios no pasó nada”. 

Esta expresión es una forma de reconocer que Dios metió su santa mano y saliste bien salvado de que te vaya peor. 

Pero si ese mismo Dios estaba al tanto de la aciaga situación, ¿por qué no evitó que sucediera? Y si Él puede impedir que le ocurra algo desafortunado a alguien particular, ¿por qué lo permitió?

Viéndolo de cerca, pareciera que para algunos eventos Dios tendría el control total de la situación. De ser así, caso que Dios exista, todo bien con agradecerle su oportuna intervención. 

Pero en otras circunstancias da la impresión que Él fuera apenas un simple, mórbido e impotente espectador. 

Lo difícil es adivinar en qué casos el Dios cristiano mete su inmaculada mano y modifica la realidad o las circunstancias de las criaturas hechas a su imagen y semejanza. 

Esta sutil incógnita lleva a una situación singular y justificada en donde, si se reconoce que Dios tiene control absoluto de todo lo que sucede, el que sufre una desgracia se molesta o protesta contra el Todopoderoso porque le envió una realidad inoportunamente adversa. 

Buscando dilucidar mejor cómo aceptar los vaivenes del destino, hay quienes explican que esos momentos de desgracia y desesperación son pruebas enviadas por el mismo Dios con el fin de tantear la solidez de nuestra fe. 

Parcialmente entiendo esta posición, pero aun así más allá de un Dios, lo que estaría tomando el control de todo lo que sucede es nada más ni nada menos que el azar. 

Porque poco pensamos en las consecuencias de nuestros actos. 

Además, independiente de su credo, todos en varias etapas de la vida hemos estado al borde del abismo o derrotados por la realidad. 

Las interpretaciones de las personas católicas son poco convincentes e inverosímiles. Unos citan los versículos de Jesús cuando está junto a los ladrones en el Gólgota, en aquel breve diálogo durante la agonía. 

Sin embargo, sigue siendo una respuesta vacía, insuficiente y a medias. 

Otro argumento es referir al libro de Job, pero allí tampoco hay argumento más allá del “Jehová dio, y Jehová quitó” del final del relato. 

La conclusión parece obvia: Dios tiene un cúmulo de inevitables desgracias asignadas a cada ser humano en la Tierra. Para unos más, para otros menos. 

Pero todos al final son, de alguna manera, arrastrados al fondo del abismo por su divina e impredecible voluntad. 

Nada que ver con el capítulo 4 versículo 8 primera de Juan.

El cura de la capilla del colegio

Los domingos a las 7 pm empezaba "The Simpson" en la tv nacional. Era de los pocos programas que valía la pena ver a finales de los 90s.

Pero a esa misma hora había misa y la obligación de asistir a la liturgia era inapelable. Nada me aburría más que ir a la iglesia y escuchar ese ritual largo y monótono.

Al llegar a la casa del Señor buscaba con resginación los asientos más alejados del púlpito, pero a menudo no había lugar donde sentarse. La hora de la misa, además de tediosa, la pasaría de pie. 

Eso sucedía en los años de catecismo. Ya de mayor era fácil evitar ir a misa o asitir apenas cuando se trataba de un compromiso social. Y a pesar de ir menos, me gana el bostezo.

Siempre el mismo libreto.

Pero la peor parte es dar la paz. Para un introvertido como yo, darle la mano a un desconocido es el momento más incómodo del día.

Con el pasar de los años me van quedando mínimos recuerdos de aquellas liturgias de los años de catecismo. Una de esas memorias imborrables es la personalidad del párroco.

Era un señor carismático que sabía llegar a su leal rebaño. A menudo daba sermones diáfanos y era muy estricto en desarrolo de la misa. Son inolvidables esas expulsiones del templo de los enamorados que iban a manosearse discretamente frente al Santísimo.

Al primer morboseo los mandaba afuera. Lo mismo pasaba con los niños revoltosos. Hasta un perro despistado fue proscrito a patadas de la casa del Señor.

Curiosamente aquel mismo cura era el encargado de la capilla de mi colegio. Cuando lo veía en esas misas esperaba atento a la deportación de algún mórbido compañero al patio exterior, pero nunca sacó a nadie.

Al menos yo no lo vi.

La ventaja de esas misas obligatorias en la secundaria era la suerte de coincidir con el curso de la desafortunada que me gustaba, la que siempre dijo no.

Podía fantasear sanamente sobre ella y mi aburrimiento era distraído por miradas clandestinas a su pequeña figura. Lástima que ya murió.

En aquello años colegiales conocí el heavy metal, la música del diablo. Y maleable como siempre he sido me entregué con frenesí a la filosofía metalera, sublevándome contra la religión y la autoridad.

Pero hacer el papel de rebelde tiene consecuencias: pasé varias horas expulsado de la clase de religión, pateando piedras y tapillas en los grises patios del colegio. También el resto de profesores me vieron como el patán de la clase.

Pero en general no pasó de una mala impresión, porque si era dedicado en las materias. Página virada.

El heavy metal me gustaba tanto que empecé a vestir de negro y dejarme el cabello largo. En aquellos tiempos no tener un corte de pelo adecuado ya era motivo de un llamado de atención del inspector.

Al inicio se mostraban amables, chéveres y consejeros. Pero luego ya insistían y se molestaban. A lo que siempre respondía con lo mismo: el cabello largo no me hace una mala persona, ni un mal estudiante.

Este argumento no les convencía.

Hasta que llegó el día en que me llevaron donde el cura de la capilla del colegio. En una sala pequeña estaba el párroco sentado, ataviado con su sotana negra.

En la mesa había una coca colita helada servida en un vaso plástico. Llegué acompañado del inspector “cara de piña”. Entre ellos se miraron y se dijeron todo. Algo así como “aquí está el rebelde, exorcícelo Padre. Oremos al señor”.

Quien diría que esa breve charla cambiaría mi destino en ese colegio.

Mientras ajustaba la silla para sentarme el cura me saludó por mi nombre. Buena táctica para ganar confianza. A cualquiera le sorprende que lo llamen por su nombre.

Pero más extraño fue cuando pronunció también ese segundo nombre que más lo usamos como adorno. En ese momento el ambiente se puso extraño y no atinaba a comprender del todo porqué estaba allí.

Cuando por fin me senté en el estrecho espacio entre la silla y la mesa pude ver de cerca por primera vez al cura del barrio. Su rostro blanco dibujaba profundas arrugas y debajo de sus lentes oscuros se dejaban ver unas ojeras de quien no duerme bien. 

Con voz pausada y suave preguntó “¿qué te pasa hijo?”. Estuve tentado a responder como el chavo del ocho, algo así como “qué te pasa de qué o qué”.

Pero tuve una epifanía que me dijo “pórtate fresco, que este man es el cura de la parroquia y sabe tus dos nombres”. Intuí que se refería a mi rebeldía frente a las insistencias de cortarme el pelo, rezar el Padre Nuestro en la clase de religión o dejar de escuchar la música del diablo.

Esa música que cuando la pones al revés revela mensajes luciferinos.

Le dije “bueno, pues no creo que el cabello largo me haga mala persona. ¿Acaso Jesús no tenía el pelo largo también?”. Esa última pregunta nunca falla.

Esperaba una contradicción a mi argumento. Y ya tenía pensado el contraataque. Pero el cura de la capilla se limitó a levantar el vaso y tomar coca cola.

Luego de una pausa refrescante me dijo “es verdad, pero el mundo vive de apariencias e imágenes. Y verás que si haces eso que te piden, tendrás tiempo para las cosas que te gustan y te ahorrarás problemas”.

Después de escuchar ese brevísimo sermón ya no tenía nada más que decir. Salí de la sala emboscado por la perplejidad del encuentro y regresé a la clase.

Lo novedoso fue que, a pesar de no haberme cortado el cabello los días que vinieron, el inspector “cara de piña” dejó de insistir que vaya al peluquero.

Y no solo él, sino también el resto de inspectores. Ya no me sacaron de clase por negarme a rezar el Ave María. 

Con los años sospeché que quizá el cura los exorcizó a ellos. 

Correr bajo las cuatro estaciones

La primera vez que salí a correr fue en Brasil. Era un soleado domingo de otoño. Tenía 28 años.

El lugar que me esperaba era verde y alegrador. En la inmediación de una laguna gris había una pista de casi kilómetro y medio de perímetro. 

Y mucha gente corriendo por ahí, esquivando patos violentos y mirando clandestinamente cuerpos ajenos.

Inicié mi penosa carrera luego de un estiramiento improvisado. En la marcha iba parando de vez en cuando, bebiendo agua donde más podía y respirando ahogado de calor. 

Completé apenas dos vueltas agotado, adolorido y quemado por un sol conspirador.

Once meses después empecé a correr por las noches. Lo hice durante nueve meses, tres días por semana, casi seis kilómetros cada vez. No bajé ni un solo quilo, pero al menos supe que podía llegar a ser constante en algo.

Quizá hubiera tenido un mejor rendimiento si también me cuidaba en lo que comía. Eran días de redacción de tesis, así que la comida fue un malsano consuelo contra ese inevitable y apocalíptico estrés.

Cuando volví a Ecuador en el 2013 intenté seguir con el mismo ritmo de carrera. Pero en Loja las pistas para correr son muy semejantes a como me imagino la superficie de Marte: una desgracia.

Y tiene sentido que sean así de malas, porque no es costumbre nuestra hacer ejercicio. Tal vez unos pocos, pero una minoría al fin. 

Sin embargo encontré una solución parcial: usar una máquina para correr.

No fue precisamente una máquina de esas con cinta rodante, pero sí una semejante. El resultado terminó siendo muy lejano de lo que quería, pero al menos podía hacer algo de ejercicio aeróbico. 

Y subido en esa máquina pasé tres años. Entre las 5:00 y 5:30 de la mañana de lunes a viernes. Esto es algo de lo que me siento orgulloso solo cuando la segunda cerveza hace su efecto.

En el 2017 emigré otra vez. Y tuve la fortuna de morar cerca de una pista maravillosa.

Es un viejo canal que me recuerda aquella laguna paulista. Es como un déjà vu, pero sin patos violentos.


A diferencia de mis primeras carreras esta vez salgo mejor preparado. Ropa apropiada, zapatos deportivos suaves, un GPS para contar los kilómetros y la velocidad, spotify, protector solar y una gorra para menguar la luz del sol.


Al inicio corría casi cinco kilómetros, pero ahora he llegado a los siete y medio. Parece mentira, pero así es como es.

He corrido a 44 grados bajo el sol y a -12 grados por la nieve, pisando hojas secas en otoño y a veces la lluvia de primavera aparece a medio camino, emboscando con gotas veloces que siempre caen inclinadas.

He corrido bajo el cielo de las cuatro estaciones. Albricias, Vivaldi. 

Me han pasado cosas curiosas durante esas tardes que voy al canal. Casi me ha impactado una bicicleta fantasma, personas desconocidas saludan, se han cruzado en el camino mascotas despistadas mientras voy a toda marcha, me ha ladrado un crápula racista y a menudo un fuerte olor a cannabis asalta el ambiente.


También es poco común encontrar las mismas caras. Parece que toda la gente es nueva de un día para otro.

Llevo la música de siempre en Spotify. Un repertorio ecléctico me ensordece a lo largo del trayecto.

Pero en este último mes he usado Audible. 

En esta aplicación para audiolibros puedo reproducir el texto de un libro que tenga en la Kindle. Así es más fácil entender y recordar lo que leo.

Por lo general un audiolibro dura entre ocho y nueve horas. Es decir, si en promedio todo el recorrido en ir y volver de correr dura una hora, idealmente demoraría un par de semanas en reproducir todo un libro. 

Y al mes sería como leer (escuchar) dos libros. Lo cual, sacando números, daría 24 libros por año. Nada mal.

Usando google es fácil dar con los beneficios y consejos para correr. Aquí los míos, basados en mi apacible experiencia:

  • Ayuda a bajar de peso, siempre y cuando también uno se cuide en la comida. Esta sería mi proporción: 15% correr y 85% dieta.
  • Levanta el ánimo. Cuando termina la carrera aparece una sensación de satisfacción que le hace sombra a la desdicha.
  • Mejora la memoria. Hay decenas de estudios que demuestran como el ejercicio ayuda al nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo, la parte del cerebro dedicada a la memoria de corto plazo.
  • Vale usar el fin de semana como descanso. El cuerpo agradece el reposo.
  • Me ha revelado lo obvio: si físicamente se puede crecer en resistencia, igual lo puede hacer el cerebro. Entre más se lo use, más se lo rete, más aumenta el rendimiento. 
  • Han sido frecuentes las lesiones en rodillas y tobillos. Pero son lesiones que desaparecen con el tiempo, aliviadas con un par de antiinflamatorios y reposo.
Aquí unas postales:

El día que tomé esa foto había completado en 44 minutos los casi 5 kilómetros que en verano recorría en 30 minutos. Tuve que correr despacio por lo resbaloso y frágil de la nieve. Nieve que se vuelve celeste de tanto mirarla:


Orange is the new black:


Lo interesante de esta foto es que muestra todo lo que esta ciudad significa para mí: el pequeño departamento, mi laboratorio sin ventanas y los 8 kilómetros de pista alrededor del canal:


En el momento que tomé esta última foto la sensación térmica era de 44 grados:

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